38
No me detengo en los semáforos ni en los pasos de peatones. Supero el límite de velocidad hasta que la aguja del velocímetro se dispara. En un par de ocasiones, invado el arcén para esquivar el tráfico.
Mis manos se aferran al volante. Apenas parpadeo.
¿Mirada de túnel? Sí. Agudizada por el estrés del día: el periscopio de cartón se vuelve cada vez más estrecho.
Si me hicieran un examen psicotécnico, tal vez tendría problemas para renovar la licencia.
Pero mientras tanto, aún puedo conducir. Y lo hago como si no hubiera un mañana.
La amenaza que recibió Sarah resuena como un eco implacable en mi mente:
Haz lo que debes o acabarás como tu hija pequeña.
Durante el trayecto llamo a Chase. No solo quiero disculparme por nuestra última conversación, sino que necesito contarle lo sucedido. Escuchar su voz, su apoyo, su forma de ver el mundo en blanco y negro cuando todo a mi alrededor se vuelve gris.
No contesta.
Maldigo y aplasto el acelerador.
Las ruedas del Escarabajo derrapan al tomar la curva de entrada a la finca de los Miller. La verja está abierta. Me están esperando.
Bajo la luz amarillenta de las farolas, la mansión parece más imponente que la última vez que estuve aquí. Los altos muros de piedra blanqueada reflejan destellos fríos bajo la luna. La única ventana encendida, la del despacho, proyecta una sombra recortada contra la fachada.
En la oscuridad, la casa adquiere un aspecto casi fantasmal, como un castillo en mitad de la noche.
El camino pavimentado serpentea entre el jardín.
Durante el día, la hierba luce un verde inmaculado, pero ahora es solo una mancha oscura e indistinta.
A un lado, el huerto descuidado se confunde con la maleza. Todo parece demasiado silencioso.
Freno con un chirrido junto al viejo Chevrolet familiar. Apago el motor con un murmullo sordo. Me doy un segundo. Solo uno. Luego salgo del coche lo más rápido que mis piernas me lo permiten. Subo los escalones con el oído derecho pitando y la respiración contenida.
Golpeo la puerta.
La casa parece contener la respiración.
No llego al tercer golpe.
Tom Wayland abre de inmediato.
No es Sarah.
Por supuesto que no.
Algo se me enreda en el pecho.
Tom mira hacia la calle, como si esperara ver sombras moviéndose entre los árboles.
—No me han seguido —digo, ahorrándole la pregunta.
Él asiente con rigidez y cierra la puerta tras de mí. Lleva un polo verde pistacho que lo hace parecer más un golfista retirado que el abogado de una de las familias más conocidas del país. Su rostro está pálido, brillante en las sienes. Diez años más viejo que hace unas horas.
El silencio dentro de la casa es sepulcral. Pone los pelos de punta.
—¿Sigue sin aparecer? —pregunto.
Afirma con la cabeza.
—¿Quién se la ha llevado? ¿Ha habido nuevas amenazas?
No responde de inmediato. Se limita a girarse y guiarme hacia el salón. Se sirve una copa de whisky. Me ofrece otra. Macallan de doce años. La rechazo.
—Sentémonos —dice. Esta vez detecto en su voz un leve toque acerado.
Nos acomodamos. Él se inclina hacia adelante, con los dedos entrelazados, y respira hondo.
—La policía ha estado aquí.
Me pongo en alerta.
—¿La policía?
—Traían una orden de registro. Han encontrado un arma.
Me echo hacia adelante.
—¿Qué tipo de arma?
Se moja los labios y deja el vaso en la mesa.
—Un revólver. Un Magnum del 38. El mismo calibre que mató a Joshua. Lo han encontrado en el baño privado de Sarah, pegado detrás de la cisterna. En estos momentos están esperando las pruebas de balística para saber si es el arma homicida.
—¿Huellas?
Tom sacude la cabeza.
—Nada. Limpio.
—Entonces alguien la colocó ahí —digo.
Tom frunce el ceño.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
—Porque si Sarah hubiese querido deshacerse del arma, no la habría escondido en su propio baño. Si la limpió para no dejar huellas, ¿por qué dejarla en un lugar tan obvio?
—Estaba bien escondida —insiste.
—Y mira lo que han tardado en encontrarla. —Me froto la mandíbula—. ¿Es todo lo que tienen?
Tom me observa un instante antes de responder.
—Tienen mucho más. Tienen un móvil. Joshua y Sarah discutían constantemente. Se engañaban. Se despreciaban.
—Espere. ¿Se engañaban?
Tom resopla.
—Vamos, Toni. ¿De verdad te crees lo del matrimonio feliz? Estamos hablando de dos actores. ¿Cuándo fue la última vez que viste a uno decir la verdad fuera de un set?
No me gusta su cinismo.
—Y ahora tienen el arma, y ella ha desaparecido. No es una buena combinación —añade—. Suficiente para arrestarla.
Me quedo mirándolo.
—¿Y usted qué cree?
Tom coge aire y lo expulsa por la nariz, como si el solo hecho de respirar le costara un gran esfuerzo. Parece agotado. Traga un sorbo de whisky antes de contestar.
—La asistenta dice que Sarah recibió una llamada esta mañana. Colgó, se vistió y se marchó sin decir nada. No ha vuelto.
—¿Puedo hablar con ella?
—Su turno terminó hace horas.
—Deme su contacto.
Me apunta el número y dirección en un papel. Lo guardo.
—Después de que se fuera la policía, ha llamado Thomas Brown —dice entonces, con voz grave.
Sus palabras caen pesadas entre nosotros. Lo miro sin parpadear.
—Estaba al tanto de la orden de registro —prosigue Tom—. Dijo que lamentaba lo del revólver, pero que no había podido evitar la inspección. Aun así, ha movido algunos hilos. Gente de arriba. Han acordado frenar cualquier detención inmediata. De momento, todo irá despacio con Sarah.
Claro. Thomas Brown.
No es casualidad que Sarah aún no haya sido arrestada, a pesar de que tienen argumentos para ello.
Alguien ha pisado el freno desde arriba.
Y Thomas Brown tiene tentáculos largos. Muy largos.
Lo cual es bueno si estás de su lado, como parece ser el caso de Sarah, pero tremendamente peligroso si te posicionas en su contra. Me pregunto en qué bando estoy yo.
Respiro con cierto sentimiento agridulce.
—¿Algo más?
—Dijo que está muy preocupado por Sarah.
—No lo dudo.
—Quiere que lo llames.
Suelto una risa sin humor.
—Bueno, y yo quiero que Scarlett Johansson me cante una nana todas las noches. No siempre conseguimos lo que queremos. Ahora tengo que irme.
Me levanto. Él también.
—¿Vas a verlo?
—No todavía. Antes quiero saber quién hizo esa llamada. Tengo un candidato.
—¿Quién?
—Gary Webber. El periodista que cubrió la muerte de Ursula Brown. Cuando hablé con él y puse ciertos asuntos sobre la mesa, se derrumbó. Y tengo la impresión de que no ha dejado de saber cosas.
Tom asiente. Me despide con un apretón de manos, aunque hace el amago de darme un abrazo.
Fuera, respiro hondo. No me gusta este lugar.
Ya en el coche, llamo a Hada. Le pido el contacto de Webber. Se lo preguntaría directamente a Molly, pero no quiero involucrarla todavía más. Hada me lo da de inmediato, pero noto que su voz está agitada.
—¿Qué pasa, Toni?
—Es un presentimiento —respondo. No quiero meterla más en este avispero.
Cuelgo y marco el número de Webber.
Mientras da tono, miro hacia la casa.
En la ventana del despacho, recortado contra la luz, Tom Wayland me observa.
No me gusta nada esto.
Webber responde al cuarto tono.
—Sarah Miller ha desaparecido —le digo.
Guarda silencio.
—Tenemos que hablar, Gary.
—De acuerdo —responde, con voz ronca—. ¿Sabes dónde vivo?
—Sí.
—Te espero aquí.