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Cuando tenía dieciocho años, conseguí mi primer empleo: aprendiz de mecánico.
En ese momento, creía que me serviría para pagar la universidad, pero al final me dio una lección mucho más valiosa.
Nunca había visto tanto lujo, ni de lejos.
Aquel concesionario de coches de segunda mano, al norte de Madrid, muy cerca del Bernabéu, tenía dos plantas. En la planta baja estaba el taller, donde los mecánicos —en quienes se suponía que debía fijarme— se enfangaban hasta acabar cubiertos de sudor, grasa y aceite.
Arriba se exponían los vehículos, los más lujosos, elegantes y brillantes que había visto en mi vida. Por aquella tienda desfilaban futbolistas, actores, presentadores y toda clase de celebridades.
De mecánica no aprendí nada. Solo pensaba, ya sabes…, en acostarme con alguna del barrio.
Pero de otras cosas, sí aprendí.
Mi trabajo se resumía en dos tareas: mover papeleo de una planta a otra y, luego, algo más… funcional. El verdadero motivo por el cual me contrataron.
A la semana de entrar, uno de los comerciales me dijo que el jefe quería verme. Aquello no me asustó. Visto en retrospectiva, la vida me estaba entrenando para trabajar en Los Ángeles con Evelyn Crowe, cuyas citaciones en el despacho sí daban miedo.
Pero esa no fue la gran enseñanza.
El señor Cañadilla tendría cerca de ochenta años. Elegante, educado y dicharachero, me pidió que lo acompañara al banco.
Fuimos andando. Al llegar, nos hicieron pasar enseguida al despacho del director, un pelota profesional al que solo le faltó arrodillarse y restregarse en el pantalón de mi jefe.
Entonces, mi jefe me señaló y le dijo al director:
—Este chaval se llama Antonio, pero prefiere que le llamen Toni. —Me sorprendió, porque nunca se lo había dicho—. Trabaja para mí y es de fiar. A partir de ahora, cuando venga con alguno de mis cheques, se lo pagas sin problema.
El director asintió sin rechistar.
A la salida, el jefe comentó:
—¿Has visto a ese tío tan pelota?
—Sí.
—Es ridículo, ¿no?
—Lo es.
—A mí me caes bien porque no me lames el culo. Pareces un chico raro, pero vas de cara. Tus padres te han educado bien.
Le di las gracias, entre avergonzado y orgulloso.
Pasados unos días, me tocó ir por primera vez al banco. El cheque era de diez mil euros.
El director me recibió con una sonrisa de boda. Faltó poco para que me hiciera una reverencia. Era tan ridículo que me agasajaba hasta a mí, que era pobre como una rata.
Me entregó el dinero en un taco de billetes de cincuenta que me impresionó.
De camino al concesionario, fantaseé con huir. Irme con ese dinero a una isla con buen clima, alcohol, chicas… Tocar la guitarra, beber, acostarme con alguien, dormir… Sin madrugar. Sin recados.
Pero la realidad es que, aunque fantaseaba con ello, nunca lo habría hecho. Mis padres me habían tatuado un código en la mente: ser un cobarde es lo más bajo a lo que puedes caer.
Y ¿había acto más cobarde que robar a quien ha confiado en ti?
Repetí ese encargo muchas veces. Una vez una cantidad, otras veces otra, pero siempre sumas importantes.
Un día, un mecánico de unos cincuenta años, con ojos estrechos de comadreja y cuerpo peludo y encorvado, me invitó a un café.
—Toni, se te ve buen chico —dijo—. Hablas poco, pero pareces listo.
—Vaya, gracias.
—Debes saber una cosa.
Me quedé en silencio, mirando a sus ojos de comadreja, esperando.
—¿Sabes para qué te ha contratado el jefe?
—Para hacer recados.
—¿Y qué recados haces?
—Llevar documentos de una planta a otra y recoger dinero del banco. Básicamente es lo que hago.
Sonrió con condescendencia. Me molestó. Yo era un chaval que solo pensaba en acostarme con alguna del barrio, de acuerdo, pero ese tipo me estaba hablando como si fuera un niño al que hay que explicarle la verdad sobre los Reyes Magos. Como si no supiera ya cómo funciona la vida.
—¿Sabes que al señor Cañadilla le han robado varias veces al ir al banco?
—No.
—Pues sí. La última vez fue violenta. Le tienen fichado, y ahora te usa a ti, para que, si roban, te roben a ti.
Yo seguí mirándolo en silencio. No parpadeé. No reaccioné. Porque, en el fondo, ya lo sabía. O al menos, lo intuía. Pero escuchar la verdad en boca de otro era diferente. Era como si alguien destapara una carta que yo ya había visto de reojo y me la pusiera delante de la cara.
Mi primera reacción no fue miedo, ni siquiera indignación. Solo indiferencia. ¿Y qué? No era un trabajo de ensueño, pero al menos era un trabajo. Y si me tocaba recibir un par de palizas en el proceso, bueno… había trabajos peores.
Al ver que yo no contestaba, él siguió hablando:
—Tienes que saber, Toni, que en realidad tú estás trabajando aquí para que, si te roban, te roben y te den de hostias a ti. No es para ser mecánico, ni comercial, ni para nada parecido. Es para que te juegues tú el pellejo por él. Te ha puesto de escudo.
Sus ojos parecían más estrechos que nunca, como si lo que me acababa de decir fuera algo que cambiaría el rumbo de la historia. Como si fuera lo más excitante que le había pasado en los últimos veinte años. Pobre hombre.
Al día siguiente, pedí hablar con el jefe.
—Me huelo que me ha contratado para que no le roben a usted.
Lo dije sin rodeos, sin nombrar al mecánico.
Me miró y respondió:
—Sí, confieso que es verdad. Me han robado varias veces. La última me tiraron al suelo. Tuve que vendarme el brazo. Tengo casi ochenta años y mucho dinero, así que la idea de que me den de hostias no me apetece nada.
Oír esa frase de su boca me dejó sin habla.
—Me tienen fichado, Toni. No es que quiera que te hagan daño. Me pareces un chaval cojonudo. Pero tú eres un desconocido. A ti no te buscan. Y pensé: este chico es alto, fuerte… tal vez se lo piensen dos veces. Te pido disculpas. Me has pedido la verdad y aquí la tienes.
Le di las gracias por su sinceridad.
—Seguiré haciendo el mismo trabajo, si a usted le parece bien —le dije.
—¿No tienes miedo?
—No.
Se levantó y me estrechó la mano con fuerza.
En ese momento, ese hombre se ganó mi respeto.
Podría haberme mentido. Podría haber adornado la historia, haberme hecho creer otras cosas. Pero no lo hizo.
Me respetó lo suficiente como para decirme la verdad.
Y ahí entendí la primera gran lección: el respeto se gana diciendo la verdad. No es una cuestión de ética, que también podría serlo. Es simplemente una cuestión de respeto y de que es mucho más rentable conseguir objetivos siendo honesto y yendo de cara.
La segunda lección fue que los problemas nunca desaparecen. Solo cambian de forma. Si atesoras dinero y poder, tendrás problemas relacionados con eso.
Que se lo digan a Joshua Miller. O a Thomas Brown.
Seguí en el concesionario un tiempo. El día que decidí marcharme, Cañadilla me llamó a su despacho. Me entregó un sobre: tres sueldos enteros.
—Llegarás lejos, chaval. Hay muy pocos como tú.
Se tomó un momento antes de darme la mano. Su mirada era firme, pero había algo más en sus ojos. Algo que nunca supe si era respeto, nostalgia o un simple «buena suerte». Nunca volví a verlo.
No le creí. No me sentía especial. Solo quería acostarme con alguna del barrio, y eso no pasó hasta años después.
Pero tenía razón.
Llegué lejos. Fui escritor. Gané premios. Me casé. Conseguí trabajo en Hollywood.
Pero por el camino cayeron losas pesadas: la esclerosis y el divorcio.
Supongo que la vida también es eso. Por muy lejos que llegues, siempre habrá algo que te arrolle.
Una enfermedad. Una separación.
O un cañón apuntando a tu espalda.
Durante todo el tiempo que trabajé en el concesionario, nunca me robaron ni me agredieron.
Y, de entre todos los recuerdos que podrían venir a mi mente ahora, aparece ese.
Quizá porque allí aprendí que el miedo no sirve de nada.
Y porque, esta vez, sí que puede ser mi última lección.
«No tengo miedo», me repito mientras camino, pisando la sangre aún fresca, con el cañón clavado en mi espalda y el fantasma del señor Cañadilla hablándome al oído.