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—Le pasó la hoja por la palma de la mano.
Despacio. Solo lo suficiente para cortar la piel, para que escociera.
Y entonces dijo: «Imagina lo que esto puede hacerle a un niño.
Piensa cuánto gritaría. Piensa en tu hijo.
En lo difícil que sería para el pajarito crecer sin lengua, o sin mano derecha, o sin adolescencia».
Miró a Thomas y añadió entre carcajadas: «¿Cómo podrá llegar a echar un polvo sin alcanzar la primera base siquiera?
». Luego le dio un par de palmaditas en la cara y le dijo que era un hombre inteligente.
La habitación se siente más pequeña.
—Joder, Chase. ¿Qué hizo tu padre?
—No hizo nada. No sé si fue por orgullo o por miedo, pero no contestó. Brown y Reggie se rieron unos segundos más y después ambos se marcharon de la tienda.
Toma otro trago, pero ya casi no queda whisky. Se sirve más.
Me ofrece, como si de repente olvidara que padezco una enfermedad neurológica que no se lleva bien con los licores fuertes. Digo que no con la cabeza.
—¿Y después?
—Nada. Nos fuimos a casa. Fingimos que todo estaba bien.
Nadie dijo una palabra. Ni a mamá. Pero él ya no era el mismo.
Sonreía, jugaba conmigo, pero la mirada…
No podía ocultar el miedo. Era evidente que no dejaba de pensar en lo que Reggie le había dicho.
Supongo que no dejaba de imaginarme mutilado, quemado, silenciado.
Era el veneno que ese cabrón le había inyectado.
Creo que mamá también intuyó que algo no iba bien, pero no preguntó.
Seguramente pensaba que se trataba de algún problema en la tienda y lo dejó pasar.
—¿Cedió?
—No. Era algo que había aprendido años antes, cuando los sindicatos amenazaron con cerrarle la tienda. Si cedes una vez, estás muerto.
—¿Cómo reaccionó Brown? —Mis propias palabras provocan que se me erice el vello de los brazos.
—Al día siguiente, en plena noche, sonó el teléfono.
Eran las cuatro de la madrugada. Lo sé porque me despertó y me quedé atento desde la cama.
Mi padre contestó, pero no habló con nadie.
Me imagino cómo oía su respiración al otro lado.
Al final, colgó y regresó a la cama. Esa noche no conseguí volver a dormirme. Y apuesto a que mi padre tampoco.
Los ojos de Chase brillan. Me levanto para abrazarlo, pero me frena con la mano.
—Deja que acabe, ¿quieres?
Asiento y vuelvo a sentarme.
—La noche siguiente… alguien entró en mi habitación.
—¿Qué?
—No lo vi venir. Llevaba un pasamontañas, así que no podía verle la cara.
—Su voz tiembla ahora—. No fui consciente de su presencia hasta que su mano cubrió mi boca.
No podía gritar. Su mano tapaba parte de mi nariz, así que empecé a ahogarme.
Eso hizo que dejara de manotear. Eso, y el objeto que de repente apareció en su mano.
Se lleva un puño a la boca como si fuera a contener una tos. Su pecho comienza a agitarse.
Tomo un sorbo de café frío. Me llega hasta el fondo del estómago y se mezcla con algo más denso. Dejo que siga. Sus palabras salen entrecortadas.
—Con un fuerte tirón, me giró sobre la cama.
Luego, sentí un escozor ardiente detrás de la oreja.
El calor líquido bajaba por mi cuello. Cuando el filo dejó de rajar mi piel, me invadió una extraña sensación de frío.
«Última advertencia, pajarito», me susurró al oído.
Su aliento olía a tabaco y menta. Antes de irse, deslizó el cúter por la sábana, despacio.
Apenas un susurro sobre la tela. Luego, un chasquido que me estremeció.
Miré hacia abajo. Un corte limpio en mi pijama.
Reggie inclinó la cabeza, como si estuviera evaluando si había hecho un buen trabajo. Rio.
Chase vuelve la cabeza y se aparta el pelo para enseñarme la cicatriz. Una línea curva, fina y blanca, escondida tras la oreja.
—Me llamó «pajarito», Toni. Para que supiera que era él.
El cabrón de Reggie Maxwell. Desapareció sin más, dejando una calma en la habitación que por un momento me hizo dudar si había sido una pesadilla.
Pero la sangre en mis sábanas estaba ahí para recordármelo, al igual que los Brown se lo habían dejado claro a mi padre.
Trago saliva. Siento una bola de acero en el estómago.
Chase me mira con los ojos enrojecidos. Su mandíbula está tensa, como si aún estuviera en aquella habitación, sintiendo la hoja fría sobre su cuello.
—No puedes desafiar a esos tipos, Toni. No vas a ganar. Y vas a sufrir. No se trata de ser valiente, sino de supervivencia. Esa gente no tiene alma. ¿Cómo puedes enfrentarte a personas completamente desalmadas?
No tengo una respuesta para eso. Ni siquiera sé si quiero una.
—Renuncia a enfrentarte a Brown —insiste—. Prométemelo.
Asiento.
—Promételo.
Titubeo.
—Sí… claro.
Chase me escudriña, esperando algo más, algo sincero.
No lo tiene.
Ninguno de los dos lo tiene.
De repente, siento mucho calor y una fuerte presión en el pecho. Expulso el aire y me levanto. Chase deja el vaso en la mesa y se incorpora también. Me mira fijamente y apoya una mano en mi hombro. Me dan ganas de abrazarlo. Nos quedamos un rato así, sujetándonos con fuerza.
Chase es el primero en apartarse. Sus ojos siguen ardiendo.
—Hay una línea muy fina entre ser valiente… y ser estúpido —susurra—. Intenta quedarte en el lado correcto.