36
Chase y yo no hablamos hasta que dejamos atrás el Bronx.
Suelo llevar música en el coche. Si Chase va de copiloto, a veces se adueña del sistema de sonido para torturarme con sus clásicos. Hoy: los grandes éxitos de David Guetta.
—Antes, mientras te duchabas, escuchabas a Sinatra —grito por encima de la música—. ¿Y ahora te pasas a la electrónica?
—Para mí, la música es una canalizadora de emociones. Acabo de encañonar a un tipo. Esto es lo más suave que puedo ofrecerte.
—¿De dónde sacaste el retrato robot de Reggie? —pregunto.
Baja el volumen del estéreo para que podamos hablar.
—Inteligencia artificial. Lo hice con el móvil durante el camino. No me tomó más de cinco minutos. Ni te diste cuenta. ¿A que es bueno?
—Asombroso.
Cruzamos el puente Robert F. Kennedy. La ciudad se despliega bajo un cielo teñido de naranja y púrpura. Los rascacielos dibujan siluetas contra la luz menguante. La lluvia ha parado, pero los charcos aún reflejan el neón como manchas líquidas de color.
—Antes te has pasado —digo al fin.
Chase está jugando con su flequillo frente al retrovisor.
—Tendrías que haberlo grabado para YouTube —dice, y hace una pausa, como si se le ocurriera una idea—. A lo mejor me monto un podcast.
—Hablo en serio, Chase.
Deja el flequillo y me mira.
—Necesitábamos confirmar algo. Yo facilité y aceleré el proceso. ¿No me pagas para eso?
—No para que amedrentes a la gente.
—¿Amedrentar? Vamos. No me hagas sentir como un matón de poca monta. Yo prefiero llamarlo persuasión eficiente.
Chasqueo la lengua.
—Y no hables así de nosotros. Somos un equipo.
Se lleva las manos al pecho y finge emocionarse, lo que me irrita más.
—Ay, Toni… —dramatiza—. No sabía que lo nuestro iba en serio.
Sacudo la cabeza.
—Nos apuntaba con una escopeta y no podía hablar. ¿Qué querías que hiciera? ¿Preguntarle con lenguaje de signos?
—Cooper pensó que íbamos a matarlo. Si se hubiera dado cuenta de que veníamos en son de paz, habría colaborado.
—Permíteme que lo dude. Reggie lo tiene aterrado. Tú estabas allí, lo viste.
—Y tú decidiste asustarlo más.
—Así es.
—No me gusta que actúes así, Chase. No con personas inocentes. Somos una agencia seria. O aspiramos a serlo.
—Muy bien… —Bosteza con exageración—. ¿Has terminado?
Lo miro de soslayo. Chase tiene una forma particular de ver el mundo en blanco y negro; durante los últimos meses, he notado que sus propias zonas grises se están volviendo más oscuras. No me hace ninguna gracia.
—Vamos, Toni —añade, más serio, consciente de que me está llevando al límite—. ¿No estoy aquí para esto?
—¿Qué quieres decir?
—Tú eres el cerebro. El de los escenarios retorcidos. El de las suposiciones imposibles. Además, caes bien en un primer contacto; tienes ese don. Hada es eficiencia pura. Control. Pragmatismo. Mano izquierda. No encontrarías a alguien como ella ni en mil años.
Hace una pausa y mira por la ventanilla. Las luces de la ciudad se reflejan en sus ojos. Luego, dice:
—Y yo… ya sabes lo que hago.
Frunzo el ceño.
—Me das apoyo.
—Esa es una respuesta de mierda.
—¿Perdón?
—Yo soy la fuerza bruta, Toni. El músculo. El que no tiene miedo de ensuciarse. La falta de escrúpulos. Dices que no te gustan las armas, pero cada vez que la cosa se pone fea, acudes a mí.
Aprieto el volante. No sé si estoy más enfadado con Chase o conmigo mismo, porque —maldita sea— tiene razón.
No volvemos a hablar hasta que llegamos a Brooklyn. Aparco frente a casa.
—Una cosa es usar la fuerza contra gente peligrosa —digo al fin—. Y otra muy distinta hacerle daño a un inocente.
Chase no responde. Vuelve a estar liado con su flequillo, que hoy le está dando guerra.
—Si Cooper no hubiera cedido… ¿le habrías hecho daño de verdad? —pregunto, con un leve temblor en la voz.
—Sabía que cedería. Estaba acojonado.
—Esa no es una respuesta.
Chase sacude la cabeza y observa el edificio por la ventanilla, como si esperara ver las siluetas de Alfred y Logan tras las cortinas.
—Te veré luego, Toni. Esta conversación no lleva a ningún sitio.
Sale del coche y cruza la acera. Desaparece tras la puerta del edificio.
Yo me quedo ahí, con los dedos aún crispados en el volante, intentando digerir lo que ha dicho.
El sonido del móvil me hace saltar en el asiento.
Es Hada.
—¿Puedes hablar? —pregunta sin preámbulos.
Me llevo los dedos al puente nasal y aprieto con fuerza. El día no da tregua.
—Sí.
La llamada dura menos de un minuto. Justo lo necesario para quejarse del tráfico, recordarme el evento de salsa del sábado y dejarme caer la primera sorpresa del día.
La segunda me espera media hora más tarde en casa de Elisabeth.
Está de pie, apoyada contra la mesa del comedor, con los brazos cruzados. Me escucha en silencio mientras le cuento todo lo que hemos averiguado. De vez en cuando, se muerde una uña, pensativa.
—Entonces, mi padre no agredió a Pat Cooper —resume—. Fue el mismo cabrón que vino aquí a por mí.
Pasa los dedos por su ceja, donde aún queda una sombra amarillenta. No puedo evitar visualizarlo: Reggie Maxwell, con su lengua perforada, en este mismo salón, intimidándola y golpeándola con su desproporcionado anillo, sirviéndose del poder y la inmunidad de los Brown.
Tengo ganas de romper algo.
Asiento desde el sillón, con la mandíbula tensa.
Fuera, Nueva York vibra bajo el neón. La noche arranca con un rugido de motores, bocinas y conversaciones apresuradas. La lluvia ha dejado el asfalto mojado y reflectante.
Carraspeo.
—Hay alguien más por quien quiero preguntarte.
Beth ladea la cabeza, alerta.
—¿Quién?
—Wendy Turner.
Parpadea. Se quita el jersey de un gesto brusco, como si de repente le estorbara. Se queda con una camiseta de tirantes que se le sube un poco en la cintura. Su cabello se despeina con el movimiento. Al igual que su rostro, sus brazos y pecho están salpicados de pecas, y sus pómulos, encendidos.
Antes de venir aquí, justo después de dejar a Chase en casa, Hada me lo ha contado. Había estado investigando a Wendy Turner y había descubierto algo interesante.
—Era mi mejor amiga en el instituto —dice Beth, con una frialdad que no esperaba.
—¿Y ahora?
Niega con la cabeza.
—Hace mucho que no nos vemos. Perdimos el contacto cuando se fue a Harvard. Supongo que es lo típico: cambias de ciudad, te distancias, conoces a otra gente… —Se encoge de hombros—. Y poco a poco vas perdiendo el contacto.
Asiento a medida que habla. Sus palabras concuerdan con lo que sé por Hada: Wendy y Beth estudiaron en el mismo instituto. La imagen de la orla lo confirmaba.
—¿Sabes qué es de ella? —pregunta.
—Tiene una galería de arte en Nueva York.
—Qué bien. Siempre fue la lista de la clase. Mucho más que yo.
—Y tiene cáncer de páncreas.
La sonrisa se le borra de golpe.
—Joder… qué mierda.
Como si lo necesitara de pronto, palpa sus bolsillos con urgencia, saca un cigarro y lo enciende. Aspira con fuerza y exhala lentamente.
La observo, buscando algo en su expresión. No necesariamente lágrimas, pero sí un atisbo de nostalgia, un rastro de cariño enterrado, una punzada de culpa. No hay nada de eso. Solo una capa opaca.
Aprovecho la pausa.
—Tu padre comió con ella poco antes de que lo mataran.
Beth asiente como si eso tuviera sentido.
—Eso significa que mi padre estuvo realmente cerca —dice.
—¿Cerca de qué?
—De la verdad.
Mi pulso se acelera.
—¿Puedes desarrollarlo?
Sus ojos de gacela se clavan en los míos. La veo debatirse entre lo que quiere decir y lo que teme contarme. Finalmente, habla:
—Nunca le he contado a nadie lo que ocurrió en realidad.
—¿Cuándo?
Sostiene el cigarro frente a su boca. El humo le vela la expresión.
—Aquella noche. Cuando se llevaron a mi hermana.
Intento no pestañear, pero siento que todo mi cuerpo se tensa.
—¿Qué estás diciendo? A Anne se la llevaron mientras dormíais. Tus padres estaban en una fiesta…
—Esa es la versión oficial —interrumpe—. Un consejo: no te creas las versiones oficiales. Nunca.
Mi respiración se vuelve más corta.
—Vale… ¿y cuál es la versión real?
Busca algo en el salón con la mirada. Sus ojos se detienen en la mesa donde sigue el puzle a medio hacer. Algunas piezas nuevas han encajado desde ayer, pero no muchas. Con la mano libre, coge el cenicero y golpea el cigarro contra el borde, deshaciéndose de la ceniza.
—Esa noche había quedado con un chico.
Traga saliva. Su voz flaquea.
—Mi padre me había prohibido salir. Me dijo que debía quedarme en casa con Anne.
Lo que más me jodió no fue la prohibición, sino el pretexto.
Como si mi hermana le importara en realidad.
Lo que no soportaba era el chico con el que me veía.
Lo odiaba. Y odiaba a su familia. «De todos los chicos, ¿tenías que encapricharte de ese? », me gritaba.
Beth baja la cabeza un segundo, como si masticara una vieja culpa.
—Tenía muchas ganas de ir. Sus padres estaban fuera. Por fin íbamos a estar solos. Así que mentí. Les dije que me quedaba con Anne. Y en cuanto se fueron, me escapé.
Aguardo.
—Me la llevé conmigo.
Levanto una ceja.
—¿A Anne?
Asiente.
—Tenía cinco años. No podía dejarla sola. Pensé que se dormiría. Y así fue… durante un rato.
Da otra calada, se toca el lóbulo de una oreja y juega con el pendiente que cuelga de ella. Ahora su voz se torna monótona, desapasionada.
—Nos excedimos. Bebimos. Fumamos. Lo hicimos en el sofá. Anne dormía a unos metros. Eso me excitaba aún más: el sexo, el chico, la traición a mi padre. Todo junto.
Me remuevo en el sillón.
—Nos quedamos dormidos. Desperté yo primero. Al principio me asusté. Pensé que mis padres ya habrían vuelto, que habrían descubierto que no estábamos y estarían fuera de sí. Pero aún era de noche. Habíamos dormido solo dos horas. Y Anne… no estaba.
El cigarro tiembla entre sus dedos, la ceniza cae sobre la mesa. No parece notarlo. Está atrapada en otro tiempo.
—Buscamos por toda la casa. Grité su nombre… Pero nada. Era como si se hubiera desvanecido en el aire. Y entonces vimos la puerta principal abierta.
Empiezo a entenderlo. Siempre me chocó la idea de que alguien pudiera entrar a la casa de los Miller, sortear la seguridad, entrar en la habitación de una niña y llevársela sin que nadie se enterara. Pero ahora todo tiene más sentido.
—Anne salió de la casa —susurro.
Beth asiente, su mirada perdida.
—Se escapó, Toni. Algo la asustó lo suficiente como para que prefiriera salir a la calle, sola. Y yo… —Cierra los puños—. Nunca he dejado de preguntarme qué fue.
El silencio cae como un telón.
—Cuando te llamó… ¿le preguntaste por qué se fue?
—Sí —dice, casi sin voz.
—¿Y?
Me mira a los ojos. Parece haber ganado diez años de repente. El dolor y la culpa emanan de ella como un sudor rancio.
—Dijo: «Si vuelvo, él me mata».
Siento que el aire en mis pulmones se congela.
—¿Quién?
—No quiso decírmelo.
Me humedezco los labios. Me doy cuenta de que estoy ansioso por conocer el final de la historia.
—¿Qué hiciste después?
Su risa es amarga, casi un resoplido.
—Volví a casa. Revolví la cama de Anne para que pareciera que había estado ahí toda la noche.
Me metí en la mía. Esperé. Oí el taxi, las llaves, las risas de mis padres…
—Se rodea con los brazos, como si de pronto la estancia se hubiese vuelto muy fría, como si necesitara un abrazo—.
Y entonces, el llanto de mi madre cuando no encontró a Anne.
Yo solo me cubrí con la sábana y contuve la respiración.
No he estado más aterrada en mi vida, Toni.
Silencio.
—¿Tus padres nunca supieron que Anne desapareció en otra casa?
Beth niega.
Me paso una mano por la cara.
—¿Tampoco la policía?
Aspira una última calada y apaga el cigarro en el cenicero con movimientos lentos.
—Nadie. Si hablaba, lo perdía todo.
—Aun así, tu padre te culpó igual.
Beth suelta una risa breve, seca.
—Por supuesto.
Se da la vuelta contra la mesa. Me ofrece la espalda. Sus hombros tiemblan. Me levanto y voy hacia ella. Dudo. Apoyo las manos sobre su espalda. Su piel arde.
Entonces se rompe.
Se vuelve. Se hunde en mi pecho. No digo nada, solo la abrazo. Siento que algo en mi interior comienza a desgarrarse.
Cuando alza la cabeza, no me mira. Va directamente a mi boca.
El beso sabe a lágrimas y nicotina.
Sus dedos desabrochan mi camisa. Mis manos en sus caderas.
No debería, pero al diablo. Estoy harto de vivir a medias.
La vida nunca ha jugado limpio conmigo. ¿Por qué habría de hacerlo yo esta noche?
Solo quiero algo que no se sienta como una derrota.
Un instante en el que no sea el enfermo, el condenado, el tipo con un futuro escrito en tinta negra.
Me dejo llevar.
Ella respira entrecortada.
—No volví a ver a ese chico —susurra entrecortadamente contra mis labios—. Me hundí. Bebí, probé drogas. Mis padres me echaron, así que bebí más. Probé drogas más fuertes. Dejé de cuidarme. Dos veces estuve a punto de morir. Me llevó años salir de esa mierda.
Pienso en Wendy Turner. Esta historia empezó con ella.
—¿Qué papel tiene Wendy en esto?
Beth aprieta los labios. Sus dedos se cierran en mi camisa.
—Era mi mejor amiga. Y también la traicioné.
—¿Por qué dices eso?
Levanta la mirada. Sus pupilas son dos abismos oscuros.
—El chico con el que me acosté esa noche… era su novio. De algún modo, Wendy se enteró de que él la estaba engañando conmigo. Fue a su casa para pedirle explicaciones.
Lo entiendo antes de que lo diga.
—Cuando salí de la casa para volver a la mía, desesperada por haber perdido a Anne, ella estaba allí —continúa—.
Nos cruzamos. Pero yo… yo estaba en shock.
No reparé en ella. Me enteré al día siguiente, cuando me llamó por teléfono hecha una furia para pedirme explicaciones.
Entonces se enteró de la desaparición de mi hermana. No volvimos a ser amigas.
Un nuevo silencio, más prolongado que el anterior. Está rota. Pero hay belleza en las ruinas.
Sin embargo, mi mente está en otro lugar ahora.
Hay algo más en esta historia, algo que no me ha contado.
El otro día, la propia Elisabeth aseguró que su hermana seguía viva porque una vez la llamó por teléfono.
Entonces, ¿cómo pudo Anne haber sobrevivido por su cuenta cuando solo tenía cinco años?
¿De dónde sacó recursos para escabullirse de la orden de búsqueda nacional?
Obviamente, no lo hizo sola. Si se escapó voluntariamente, como sugirió Elisabeth, ¿qué motivos tenía?
¿Y por qué no se ha puesto en contacto con sus padres durante estos quince años?
Y la pregunta más importante: ¿quién la ayudó?
—Beth.
Ella no contesta. Me besa de repente. Fuerte, como si intentara sellar la conversación con sus labios.
Consigo separarnos.
—No me… —Respiro—. No me has dicho el nombre de ese chico.
Cierra los ojos y apoya la frente en mi clavícula. Está temblando.
—Beth…
Sus labios tiemblan. Su respiración se entrecorta. Finalmente, se limpia las lágrimas con el dorso de la mano, sin mirarme.
—Randy —susurra.
Pausa.
Levanta la cabeza y me clava los ojos.
—Randy Brown.