41 #2
—Del suicidio de Ursula Brown.
—Eso. —Asiente lentamente—. Michael y yo estábamos en la redacción cuando recibí una llamada al número personal.
Miro a Higgins. Su sangre sigue fresca.
—¿Quién te llamó?
—Theodore. El patriarca. —Escupe al suelo—. Que en paz descanse ese hijo de puta.
Bebe. Parte del líquido se derrama por las comisuras de sus labios y moja su camisa.
—Como te decía, los Brown lo controlaban todo. Publicabas lo que ellos querían o te quedabas sin trabajo. ¿Un artículo contra ellos? Buena suerte consiguiendo otro trabajo en la ciudad.
Asiento. Sé de lo que habla. El mundo del cine y la prensa tienen muchas cosas en común.
—Quería que me acercara por allí. Llevé a Michael conmigo.
No supe lo que pasaba hasta llegar a la casa antigua de los Brown.
Era un chalet encantador en la ciudad, antes de que se mudaran a las afueras.
Estaban todos: la policía, un médico… y los Brown: Theodore, Thomas, Randy.
También estaba Joshua Miller. Eso me descolocó.
Mi mandíbula se tensa.
—Nos dijeron que Miller había encontrado el cuerpo sin vida de Ursula. Thomas estaba en shock, como es lógico. Su mujer, muerta en una tumbona de la terraza. Supuesta sobredosis. Nos reunieron en el salón. Ursula había dejado una nota de suicidio.
Mi estómago se encoge.
—¿Qué decía?
Webber se encoge de hombros y emite un bufido que intenta ser una risa cínica.
—¿Crees que la leímos? La quemaron delante de nosotros.
Theodore dijo que se trataba de algo personal.
Nos pidió un favor. Así lo llamó: «un pequeño favor», como si nos pidiera que le pasáramos la sal.
Luego nos puso un fajo de billetes en la mano y añadió: «Por las buenas relaciones entre la familia Brown y la prensa».
—Y aceptasteis.
Webber se remueve. Mi voz parece sacarlo de la espesura.
—Por supuesto. ¿Qué más daba accidente que suicidio? Ya estaba muerta. No iba a hacerle daño a nadie. —Webber cierra los ojos un instante—. Publicamos la versión oficial: paro cardiaco. Sin más detalles. No hubo escándalo. El nombre de la familia Brown quedó intacto.
—En tu crónica, mencionabas las heridas de Sarah Miller unos días antes.
—Sí.
—¿Por qué? No parece que ambos sucesos tuvieran relación.
—Y no la tenían.
—Pero lo mencionaste, así que algo debiste de sospechar.
—¿Sospechar qué? Una actriz es atacada por su perro y una semana después, su marido encuentra sin vida a la mujer de un famoso productor. No hay ninguna relación, pero dos historias con el mismo denominador común venden más. Joshua Miller era ese nexo.
Asiento poco convencido. No le creo del todo, aunque eso ahora mismo me da igual. Miro la puerta tras él. Chase no debe de estar lejos. Tendrá que acercarse con cuidado y atacar por sorpresa. Me pregunto si será capaz. Respiro hondo. Chase lo conseguirá. Al menos, eso espero.
Webber empuña la pistola con más firmeza y vuelve a apuntarla contra mí.
—Te preguntarás por qué te cuento esto.
Ahora sus palabras salen de su boca más cansadas, graves y perezosas.
—Ni se me había pasado por la cabeza —digo.
Sonríe.
—Ah, Galán… ojalá nos hubiésemos conocido en otras circunstancias. —Suspira—. Nos habríamos llevado bien.
Baja la pistola, calmando un poco el bombeo de mi corazón.
—Cuatro años después, Theodore Brown volvió a llamar.
—¿Qué quería?
—Yo estaba en casa, viendo la tele con mi mujer.
Dijo que necesitaba un favor. No lo había visto desde la muerte de Ursula, pero lo dijo como si compartiéramos barbacoas todos los domingos.
Quería mandarlo a la mierda, decirle que no era su cronista particular.
Pero no lo hice, por supuesto. Le pregunté qué quería.
Se frota la mandíbula, como si pudiera borrar la sensación de aquel día. Sus ojos se empañan.
—Colgué y llamé a Michael. «¿Qué es esta vez?», me dijo. Solo pude responder: «Randy Brown».
Mi respiración se vuelve más corta y acelerada.
—¿Randy?
—El niño mimado. Alcohol, drogas, putas… Joder… —Webber chasquea la lengua y sacude la cabeza—. Ese cabrón le daba a todo. Pero esa noche pasó algo. Theodore no dio detalles. Solo que algo había salido mal con una chica. Me pidió que fuéramos.
Varias piezas encajan en mi cabeza de golpe.
Webber se pasa la lengua por los labios resecos y sigue hablando.
—Le pedí a Michael que se vistiera y que se encontrara conmigo junto a la mansión de los Brown, en el mismo sitio que la vez anterior.
Solo que esta vez no había médicos. Ni policías.
Ni siquiera estaba Thomas, que ya se había mudado a las afueras.
Solo Theodore, Randy y nosotros. Bueno, y un policía que iba de paisano.
Un tipo siniestro. Pequeño y calvo. Me daba escalofríos. Reggie… no sé qué.
—Reggie Maxwell —digo. Trago saliva.
—Sí, eso, Maxwell.
Se inclina. Su voz baja.
—Nos reunieron en el jardín, junto a la piscina. Randy estaba dentro, apartado, colocado hasta las cejas. Niñato gilipollas… Su padre habló en su nombre. Nos pidió entre susurros que no hiciéramos preguntas.
—¿Qué había pasado?
Webber se toma su tiempo antes de soltarlo.
—Randy había pasado la noche con la hija mayor de Joshua y Sarah. En otro contexto, esa noticia habría hecho que me relamiera. Imagínate: la hija de Joshua Miller jugando a los médicos con el hermano de su archienemigo. Habría dado mucho de qué hablar. Pero no podíamos escribirlo. Nos amenazaron.
Estoy a punto de preguntarle si alguien sacó un cúter, pero me contengo.
—El motivo de nuestra presencia era otro.
Hace una pausa. Sé lo que viene a continuación. Estoy a punto de contestar por él, pero se adelanta.
—…Anne Miller había sido secuestrada.
Me doy cuenta de que estoy conteniendo el aliento.
—La pequeña había desaparecido —explica.
Ahora sus palabras son más atropelladas.
Luego dice algo que ya sé—: Su hermana mayor se la había llevado a casa de los Brown.
Mientras Randy y ella… ya sabes. —Hace un gesto obsceno con el puño—.
Alguien se llevó a la niña. Nos pidieron publicar la noticia del secuestro. Sin detalles. Sin investigación.
—¿Solo eso?
—Solo eso. Solo teníamos que asegurarnos de no mencionar a los Brown ni su dirección.
Según la versión oficial, se la llevaron mientras dormía en su cama.
No me gustaba, pero no tenía otra alternativa.
¿Qué podía hacer? ¿Denunciarlos? Los Brown ya me tenían pillado por los huevos.
El pago por arreglar lo del suicidio de Ursula saldría a la luz.
Y también todo lo demás. No solo de mí, sino también de Michael.
Las personas reaccionan de manera curiosa cuando se sienten amenazadas.
—Señala al suelo—. Mira lo que Michael estaba dispuesto a hacerle a su propio amigo.
—Pero la policía inició una investigación. ¿No teníais miedo de que descubrieran la verdad?
—La verdad… —vuelve a reír de una forma escalofriante—. ¿Aún crees que solo tenían comprada a la prensa?
Asiento. Mensaje recibido.
—¿Lo hicisteis? ¿Fue eso lo que escribisteis?
—Por supuesto.
El whisky en su aliento se mezcla con el hedor a pólvora que aún persiste.