Pack Toni Galán (libros 1-3) 35
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El Bronx no es Brooklyn. Y mucho menos el Upper East Side.

La lluvia lo empapa todo: calles, coches, rostros.

Una tormenta de verano pegajosa y densa, como un sudor que no se seca.

El limpiaparabrisas lucha con resignación.

Por la ventanilla entreabierta entra un aire pesado; lleva consigo el olor de la lluvia sobre el asfalto caliente, la basura fermentada en los rincones de los callejones y el gasóleo de camiones con más años que yo.

Un aroma que no encuentras en Manhattan.

Frenamos en un semáforo. Un grupo de chavales con capucha cruza sin prisa, hablando entre ellos como si la lluvia no les afectase.

No nos miran; o tal vez sí. En el siguiente bloque, una mujer pelea con un paraguas destrozado.

Al otro lado, un hombre con una bolsa de papel en la mano se inclina sobre un contenedor.

Aquí la ciudad no brilla. No finge. Tampoco promete.

—¿Crees que nos están mirando? —pregunto.

—Somos dos blancos irresistibles en un escarabajo rojo. En el Bronx. ¿Tú qué crees?

Genial. Eso me pasa por preguntar.

El semáforo cambia. Avanzo entre el aguacero y las calles llenas de charcos aceitosos.

Nos estamos acercando. Miro por el retrovisor.

Si alguien nos sigue, no lo veo. Pero eso no significa mucho.

Una mirada casual pocas veces descubre algo.

Hay que observar los coches, memorizarlos, fijarse en sus movimientos.

Llegamos. Pat Cooper vive en un adosado de ladrillo, con una cerca metálica desgastada y un patio invadido por hierbajos que se asoman por las grietas de la acera. Las ventanas, por supuesto enrejadas, están cubiertas por cortinas. Ninguna luz.

Aparcar ya me da mala espina.

Apago el motor.

No entres… no entres… , siento que me susurran las ramas de los árboles, sacudidas por el viento y la lluvia. Tranquilos, es solo mi cerebro de escritor en modo dramático. No oigo hablar a los árboles. Al menos, todavía.

—¿Cómo es Cooper? —pregunta Chase, sin apartar la vista de la fachada.

—Solo sé que era un cínico sin empatía. Experto en hurgar heridas ajenas. Lleva años sin lengua, así que no esperes abrazos.

—Bueno, al menos no nos increpará verbalmente.

Me vuelvo lentamente y pongo los ojos en blanco.

—¿Eso era un chiste? ¿Tengo que reírme?

—Tampoco te vendría mal.

Se muerde el labio, esa mueca que vuelve locas a las mujeres y que a mí me dan ganas de darle un empujón.

—¿Y sabe que venimos?

—No.

Se estira en el asiento, haciendo crujir sus huesos. Me da grima.

—Fantástico. Me encanta hacer amigos nuevos.

Atravesamos el pequeño patio delantero, esquivando las losas sueltas.

Mientras caminamos hacia la puerta, oigo débilmente los chillidos de algunas ratas por detrás del murmullo de la lluvia.

A nuestro alrededor, el vecindario parece inmóvil, pero sé que siempre hay ojos mirando detrás de las cortinas.

Subimos los escalones del porche. Golpeo con los nudillos. Un sonido hueco, madera vieja y maltratada.

Chase mete las manos en los bolsillos y me mira de reojo, como si apostara a que nadie nos abrirá. Un trueno rompe el cielo en dos. Golpeo de nuevo, más fuerte.

—¿Patrick Cooper?

La puerta se abre apenas un palmo. Dos ojos negros, curiosos, nos observan inquisitivos.

—Soy Toni Galán. Él es Chase Donovan. Queremos hablar con usted.

La puerta vuelve a cerrarse. Chase y yo intercambiamos una mirada muda. Nos quedamos en el porche, la lluvia repiqueteando sobre el tejado de chapa. En el suelo, en una esquina, dos tiestos con flores marchitas. Un coche pasa por la calle, salpicando agua sucia contra la acera.

—Esto no pinta bien —comenta Chase.

Pasan cinco segundos. Diez.

Entonces oímos descorrer un cerrojo, otro más, luego una cadena. La puerta se abre ligeramente. Y, antes de que pueda reaccionar, un cañón de escopeta asoma por la rendija.

Retrocedo por puro instinto. Chase, no.

La puerta se abre del todo y nos encontramos cara a cara con Pat Cooper.

Calvo, con unos pocos mechones de pelo negro aferrándose desesperados a la vida alrededor de sus orejas.

Gafas de montura gruesa, el cristal con un ligero reflejo de grasa.

Bigote espeso y curvado en los extremos, como una oruga dormida en el labio.

Luce una bata de seda tan colorida como el público en un torneo de golf.

Debajo, una camiseta blanca de tirantes que no es lo suficientemente larga para cubrir la barriga en forma de caldero y su ombligo peludo.

Tras el cañón doble, su ojo derecho se abre y cierra a destiempo, como uno de esos carteles de Budweiser en las ventanas de las tabernas. De su cuerpo emana un olor a desodorante alcohólico, un intento de camuflar la falta de ducha. El tufo a vino peleón queda, sin embargo, al descubierto.

No tiene intención de dejarnos pasar.

—Vaya, qué hospitalario —murmura Chase—. Me hace sentir como en casa.

—No hemos venido a hacerle daño —trato de tranquilizarlo con las manos abiertas en el clásico gesto de calma. La presencia de Chase a mi lado permite que no me tiemble la voz—. Solo queremos hablar.

Cooper abre la boca. El sonido que sale es inhumano, gutural, áspero. Como si le hubieran extirpado la voz con un gancho de carnicero.

Entonces da un paso. La escopeta se clava en mi pecho.

Siento el frío del cañón contra la tela. El pulso se me dispara.

Otro gruñido de ultratumba. Esta vez más fuerte, más furioso.

Y otro empujón.

Retrocedo un paso, sin apartar la vista de su dedo en el gatillo. Le tiembla aún más que el ojo derecho. No es muy prometedor.

Y él comete su error.

Todos suelen hacerlo: ignorar a Chase. La parte más positiva de su físico delicado es que casi nadie lo toma como una amenaza real en un primer vistazo.

Con poco más de un metro setenta de estatura, es un palmo más bajo que yo.

Parece blando, indefenso, la clase de tipo al que le pegas y se encoge como un cojín de mala calidad.

Además, su rostro fino, el flequillo perfectamente peinado y las cejas delgadas hacen que la gente no lo vea como una amenaza real.

Como decía, un grave error.

Parpadeo y, de pronto, Cooper está dentro, pegado a la pared del salón. No sé cómo lo ha hecho Chase. Solo sé que un segundo Cooper tenía el control, y al siguiente, le están marcando la tráquea con su propia escopeta.

Los gruñidos se convierten en chillidos ahogados, muy parecidos a una bomba de succión. En el interior de su boca, donde debería haber una lengua, un pequeño apéndice carnoso aletea como un pececillo fuera del agua.

Estoy seguro de que la imagen terminará colándose en mis pesadillas.

—¿Bailamos una bachata, Mimosín? —dice Chase.

—Chase… —digo, colocándome a su lado.

Cooper, por supuesto, no responde. Solo tiembla.

—Vamos a relajarnos —dice Chase, elevando la voz—. Asiente si estás de acuerdo.

Nada. Los ojos de Cooper conservan ese estallido interior, esa mirada de quien ha recibido de improviso, sin venir a cuento, un directo en el estómago.

—¡Que asientas! —grita, ejerciendo más presión en su cuello.

Cooper levanta las manos para protegerse. Tiembla más. Luego, se mea encima. Joder.

Chase suspira. Afloja un poco la presión, pero no lo suelta. Cooper boquea y coge aire como si llevara dos minutos bajo el agua y acabara de emerger. Si esto fuera una pelea en el patio de un colegio, mi colega se habría marcado un tanto importante.

Entonces Chase lo suelta del todo. Me pasa la escopeta.

—Apúntale.

—¿Perdona?

Le clavo con la mirada y niego con la cabeza. Él finge no verme. Saca el móvil.

—Hace años —dice, mostrándole la pantalla—, alguien te rebanó la lengua con un cúter.

Cooper se pone a llorar en silencio. Sé lo que está pasando por su cabeza: cree que venimos a terminar el trabajo. Bajo el cañón algunos grados.

Chase acerca la pantalla.

—¿Fue este?

Miro de reojo: es Reggie Maxwell. En digital. En plan retrato robot.

Cooper niega. Gime. Asiente. Se contradice. Llora más.

—¿Te dijeron que no contaras nada? —le pregunto.

Ahora asiente.

Chase y yo nos intercambiamos una mirada gris. Apuesto a que él está reviviendo su momento con ese cabrón rajándole la oreja.

—¿Daba miedo el hombre que te lo hizo? —pregunto.

Asiente rápido.

—Yo doy más miedo —dice Chase.

Y lo cierto es que ahora mismo, lo da.

—¿Fue él? —repite, agitando el móvil delante de su cara.

—Chase… —le advierto. Ahora yo también estoy asustado.

Da un paso. Cierra la mano en la garganta de Cooper. Él se revuelve, pero no puede con él.

Estoy a punto de intervenir, pero Chase me detiene con la mirada. Me guiña un ojo. Un gesto inocuo, despreocupado. He visto esa expresión otras veces, pero nunca se me había helado la sangre como ahora.

Aprieta. Sus dedos se clavan en la carne de Cooper. Su garganta emite un quejido, como si estuviéramos retorciendo un tubo de cartón. Patalea, pero no consigue emitir más que un ruido estrangulado.

—Dime si fue él y pararé. Si no, seguiré apretando.

—¡Chase, joder!

Cooper empieza a mover la cabeza como uno de esos muñecos con muelle que se colocan en el salpicadero de los coches. Luego señala la pantalla. Señala. Señala.

Chase afloja y Cooper se desploma, encogido en el suelo como una marioneta a la que le acaban de cortar los hilos. Tose. Escupe una flema.

Chase guarda el móvil. Me mira y sonríe satisfecho.

—Vámonos de esta cloaca.