33 #2
Agito la cabeza. Es hora de cambiar de tema, antes de que Chase se me escape.
He eludido la conversación durante demasiado tiempo.
Usando terminología baloncestística, hemos movido bien la pelota, pero el cronómetro de los veinticuatro segundos se está agotando.
Ya no puedo retrasar más lo inevitable, en la ilusión de que lo inevitable se convertirá en humo y desaparecerá en el aire.
—Chase.
—¿Sí?
Tiene una porción de pizza en la mano. La baja en cuanto oye mi tono. Su relajación habitual ha desaparecido.
—Thomas Brown te mencionó esta mañana.
No dice nada. Su estado de relajación, sin embargo, ha perdido presencia de repente.
—También su matón. Un tal Reggie. Un tipo calvo con un tatuaje en el cuello.
Todavía nada. Ni una mueca, pestañeo o temblor. Es como hablar con un muro.
—Me amenazó sutilmente. Y mencionó tu nombre. Y ahora tú intentas disuadirme. ¿Qué me estoy perdiendo, Chase?
Él se sacude las migas. Vuelve a coger la servilleta y se limpia despacio. El tráfico zumba detrás de los cristales. Por lo demás, el apartamento es una cripta.
Pasa un largo rato antes de que hable. Cuando lo hace, su voz suena densa.
—Aléjate de esa gente, Toni. No me canso de repetírtelo.
—¿De qué los conoces? —pregunto.
Parece buscar aire. Se levanta, abre un armario y rebusca. Saca una botella de bourbon, sirve un par de dedos en la misma taza de café y la deja sobre la mesa con un golpe sordo. Vuelve a sentarse y da un trago.
—He intentado advertirte —dice—. Desde que mencionaste el apellido Brown por primera vez, quise protegerte. Es lo que hacen los colegas: protegerse.
—No puedes comerte todos los golpes por mí, Chase. Solo quiero saber a qué me enfrento.
—Te enfrentas al mismo diablo. —Bebe de nuevo. La luz de la lámpara le da de lleno en el rostro, marcando sombras—. Esos tipos no tienen piedad. La frase «el fin justifica los medios» podría ser su lema. ¿Me explico?
En la calle, un camión de limpieza barre la acera, como si el mundo pudiera limpiarse.
—No —respondo—. No te explicas en absoluto.
Chase cierra los ojos un instante. Cuando los abre, ya no está aquí. Está en otro tiempo, en otro lugar. Se inclina hacia adelante, los codos sobre las rodillas y los dedos entrelazados. Su voz cambia; ahora suena como alguien que ha escondido un cadáver emocional durante demasiado tiempo.
—Yo tenía doce años y un millón de sueños. Pasaba las noches viendo películas: De Niro, Harrison Ford, Paul Newman… Pero mi favorito era Bruce Willis. Quería ser como él.
»Mi padre me apoyaba incondicionalmente. Decía que si yo quería ser actor, movería cielo y tierra para ayudarme. Y no era solo un sueño; tenía talento. Me salían anuncios y pequeños papeles en televisión… Estábamos cerca. Y un día, Theodore Brown llamó.
—¿El padre?
Asiente.
—Imagina mi entusiasmo. Era como si los Yankees llamaran a un crío de ligas menores. La gran oportunidad. El casting era para una película de gran presupuesto, y yo iba a por uno de los papeles infantiles. Estábamos extasiados.
—¿Conseguiste el papel?
Vuelve a asentir, pero ahora mira el líquido en la taza como si fuera alquitrán. Lo gira en pequeños círculos con la muñeca. La nostalgia en sus ojos ha dado paso a algo más opaco.
—Pasé todas las pruebas. Todo parecía de película… hasta que dejó de parecerlo.
Fuera, el chirrido neumático del camión de la basura lo hace parpadear. Chase vuelve a mí. Sonríe, pero sin alegría.
—Nos citaron en las oficinas de Brown Studios para cerrar el contrato. Mi padre no era ningún ingenuo; era comerciante y conocía el mundo de los negocios lo suficiente como para intuir que los contratos de Hollywood suelen tener letra pequeña. Así que pidió leerlo todo. Al final, conforme, firmó.
—¿Y luego? ¿Qué pasó? —pregunto.
Chase se remueve como si el cojín estuviese lleno de chinches.
—La gente no entiende que el mundo del cine no es como parece desde fuera. Ni siquiera para los niños. Ves a un chaval interpretando al hijo travieso del protagonista, tal vez unas risas enlatadas, y piensas: «qué experiencia más increíble para el muchacho».
—Pero no fue así contigo —deduzco.
—A ratos sí. No quiero exagerar y no lo pondré todo mal. Los rodajes estaban bien, y la gente me cuidaba como si fuera el niño de todos. Hasta las estrellas y los directores tenían mucha paciencia conmigo. Pero está el otro lado. Los eventos. Las fiestas.
—¿Te llevaban a fiestas siendo un chaval?
—No solo a fiestas. Hay gente que puede ser muy depravada, Toni. Nos obligaban a tomar alcohol hasta que no sabíamos dónde estábamos, y entonces…
—Joder.
—Creo que mis padres lo notaron. Tal vez empezaron a verme raro.
Hablaba menos, no contaba nada… No sé, los padres tienen un radar para esas cosas.
El caso es que, una tarde, mi padre se enteró de que me habían llevado a una fiesta y fue a sacarme de allí.
Cuando entró al salón de esa mansión, evadiendo la seguridad, lo vio todo.
Mueve la cabeza, como si aún pudiera ver el salón delante de él.
—¿Qué vio?
—Una orgía. Hombres y mujeres. Hombres con hombres. Mujeres con mujeres. Y los niños, mirando.
Me doy cuenta de que estoy conteniendo la respiración.
—¿Te… violaron?
Chase me sostiene la mirada.
—No llegaron a tanto. Mi padre me cogió del brazo y nos largamos. Llamó a la productora para romper el contrato. Dos días después, lo visitaron en la tienda. Mi padre tenía un local de reparación de relojes y venta de correas. El viejo Theodore envió allí a su hijo Thomas y a Reggie Maxwell.
Hace una pausa para valorar mi reacción. Estruja sus manos y añade:
—Por entonces, el cabrón de Reggie aún era jefe de policía.
Un escalofrío me recorre la espalda. Así que el cowboy del tatuaje era poli. Ahora entiendo su comportamiento militar.
—¿Qué pasó?
—Era de noche. Papá cerraba la tienda y yo estaba en el almacén.
Aparecieron de la nada. Cuando los vi entrar, me escondí.
Reggie cerró, bajó las persianas y puso el cartel de «cerrado».
Luego, se mantuvo apartado en un rincón y no dijo una palabra.
Thomas llevó la voz cantante. No era el hombre firme y temido que es ahora, pero ya hacía que te temblaran las piernas en su presencia.
Al menos, a mí me temblaron. Y creo que a mi padre también, porque empezó a sudar.
Mi padre solo sudaba cuando se ponía muy nervioso.
Thomas saludó a mi padre como si fueran amigos de toda la vida, se sentó y puso los pies sobre la mesa.
Recuerdo que sonreía mucho, como si viniera a invitar a mi padre a jugar al golf.
Mi padre intentó mantener la calma, pero estaba blanco como el papel.
Aprieta los puños.
—Thomas fue claro. Le dijo a mi padre que había cometido un error, que no entendía cómo funcionaba Hollywood y que aún podía reconsiderarlo. Todo con una amabilidad que helaba la sangre.
»Mi padre respondió que aquello se llamaba extorsión y abuso de menores. Les pidió que se largaran y los amenazó con acudir a la prensa si seguían por ese camino. Nunca he estado tan asustado y a la vez tan orgulloso de él.
Gotas de sudor empiezan a brillar en las sienes de Chase. Por primera vez, la imagen de invencible que siempre transmite se desvanece por completo. Le doy su tiempo. El café se enfría en mis manos. Él da un nuevo trago de bourbon y sigue hablando.
—Reggie entró en acción. Se acercó y miró las fotos de familia que mi padre tenía distribuidas por toda la mesa. Se detuvo en una: yo, en carnaval, vestido de águila. Sonrió. Luego sacó un cúter del bolsillo y corrió la hoja.
Mi mandíbula se tensa.
—¿Le hizo algo?