33
Chase está sentado junto a la ventana del salón, observando la calle con un semblante reflexivo. Aunque todavía es mediodía, el cielo se ha cubierto de un gris plomo que obliga a encender alguna luz.
Añádele una copa de vino y a Joni Mitchell de fondo, y sería un poema melancólico.
—Parece que va a llover —dice sin girarse. Su voz suena lejana, como si hablara con el cristal y no conmigo.
—Qué drama —respondo—. ¿No te das cuenta de que Nueva York te ha ablandado?
—A veces echo de menos Los Ángeles. ¿Tú no?
—Tendría que diluviar durante semanas en esta ciudad para que yo eche de menos aquel manicomio a cielo abierto.
No he superado lo de Evelyn Crowe ni lo del Asesino de Novias. Y no lo haré nunca.
—¿Manicomio? No has pisado Times Square en pleno julio.
Tiro las llaves sobre la mesa y me acerco con las manos en los bolsillos.
—¿Recuerdas el Pink Monkey? —pregunta, sin apartar la mirada del cristal.
—Claro. El mejor ceviche de corvina de la ciudad.
Asiente.
—Pues ha cerrado.
—No.
—Como lo oyes. —Suelta un suspiro y sacude la cabeza—. Hay un Burger King en cada maldita esquina, pero el Pink Monkey tiene que cerrar. ¿Qué le pasa a esta ciudad?
—El mundo se va al carajo.
La meteorología y la restauración gourmet no son mi prioridad ahora. Pero tener a Chase aquí me viene de perlas para resolver algunos asuntos que me han estado obsesionando.
Voy tanteando el terreno.
—He vuelto a ver a Thomas Brown.
Ahora sí, se vuelve. Quizás demasiado rápido.
—¿Por qué? —Frunce el ceño y arruga la nariz—. Por cierto… hueles como un gimnasio de barrio.
Me huelo la axila. Tiene razón.
Voy a la cocina. Pongo una cápsula en la máquina, y luego otra. Café de mentira, industrial; pero efectivo. Chase dice que hay pizza en la nevera. De repente, me doy cuenta de que estoy famélico.
La abro y encuentro un par de porciones. Directas al micro.
—Hawaiana, tu favorita —comenta sin moverse.
—Eres el mejor.
—Jodido marciano…
El microondas pita. Saco la pizza y le clavo un mordisco. Algo explota en mi boca. La hawaiana es la mejor pizza del universo. Y de ese barco no me bajo.
Nos acomodamos, cada uno en su trono. Café en una mano, pizza en la otra. Chase, como siempre, parece completamente relajado y en estado de absoluta preparación.
Le resumo mi charla con Gary Webber y mi visita a la finca de los Brown. Omito intencionadamente lo de Elisabeth y Molly; solo alargaría esto hasta que anocheciera y agotaría mi paciencia.
Ya lo hablaremos. O no.
Chase escucha y asiente de vez en cuando. Cuando termino, se recuesta y cruza las piernas.
—¿Qué pretendes con todo esto?
—¿Cómo que qué pretendo?
—Tus intenciones, Toni. ¿Qué buscas realmente?
—Encontrar al asesino de Joshua Miller. Prometí hacerlo.
—Y nos van a pagar una pasta por ello. Bien. ¿Qué más?
—Supongo que también intento proteger a Sarah. Y a su hija.
—¿Protegerlas de qué?
—Todavía no lo sé. Pero las amenazas están ahí.
Chase me mira durante unos segundos. Luego suelta su veredicto:
—A ver si lo entiendo. ¿Tu forma de protegerlas es cabrear a una de las familias más poderosas del estado, a Evelyn Crowe… y a la prensa?
Me inclino hacia delante y suspiro. Sé por dónde va.
Chase puede parecer superficial, arrogante y un capullo egocéntrico —según nueve de las once chicas que he visto salir de su dormitorio tras una despedida poco romántica (portazo, dedo corazón, taconeo vengativo, nuevo portazo)—, pero no es idiota. Ni de lejos.
¿No me he hecho yo mismo esas mismas preguntas? Estoy caminando sobre una cuerda floja sin red, y lo peor es que no voy solo. Estoy arrastrando a otros conmigo: Hada, Chase, Beth… hasta Molly.
¿Y para qué?
Chase tiene razón. Me he metido en un avispero. Puede que incluso esté ayudando, sin querer, a Evelyn Crowe, metiéndole presión a Thomas Brown justo cuando más necesita blindarse. Debo andarme con cuidado. Un paso en falso y adiós.
—Daños colaterales, supongo —murmuro. Me doy cuenta de que intento convencerme más a mí que a él.
—Sí. Para ti.
Trago saliva al oír la réplica.
—Puede que encubrieran un crimen —digo, aferrándome a la idea.
—¿Los Brown?
—Sí.
—¿Ahora hablamos de Ursula Brown?
—Sí. Creo que alguien la mató. Puede que Joshua. Puede que Thomas. Aún no lo sé.
Chase bebe un sorbo de café y frunce el gesto. No sé si es por lo que he dicho o por la calidad del brebaje. O ambas cosas.
—No me jodas, Toni. ¿Te estás jugando el pellejo por un caso de hace veinte años? ¿Ursula te aparece en sueños para reclamar justicia, o algo así?
—No seas payaso. Joshua estaba allí ese día. La muerte de Ursula podría ser la clave para saber quién lo mató.
Chase no responde. Me quedo mirándolo, tratando de descifrar qué se esconde tras esos ojos pardos, con reflejos cálidos por la luz indirecta de la lámpara.
—Cualquiera diría que estás asustado —suelto, preparando el terreno.
—Estoy siendo pragmático.
—¿Pragmático?
—Investigar está bien. Preguntar, presionar, tocar los cojones a los peces gordos. Incluso comprar un arma. Ya sabes lo que pienso. No soy de los que se acobardan; creo que es algo que valoras en mí. Pero esto… es cruzar algunas líneas. Y ya empieza a oler a quemado.
Se lleva la taza de café a los labios y echa el cuello hacia atrás. Ni café queda ya.
—He vuelto a la galería de Wendy Turner —dice.
Levanto la mirada.
—¿Y?
—Seguía cerrada. Así que le pedí a Hada que me consiguiera su dirección.
—¿Sin insultos esta vez?
—Se ha hecho lo que se ha podido —sonríe—. El caso es que fui a verla.
—Y por tu cara, no hubo suerte.
—No del todo. Pero conocí a su vecina. Se llama Tina. Muy mona.
—¿Te la tiraste?
—Por favor, Toni. Estaba trabajando. —Se sacude una miga de la camiseta.
Lo miro de reojo.
—Eso suena peligrosamente a que sí.
—¿Quieres el chisme o no?
—Venga. ¿Qué te dijo Tina sobre Wendy?
—Que la galería está cerrada por vacaciones. Se ha ido a Costa Rica con su marido. Vuelven mañana.
Chasqueo la lengua.
—Y eso no es todo. ¿Listo para el dramón?
Frunzo el ceño y espero.
—Wendy se muere. Cáncer de páncreas. Terminal.
—Joder… Pobre mujer. Supongo que el viaje es su forma de aprovechar el tiempo antes de que se apaguen los focos.
—Sí. Tina se emocionó contándomelo. No fue bonito.
—¿Le preguntaste por Joshua?
—Sí. No le sonaba. Hasta que mencioné su papel en aquella saga de superhéroes. —Niega con la cabeza—. Nos extinguimos, colega.
Asiento. Me froto la barbilla. Le pido la dirección de Wendy y me la anota en el móvil.
Chase juega con la taza vacía. Tras unos segundos, suelta:
—Más cosas. He ido a ver a Harold Prescott.
—Vaya, hoy te estás ganando la jubilación. ¿Cómo es?
—Un capullo.
—Me encanta cuando te pierdes en detalles.
—Despacho en el Soho. Suelo de mármol, sillas de cuero, cuadros de mierda que probablemente cuesten más que nuestra oficina. Tipos trajeados caminando de un lado a otro con esa actitud de «mi tiempo vale más que tu vida».
Hace una imitación perfecta: levanta el mentón y se afloja la corbata imaginaria.
—¿Dijo algo útil?
—No. Se aferró a la confidencialidad abogado-cliente. A la defensiva. Lo que sí hizo fue mirarme con cara de «si tuviera una pala y un vertedero, ya estarías dentro».
—Y, sin embargo, algo me dice que le sacaste algo.
—Nada directo. Pero… —Ladea la cabeza y sonríe, como un mago a punto de revelar su truco—. Se le escapó una frase: «unas transferencias recurrentes de dinero». Lo dijo sin pensar, como si hablara solo.
Nos miramos en silencio. Ambos sabemos lo que eso significa.
—Joshua lo llamó hasta nueve veces antes de morir —recuerdo—. Incluso recibió una carta pidiéndole que lo dejara en paz o tomaría medidas legales.
—Lo cual es irónico, porque Miller ya estaba bastante jodido como para preocuparse por demandas.
—A menos que estuviera desesperado. O que Prescott protegiera a su verdadero cliente.
Chase levanta un dedo.
—Espera. Aún hay más.
Me acomodo.
—Hace un rato he llamado al bufete de Prescott haciéndome pasar por Recursos Humanos de Brown Studios.
Parpadeo.
—¿Y ha colado?
—Por favor… El caso es que en todo momento di por hecho que Prescott trabaja con los Brown. ¿Y sabes qué?
—No te corrigieron.
—Exacto. Ni una objeción. Ni un «lo siento, señor, pero no tenemos ninguna relación con Brown Studios». Cero.
—Así que Prescott es su abogado. Sorpresa nivel cero.
—Excepto por un detalle. Me inventé una historia. Les dije que necesitaba el contrato original entre Prescott y Brown Studios. No me lo dieron, claro. Pero sí me dijeron la fecha en que se firmó. —Deja el borde de la pizza en la mesa—: Fue en 2010.
—2010… —repito. Me paso una mano por la cara y miro al vacío. El eco de la fecha flota en la habitación.
Chase juega con la servilleta. La dobla. La desdobla.
—Dime que no es coincidencia —dice.
—Ojalá pudiera.
2010. El año en que Anne Miller desapareció.
Hemos asumido que Miller chantajeaba a Brown. Que le pagaban por su silencio sobre la misteriosa muerte de Ursula Brown.
Pero eso fue antes de 2010.
Intento incorporar esta nueva información a mi base de datos.
Levanto la vista. Chase también lo hace. Veo en su cara que está llegando a la misma conclusión.
—Si los Brown no pagaban a Miller… —empiezo.
—¿A quién estaban pagando entonces? —continúa Chase.
—¿Y por qué Miller acosaba a Prescott?
Chase apoya los codos en las rodillas.
—Tal vez los Brown estaban pagando al secuestrador de Anne. Es lo único que encaja con la fecha.
—Miller lo descubre… y empieza a remover la mierda.
—Hasta que lo matan.
La lluvia comienza a golpear los cristales. Afuera, un coche pasa lento, las ruedas cortando el agua en la calzada. El mundo sigue girando.
—Tal vez —digo en voz baja—, Thomas Brown ayudó a escapar a Anne y la ha estado ayudando económicamente todos estos años.
—¿Por qué haría eso?
No tengo respuesta. Es cierto, estoy pensando en voz alta. Pero si es verdad… todo lo que creemos saber acaba de volar por los aires.