Pack Toni Galán (libros 1-3) 32
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Bajamos las escalinatas del jardín en silencio.

Reggie camina delante de mí, fumando un Marlboro como si el mundo estuviera en pausa. El humo me golpea en la cara. Me hace toser, pero no protesto. Tengo la cabeza en otra parte.

Hable con su amigo.

Las palabras de Thomas Brown siguen resonando en mi mente. Indago en la memoria, buscando algún recuerdo, alguna vez que Chase mencionara a Brown. Nada. El otro día, cuando le dije que iba a los estudios de la productora, apenas reaccionó.

Entonces, ¿cómo es que Brown lo conoce?

Solo se me ocurre una explicación lógica.

Y no me gusta.

Llegamos al coche: la misma berlina negra que me trajo hasta aquí. Reggie le da una última calada al cigarro y deja escapar el humo por la nariz como si fuera un toro a punto de embestir. Lo lanza al suelo y lo aplasta con la bota. Luego abre la puerta trasera y me hace un gesto con la cabeza.

—Adentro.

Me detengo un segundo antes de subir. Algo me hace girar la cabeza. Un reflejo, tal vez un movimiento en la segunda planta de la casa.

Una cortina acaba de correrse ligeramente.

Y tras ella, la silueta de Randy Brown.

Si estuviéramos en una película de terror, sonarían violines desafinados.

Me detengo para desafiarlo en un duelo de miradas a distancia.

Tengo la incómoda certeza de que sabe algo que yo no. Algo que no me va a gustar cuando lo descubra.

Sus labios finos se dilatan en una sonrisa malévola, acrecentando esa sensación. No es una carcajada, ni una mueca exagerada; solo esa sonrisa torcida, burlona, como la de un crío que ha hecho una travesura y sabe que no lo van a pillar.

«¿De qué coño te ríes, Randy?»

Mi mandíbula se tensa. El estómago se me cierra. Lo miro fijamente, esperando que levante la mano y salude con ese cinismo infantil que siempre lo acompaña. O que tire de clásicos y me dispare con el dedo.

No hace nada de eso.

Solo deja caer la cortina.

Desaparece, dejando esa sonrisa suya, despectiva y ridícula, flotando en mis retinas como una mancha de tinta venenosa.

Chasquean los dedos a mi lado.

—¿Vas a subir o necesitas una invitación especial?

Respiro hondo. Aparto la vista de la ventana y me meto en el coche. La puerta se cierra con un golpe seco.

El viaje de vuelta es un borrón.

La cabeza me arde con una cólera ascendente.

Con esas ganas —ya las conozco, llevo años reconociendo mis propios síntomas— de estamparle la sonrisa a Randy contra la fachada de su casita de muñecas.

Me dura hasta que dejamos atrás la finca.

Entonces, superado el momento de crisis, saco un blíster del bolsillo y me trago una aspirina en seco.

El sabor amargo se me queda pegado a la lengua.

Las sienes laten. El pecho pesa. Y la mente no deja de correr.

Joshua Miller. Ursula Brown. Anne Miller.

Thomas jura que es inocente. Que la historia es simple: su mujer se quitó la vida, Joshua estaba allí y se volvió un incordio. Fin.

Pero nada en esta historia es simple.

Y luego está Randy y su puta sonrisa. Volviendo una y otra vez como una maldita canción pegadiza.

Cierro los ojos. Respiro hondo. Me obligo a concentrarme en la vibración del motor, dejando que el zumbido me vacíe un poco.

Seguiré pensando durante todo el trayecto, recostado en el asiento, con la mirada clavada en el techo. Y más tarde, en casa, cuando camine en círculos por mi dormitorio, deteniéndome una y otra vez frente a la ventana, contemplando la calle como si fuera un paisaje postapocalíptico.

Cuando llegamos a Manhattan, Reggie desactiva el cierre automático y gira un poco el cuerpo hacia mí.

—Hora de volver a la jungla, amigo.

Salgo sin contestar. Cierro la puerta con más fuerza de la necesaria. La berlina arranca y se funde con el tráfico.

No hay ninguna multa esperándome entre el limpiaparabrisas y la luna del coche.

En Nueva York. Milagro. La prueba definitiva de que Dios existe.

Treinta minutos después, llego a casa. Subo las escaleras de dos en dos. La adrenalina sigue bombeando y, por unos segundos, silencia hasta la cojera.

Abro la puerta. Me recibe una mezcla de café y pizza fría.

Chase ya está en casa.

Es hora de que hablemos.