Pack Toni Galán (libros 1-3) 39
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Estoy en Suffolk en menos de una hora. La zona del río está tan muda que ni las ranas se atreven a croar; oscura incluso para ser de noche, como cabe esperarse de los ríos alejados de la civilización.

No hay farolas encendidas. La luna llena brilla como un faro en el horizonte. El cielo es un manto negro salpicado de estrellas. No puedo evitar preguntarme si será la última noche estrellada que vea… y si el hecho de preguntármelo me convierte en un cobarde.

¿Pensará Chase en la muerte antes de un enfrentamiento peligroso?

Aminoro la velocidad y la grava salta bajo los neumáticos.

El camino que desciende hasta la orilla donde está anclado el bote de Webber es angosto y sin pavimentar.

Entre los árboles, una bombilla solitaria parpadea, señal de presencia humana.

Intento imaginar cómo será vivir aquí, solo, apartado del mundo, rodeado de este silencio viscoso.

Viviendo en una caja de madera flotante.

Me volvería loco.

Apago el motor y bajo del coche. La humedad de la tormenta reciente lo impregna todo. La tierra cede bajo mis pasos, inestable. Me ayudo de la muleta para no caer. No es fácil. La pierna me tiembla.

Cada metro que avanzo, mis temores crecen. Ocultos tras un rostro sereno, pero latiendo bajo la superficie, nítidos como pulsaciones.

El bote flota encallado a la orilla, suspendido sobre el agua como una bestia dormida.

Es un houseboat clásico, de casco plano, con madera grisácea que alguna vez debió ser blanca.

Las ventanas son pequeñas, rectangulares, con cortinas raídas por donde se cuela una luz temblorosa.

En la cubierta, una mesa de plástico con un cenicero a rebosar.

El toldo metálico está oxidado en los bordes, devorado lentamente por la humedad.

Encantador. Bucólico. Escalofriante como una cabaña en mitad del bosque.

La noche está en calma. Solo se oye el crujido de la madera con cada movimiento del bote.

Ni pasos. Ni una puerta cerrándose. Ni un murmullo en su interior.

Tampoco el chapoteo de algún animal en el río; o el aleteo de un murciélago; o el chillido de las ratas.

Solo el caudal reflejando las estrellas, brillando como si un dios hubiera espolvoreado diamantes sobre el agua.

Salto a la cubierta con miedo. El suelo cruje bajo mis pies. Me acerco a la puerta y doy un par de golpes con la punta de la muleta.

Ninguna respuesta.

—¿Webber? —grito. Mi voz resuena más grave de lo esperado.

Silencio.

Y luego, un frío súbito en la nuca.

El cañón de un arma.

Emito un siseo, tanto por la sensación helada del metal como por el miedo que se instala en mi estómago.

—No te muevas —susurra Webber.

No lo hago. Solo levanto las palmas con cuidado.

—¿Vas armado?

—No.

—Deshazte de eso. —Un leve puntapié en la muleta.

La suelto. Él la aparta con otra patada. Rebota contra un banco de madera y se queda ahí, como un pájaro muerto.

—Ahora voy a cachearte —dice, ejerciendo más presión en mi nuca—. No hagas ninguna tontería o tendré que dispararte.

—No es necesario el arma, Gary. Solo he venido a hablar.

Las palabras no son para él. Son para Chase. Durante el trayecto, me ha llamado. Había recibido una alerta de Hada:

—Está de los nervios. Dice que vas a ver a Webber. Solo. ¿Es cierto?

Yo lo he confirmado.

—Eres un imbécil —ha sido su respuesta.

Ahora está escuchando. Debe de estar en camino. Hago cálculos mientras Webber me cachea. Si yo he tardado una hora, él tal vez pueda acortarlo a cuarenta minutos. Quizá treinta con su Porsche y una buena dosis de adrenalina.

Solo necesito aguantar.

Pienso en moverme, ahora que Webber está ocupado palpando mis bolsillos, pero no estoy en posición de arriesgar. Él tiene un arma y yo estoy indefenso.

Encuentra mi móvil. Por suerte, Chase ya ha cortado la llamada.

Webber guarda el teléfono en su bolsillo y vuelve a clavarme el revólver, esta vez en la espalda.

—Está abierto. Entra.

Giro el picaporte lentamente. Él, impaciente, patea la puerta. Se abre de golpe.

Entramos.

Lo precede su hedor a alcohol, espeso y rancio, más maduro que el del queso, que en este lugar cerrado resulta insoportable. No es buena señal.

Me vengo abajo de repente. El miedo se instala en mi garganta. Me cuesta respirar.

El interior parece sacado de un drama de David Lynch. Luz tenue de una lámpara de escritorio sobre una mesa saturada de papeles y botellas a medio beber. Un sofá descolorido. Un televisor antiguo en la esquina, un fregadero repleto de platos sucios. Suciedad.

Pero lo que llama la atención está en el suelo.

Huellas.

En el suelo, un rastro de huellas irregulares, oscuras, teñidas de rojo.

Oscuras, irregulares, teñidas de rojo, trazando un camino a través de la madera.

Sangre fresca.