Pack Toni Galán (libros 1-3) 41
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Todo lo que aprendí trabajando para aquel hombre me asalta como un torbellino cuando veo el reguero de sangre en el suelo del bote.

También recuerdo lo que aprendí de los estoicos, en aquella época tras el diagnóstico, cuando me dio por leer a Julio César, Epicteto y otros grandes pensadores.

El miedo hiere más que las armas… El hombre que teme la derrota ya ha sido derrotado… Ocúpate solo de lo que puedes controlar y acepta con serenidad lo que no depende de ti… El miedo hiere más que las armas. El miedo hiere más que las armas. El miedo hiere más que las armas.

Me detengo.

El cañón de la pistola se clava entre mis omóplatos, causándome un dolor agudo.

Me vuelvo lentamente.

Webber mantiene la distancia, pero sujeta el arma con ambas manos. Apunta directo a mi pecho. No hay margen de error desde tan cerca, ni siquiera con el temblor que sacude sus dedos.

Sus ojos están muy abiertos y aún más enrojecidos que ayer. Su piel, oscura y curtida como una roca embestida por mil tormentas, brilla por la capa de sudor que la recubre. El Rolex de oro sigue en su muñeca, pero ya no brilla; al igual que su camisa de cuadros, está salpicado de sangre.

—¿Qué… has hecho? —balbuceo.

—Sigue andando —dice. La pistola tiembla en su mano—. Entra en el dormitorio.

—Te vas a arrepentir, Gary.

—Eso ya lo sé.

—Gary…

No me da tiempo a reaccionar. Webber levanta la culata y la estrella contra mi nariz. El dolor explota en mi cara y se extiende por todo el cráneo. Me tambaleo. Los ojos me lloran y lo veo todo borroso. Algo caliente me resbala por la barbilla. Me llevo la mano. Sangre.

—Ahora da media vuelta y camina de una puta vez.

Me trago el dolor. No tengo otra opción.

Sigo las huellas de sangre. Se mezclan con la mía. Un rastro irregular, siniestro.

Visto desde fuera, cuesta creer que un bote como este tenga sala de estar, cocina y dormitorio. Pero los tiene.

Aunque quizás llamarlo dormitorio sea aventurado.

Es más bien una celda flotante con un colchón desnudo sobre un somier, una ventanita que da al río y un cabecero estrecho con una hilera de novelas de Stephen King.

Por un momento me reconforta que Webber tenga buen gusto literario, hasta que recuerdo que King escribe sobre asesinos, sangre y monstruos que salen de debajo de la cama.

Las piernas me flaquean.

Las paredes están llenas de recuerdos: Webber recibiendo el premio Society of Professional Journalists Deadline Club ; sonrisas y abrazos el día de su despedida de la redacción; de traje, con el exalcalde Bloomberg; posando con Higgins en la Casa Blanca, el día de la investidura de Biden.

Placas. Trofeos. Una colección de plumas estilográficas guardadas en vitrinas.

Un par de títulos enmarcados.

La camiseta de Patrick Ewing, firmada por todos los Knicks, también enmarcada.

Y, en uno de los huecos del cabecero, delante de una edición de coleccionista de Joyland , hay dos fotos:

La primera: Webber y su mujer saliendo de una iglesia bajo el sol, rodeados de arroz y sonrisas. Al lado de Webber, ella parece una niña. Nunca imaginé que el hombre que me apunta con una pistola pudiera reír así.

La segunda: la pareja, años después, con chubasqueros rosas y las cataratas del Niágara de fondo. Más canas, alguna arruga, pero la misma sonrisa de felicidad que solo mantiene el amor verdadero.

Y entre todo eso… más salpicaduras de sangre.

Las enseñanzas del señor Cañadilla y los estoicos se desvanecen.

Solo queda una lección, la que me enseñó mi enfermedad:

La vida es frágil y efímera.

En el suelo, material para una película de terror: el cuerpo del jefe de redacción, Michael Higgins. Salvo que distingo detalles muy de este mundo:

El cuello de la camisa, rasgado por un fuerte tirón.

La sangre en el pecho, como si alguien le hubiera tirado encima una olla de mermelada de mora.

Y, sobre todo, los ojos. Perdidos. Idos.

Se me seca la boca. El corazón late como un metrónomo desquiciado. La mirada de túnel ya está aquí.

—Has matado a tu amigo —digo.

Webber parpadea como si despertara de una pesadilla.

—Acabo de hacerlo —admite.

Una pena que Chase ya no esté en línea. Hemos perdido una buena confesión.

—¿Por qué?

Webber ignora la pregunta.

—Siéntate en la cama.

El colchón cede bajo mi peso. Es mullido y esponjoso.

Con la mano libre, Webber saca algo del bolsillo de sus pantalones. Me lo lanza y aterriza en mi regazo.

Bridas de plástico.

—Átate a la pata de la cama. Así podremos hablar con más tranquilidad.

Escaneo la habitación, buscando una salida. Una vez que me ate, estaré acabado.

Las plumas, demasiado lejos.

La pistola en sus manos, muy cerca.

Demasiado cerca.

Como si me leyera el pensamiento, Webber levanta ligeramente el arma.

—Átate de una vez, Galán.

No me queda otra opción que obedecer. Debo atarme y ganar tiempo. Esperar a que Chase llegue.

Cierro la brida alrededor de mi tobillo y la gruesa pata de madera.

Webber suspira y baja un poco la pistola.

Respiro.

—Quería que nos entregáramos —dice.

—¿Quién?

Webber no responde a mi pregunta. Mira fijamente un punto en la cama, como si no estuviera hablándome a mí, sino a sí mismo.

—Llevaba días nervioso —murmura—. Desde que Miller desapareció. Luego tú apareciste por el bar. Las cosas empezaron a ponerse feas. Pero yo siempre lograba calmarlo.

Aprieto los dientes, tratando de descifrar su comentario.

—¿De quién estás hablando?

—Entonces llamaste. Dijiste que venías. Eso lo enloqueció del todo.

Empiezo a entender.

—¿Estás diciendo que has matado a Higgins porque quería entregarse?

No responde. La sangre sigue cayendo de mis orificios nasales. Caliente. Pegajosa. El pulso retumba en mi nariz, cada latido es como un golpe sordo en mi cráneo. La adrenalina amortigua el dolor.

—¿Estaba contigo cuando hablamos por teléfono?

Webber cierra los ojos. Exhala como si llevara siglos conteniéndose.

—Paciencia. Pronto lo sabrás todo. Y luego… —Levanta la pistola, juega con ella en el aire—. ¡Pam!

El estallido imaginario me hace saltar.

Está más borracho de lo que pensaba. Culpa, alcohol, un arma de fuego… pésima combinación.

El sudor se cuela por el cuello de mi camisa y se mezcla con mi sangre.

Webber sale de la habitación. Escucho sus pasos sobre la madera vieja, el crujir de las bisagras, un golpe seco.

Regresa con una silla plegable y una petaca metálica. Se deja caer pesadamente en la silla. Da un buen trago. La pistola sigue en su mano, pero ya no me apunta.

—La primera vez que vi a Sarah Campbell fue antes de la muerte de Ursula Brown —comienza.

Su voz es ronca, cargada de humo, alcohol y décadas de secretos.

—Fue un soplo. Algo había ocurrido en la casa de los Miller. Fui directo hacia allí. Hablamos de una de las parejas más populares del país. Si realmente había pasado algo, quería ser el primero en enterarme. Quien tuviera la exclusiva, se llevaría el premio gordo.

»Llegué incluso antes que la policía. Sarah Campbell estaba en la entrada, en bata y descalza.

Tenía lesiones en las manos, brazos y hombros.

Sangraba, aunque se había limpiado con una toalla.

Aún en ese estado, era preciosa, una de las mujeres más bellas que había visto.

Le pregunté qué había pasado, pero no quiso hablar con la prensa.

Deduje que se trataba de una pelea con Joshua, quien tenía fama de tener la sangre caliente.

Eso me dio aún más ganas de saber lo que había sucedido.

Hace una pausa.

Lo miro y espero.

—Más tarde supimos lo que le dijo a la policía: que el perro la había atacado.

El perro de los Miller era un mastín del tamaño de una furgoneta.

La llevaron al hospital y le dieron puntos.

Al día siguiente, sacrificaron al animal.

Yo escribí un artículo morboso sobre el suceso y me olvidé del tema…

hasta una semana después, cuando recibí la llamada por lo de Ursula Brown.

Como si alguien hubiera apretado un botón de ambientación, un perro ladra a lo lejos. Webber desvía la mirada. Yo bajo la vista hacia mi tobillo atado. El mueble es robusto y la brida está firme. Sigo sin tener alternativa.

—La señora Brown se suicidó —digo.

El pecho de Webber sufre un espasmo que termina en una risa seca. No hay humor en ella. Apoya el codo en el reposabrazos y señala con la pistola una de las fotos en la pared, la que lo muestra con Higgins.

—Se dicen muchas cosas sobre la prensa. En general, ninguna buena. Nos llaman buitres, escoria.

Me estudia, como si esperara una reacción.

Yo no doy ninguna.

—La verdad… a veces lo éramos —prosigue con amargura—.

Todo se movía por intereses. Pero no comienza así.

No te despiertas un día y decides: «Voy a encubrir a una familia de criminales».

Todo empieza poco a poco. Un favor aquí, un titular suavizado allá.

Dejas pasar un rumor. Te inventas una noticia inofensiva.

Luego te enteras de un escándalo y miras hacia otro lado.

Cosas pequeñas. Cuando quieres darte cuenta, ya no puedes salir.

No te sobornan directamente, pero saben cómo enviarte mensajes.

Todo viene de arriba. Redactas un artículo sobre un Brown que ha sido sorprendido metiéndose coca, y alguien por encima de ti decide que no se publique.

Te cae una reprimenda. Una vez aprendes cómo actuar, lo haces casi sin pensar.

Hasta que, de pronto, eres la envidia del gremio.

Entradas de palco para los Yankees, invitaciones a cenas exclusivas…

ese tipo de cosas. Pero en el fondo, cuando apagas la luz, sabes que no es lo correcto.

Lo justificas, pero eso no cambia el hecho de que esté mal.

Señala el cadáver de su viejo compañero.

—Él también lo sabía. Nunca hablábamos de ello, pero se le notaba. Siempre supe que un día los favores se volverían en nuestra contra. Entonces, ayer entraste en el bar preguntando por mí, y joder… lo supe. Había llegado el momento de pagar.

Sus ojos brillan como pequeñas canicas negras. El sudor en mi piel se siente más frío.

—¿De qué estábamos hablando? —dice de pronto.