31 #3
Pienso en Harold Prescott, el abogado al que Joshua llamó repetidamente antes de morir. Casi puedo ver cómo la pieza empieza a encajar.
—Y lo sobornó —concluyo.
Brown suelta una risa sin humor.
—Lo intentamos. Es lo que hacemos los Brown desde la época de mi padre. Usamos el dinero para callar bocas. Para controlar la narrativa. Para que las cosas se cuenten como queremos que se cuenten.
Se reclina en la silla y suelta el aire despacio.
—Verá, el suicidio de una esposa no es solo una tragedia puntual.
Es una marca que te acompaña de por vida.
—Calla un momento y me mira con una sonrisa torcida—.
Nadie da segundas oportunidades al tipo al que su mujer dejó atrás.
Teníamos que vender la historia de que Ursula murió accidentalmente.
Pero Joshua estaba allí. Lo vio todo. Hacerle guardar silencio se convirtió en nuestra prioridad.
La historia encaja. Demasiado bien, quizás.
—¿Cuánto le pagaste?
Niega con la cabeza antes de que termine la frase.
—Joshua no aceptó dinero.
No me lo creo.
—¿Qué quería entonces?
—Nada. Ese cabrón era demasiado testarudo para aceptar cualquier cosa de mí.
Lo miro fijamente, intentando encontrar fisuras en su discurso. Pero si las hay, no sé verlas. O es un mentiroso de élite, o esta vez está diciendo la verdad.
—Y aun así, confiaste en que callaría.
—No me quedó otra —dice, encogiéndose de hombros con una naturalidad demasiado ensayada.
—Sí que le quedó. Pudo haberlo amenazado… o eliminado.
Brown mantiene la mirada. Ni un solo músculo de su cara se mueve.
—¿Vuelve a acusarme de matarlo?
Sonrío, pero sin ganas.
—Me cuesta mucho no hacerlo.
Suspira y se echa hacia atrás.
—Piense lo que quiera —dice, girando la lata entre los dedos antes de dejarla sobre la mesa—. Al final, es su palabra contra la mía.
Lo dice como si ya supiera cómo termina esta historia.
—Entonces, ¿por qué tanto esfuerzo en ocultar el informe de prensa? ¿Por qué tanto movimiento en los medios si no hay nada que esconder?
Guarda silencio unos segundos, como si considerara qué versión de la verdad quiere venderme. Luego cruza las piernas con calma estudiada, se inclina hacia adelante y baja la voz.
—Ser productor no es fácil, Toni. Esto no es una película. Es una jungla. Cada día hay que luchar por mantenerse a flote en un océano lleno de tiburones.
No menciona nombres, pero ambos sabemos que habla de Evelyn Crowe.
—Por eso uno se vuelve frío. Toma decisiones que otros no entienden. No tengo tiempo para sentimentalismos. Que un detective privado empiece a hurgar en mi familia me toca los cojones. Especialmente ahora.
Me sostiene la mirada. Ni un parpadeo. Ni una gota de duda. Solo deja que sus palabras cuelguen en el aire, como un cuchillo esperando a ser empuñado.
—Sé que no le caigo bien —añade—. Normal. Han matado a un hombre y yo solo pienso en proteger mi nombre. Así es este negocio.
No respondo, pero él percibe mi juicio no expresado y concluye:
—Mi único objetivo es mantener mi nombre y el de mi empresa fuera de esto. ¿Queda claro?
—Me temo que eso es imposible.
Ladea la cabeza, como si realmente le costara entender.
—¿Por qué?
—Porque la policía ya investiga. Y si yo llegué hasta usted, ellos también lo harán.
Exhala por la nariz, casi divertido, como si la idea le pareciera un mal chiste.
—No veo por qué. No he hecho nada.
—Yo llegué a usted porque Miller lo llamó. Eso es suficiente. Seguirán los mismos pasos, harán las mismas preguntas y vendrán aquí.
—No sería la primera vez. No me preocupa. No tengo nada que ocultar.
—Tal vez. Pero el rumor llegará a la prensa. Su nombre acabará en los titulares. Es cuestión de tiempo.
Algo parecido al cinismo cruza su mirada.
—No se preocupe por la prensa.
Pienso en Gary Webber, en Higgins, en el poder que han tenido los Brown durante décadas.
Tal vez tenga razón.
Es el momento de negociar, observar el tablero y tratar de decidir cuál será la apuesta ganadora.
El problema es que enfrente tengo a un tiburón de Wall Street con traje de gimnasio.
—¿Y qué pasa conmigo?
Brown frunce el ceño, aunque apuesto a que sabe por dónde voy.
—¿Qué pasa con usted?
—Tengo información. ¿No le preocupa lo que pueda hacer con ella?
Titubea un segundo y luego me dedica una sonrisa paternalista que termina en un suspiro.
—Solo le pido que sea justo.
—¿Qué quiere decir?
—Que no tiene pruebas. —Deja un silencio para que haga efecto—. Y si dice que no trabaja para Crowe, entonces no tiene motivos para joderme. Hacerlo solo la beneficiaría a ella, a la mujer que lo despidió.
Toca una fibra. Lo sabe. Un juego sucio que, sin embargo, funciona muy bien.
—Pero sigo queriendo saber la verdad sobre los Miller.
Entrelaza los dedos detrás de la cabeza.
—Bien. Hágalo. No me opondré.
—El problema es que Sarah Campbell, mi clienta, es sospechosa del asesinato. Si la arrestan, tendré que defenderla. —Lo desafío con la mirada—. Eso incluye ofrecer cualquier información que los haga mirar en otra dirección.
Brown sonríe. Ya me ha captado. Un tipo listo.
—Eso me incluye a mí.
Me encojo de hombros.
—No tendría alternativa. Compréndalo: no es personal, solo negocios.
Estoy tentado de guiñarle un ojo, pero no se me da bien.
Brown me estudia. Ahora estamos negociando de verdad.
—¿Me está amenazando, Toni? ¿Usted… a mí?
Suena como si hablara con una mosca que se le ha posado en el café. Me hace sentir minúsculo.
—Crowe no es la única con aliados peligrosos —dice—. Para sobrevivir en este mundo, uno debe relacionarse con ambientes poco… elegantes. ¿Me explico?
Siento un escalofrío. Lo disimulo como puedo.
—Sí. Me voy acostumbrando a las amenazas.
—No parece asustado.
—Tengo una enfermedad crónica e incurable. Eso sí que da miedo. El resto… son juegos de niños en comparación.
Mentira. Estoy acojonado. Pero mostrar miedo en mitad de una negociación es el primer paso para acabar con una bala en la cabeza.
—Aun así, como ha dicho, no tengo nada contra usted. Así que… lleguemos a un acuerdo.
—Hable. ¿Qué quiere?
—Primero: respuestas sinceras. Yo guardo silencio.
Pienso en la promesa que le hice a Molly sobre contarle todo lo que descubro y me pregunto si no entrará en conflicto con el trato que le estoy ofreciendo a Brown.
—No estoy aquí para avergonzarlo ni desprestigiarlo. No me importa su película. Solo quiero la verdad.
—Bien —gruñe—. ¿Y luego?
—Tiene contactos. Lo sé. Si Sarah Campbell no acaba esposada, yo no suelto nada.
Brown apoya los codos en la mesa, hace cálculos mentales. Luego asiente.
—Haré lo que esté en mi mano. Pero esto no sale de aquí.
—Mientras ella siga libre, no habrá problemas.
Suelta una leve carcajada, se pasa la mano por la cara, como si estuviera quitándose el peso del mundo de encima.
—No se hable más.
Me tiende la mano. Dudo, pero la estrecho.
—Aún hay algo que no entiendo —dice, más relajado, jugueteando con la servilleta—. Sarah lo contrató para encontrar a Joshua. Pero está muerto.
—Ahora quiere que encuentre a su asesino.
—Comprensible. También entiendo que sospeche de mí. Es normal. Cada uno juega su papel.
Me mira con más intensidad.
—Pero hay algo que no cuadra, Toni.
—Dígame.
Brown deposita la lata vacía sobre la mesa. Se toma su tiempo.
—Cuando el otro día vino a los estudios, preguntó por Anne Miller. ¿Por qué?
—¿Por qué le importa tanto eso?
—No me importa —dice, encogiéndose de hombros. Pero su tono suena demasiado ensayado—. Solo me resulta curioso. Joshua me llamó para pedirme explicaciones. Luego usted sacó el tema. No entiendo qué tiene que ver conmigo. Se supone que nadie sabe nada de ella desde hace años.
—¿Está seguro de eso?
Brown deja de mover la servilleta. Su mirada se endurece. Lucha por mantener la compostura, pero mis palabras alteran su respiración. Su piel ha perdido parte de su color. El hombre es un perro viejo, muy hábil en lo suyo, pero ahora no tengo la menor duda: esconde algo.
—¿Está insinuando que sí ha sabido de ella?
Tomo un sorbo y me tomo mi tiempo. Pienso en las consecuencias.
Si Beth decía la verdad y Anne se esconde… ¿por qué no ha vuelto tras la muerte de su padre? ¿De quién se esconde realmente? ¿De Brown? ¿De Sarah?
¿Cómo reaccionarían si se enteran de que ella sigue viva? Tal vez intentarían buscarla y silenciarla.
¿Y si Brown no sabe nada?
¿Y si sí?
Son solo suposiciones sin peso.
Demasiadas preguntas.
—Creo que ya he hablado más de la cuenta —digo, mirando mi reloj—. Si no le importa, me gustaría volver a la ciudad.
Nos levantamos. La reunión ha terminado. Soy consciente de que no me ha dicho todo lo que sabe, pero no esperaba que lo hiciera. Me voy de aquí con vida y con información nueva, que es más de lo que esperaba. Aun así, no tengo claro quién ha salido beneficiado con el trato.
—Tengo una rueda de prensa en un par de horas —dice mientras me acompaña hacia la entrada—. De esas en las que uno debe parecer más humano que tiburón.
—No se preocupe. Conozco la salida.
—Le diré a Reggie que le acompañe.
—No hace falta.
Pero el nombre de ese cowboy calvo me activa una alarma. Me detengo. Brown ya se ha dado la vuelta.
—¿Conoce a Chase Donovan?
Se gira. Sonríe con diplomacia. No me gusta esa sonrisa.
—¿Es amigo suyo?
—Sabe que sí.
—¿Le ha hablado él de mí?
—No. Fue Reggie. Me dijo que le preguntara a usted.
Y justo entonces, como si lo hubieran invocado, Reggie aparece detrás de mí y me pone una mano en el hombro.
—Vamos, amigo. Hora de volver a casa.
Desde la distancia, Brown lanza su último dardo:
—Hable con su amigo, Toni. Quizá le dé algunas de las respuestas que busca.