Pack Toni Galán (libros 1-3) 31 #2
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—Cuando te parta la cara, sí que va a ser confidencial, gilipollas —gimotea. Suena como un niño castigado sin postre.

Niego con la cabeza y sonrío. Chase me enseñó esta técnica. También esta frase:

—Siéntate, Randy. Estamos hablando los adultos.

Se hincha como un globo. Parece un toro antes de embestir. Se prepara para soltar algo más, tal vez una hostia, pero Thomas lo corta en seco.

—Randy, ve a dar una vuelta.

Randy parpadea, atónito.

—Pero… —Boquea como si quisiera protestar, pero no encuentra las palabras—. Thomas, no puedes hablar en serio.

—He dicho que nos dejes. —No grita. Solo eleva el volumen lo justo. Y con eso basta.

Randy me lanza una última mirada cargada de odio. Le lanzo un beso desde mi silla.

—Cometes un error, Thomas —dice.

—¡Desaparece de una vez, joder!

El grito resuena seco, como una orden militar.

Randy reacciona como si le hubieran dado cuerda. Gira sobre sus talones y se marcha a zancadas, con la espalda rígida.

Thomas vuelve a mirarme. Su tono, de nuevo sereno.

—Ha sido él, ¿no? Ese tal Verdad Subversiva.

Eso me descoloca. No esperaba que Thomas lo supiera. Ni de lejos. Pero me obligo a no reaccionar. Un viejo truco: si parpadeas menos, nadie nota la sorpresa.

—Siempre fue un dolor de huevos —añade—. Por suerte, nunca lo tomaron en serio. Es un lunático.

—Entonces cuénteme usted lo que pasó.

Desvía la mirada. Se rasca el brazo. Respira hondo. Finalmente, habla:

—La muerte de mi esposa es… un tema delicado. Entienda que no me resulte fácil. Es… —duda apenas un segundo—. Un episodio doloroso.

—Lo comprendo. Pero mi trabajo es esclarecer la muerte de Miller. Y todo me lleva a usted.

El rostro se le afea.

—¿Me está acusando de asesinato?

—Dígame la verdad y dejaré de hurgar en su pasado.

Exhala, forzando una sonrisa.

—Lo están utilizando, Toni. Está cayendo en una trampa.

—¿De quién?

—De Crowe. De quien sea que le haya metido en esto.

—Explíquese.

Brown se inclina hacia mí. Su tono es grave y pausado.

—Verá, se está vendiendo la historia de que yo ordené matar a Joshua Miller. Que lo hice porque, hace años, tuvimos algún encontronazo. Es el tipo de rumor basura que Evelyn Crowe mataría por convertir en un titular. ¿Comprende ahora por qué lo hice venir? —Aprieta los labios—. Estoy preocupado.

—Estoy conteniendo las lágrimas, aunque no lo parezca.

—Vamos, no sea inmaduro. Yo trato de abrirme, de mantener una conversación seria, y usted me responde con sarcasmo.

—No es eso. Es solo que… no me creo nada de lo que dice.

—Ya veo. Cree que mi preocupación por este asunto es prueba de que tengo algo que ocultar.

Pero no es así. Lo cierto es que solo me preocupa que el asesinato de Joshua no salpique el estreno de la película.

El hecho de que sea inocente no impedirá que mi enemiga haga ver que no lo soy. ¿Lo entiende?

—Creía que en este mundillo no había enemigos, solo rivales.

Brown sonríe, pero sus ojos se encienden con algo parecido a la furia.

—Antes mencionó que alguien relacionado conmigo intentó chantajearlo.

—Sí.

—¿Quién?

Se lo piensa. En su cabeza, seguramente, los pros y los contras luchan como gladiadores. Es algo que va en la sangre; hasta en pantalón corto y tirantes parece un súper hombre de negocios. Al final, ganan los pros.

—Joshua Miller.

—¿Con qué?

En vez de contestar, da un rodeo:

—Llamó a mis oficinas, como usted sabe.

—Y usted dijo que no atendió la llamada.

—Mentí.

No me sorprende.

—Entonces dígame la verdad ahora.

Brown se pasa una mano por la nuca y se rasca con violencia.

—Hablé con él. Joshua quería saber qué había hecho con su hija, Anne. Me acusó de habérmela llevado.

—¿Usted? ¿A su hija pequeña?

—Sí.

—¿Y lo hizo?

—¡No! ¡Por supuesto que no! —Se frota la cara con las dos manos. Es obvio que el tema lo incomoda—. Luego llega usted preguntando también por esa chiquilla… ¿Qué tengo yo que ver con ella? Entienda que esté algo desorientado con todo esto.

Lo primero que pienso es que, si lo hubiera hecho, jamás lo admitiría.

Pero enseguida empiezo a preguntarme otras cosas.

Joshua estaba desesperado por dinero. Hacía poco que Crowe lo había contratado y ambos odiaban a Brown casi con la misma intensidad.

¿Podría Joshua haber estado trabajando para ella, en su contra?

Es algo que tengo que investigar más a fondo.

—Quizá tenía miedo —digo, casi sin pensarlo.

Brown alza la vista.

—¿Quién?

—Joshua.

No responde al instante. Bebe un sorbo de agua y lo deja reposar en su boca antes de tragar.

—¿Miedo de quién?

Lo miro a los ojos.

—De usted.

Se queda petrificado.

—¿Por qué iba a tener Joshua miedo de mí?

—Dígamelo usted, Thomas.

—No tengo ni idea.

Asiento.

—Su esposa murió de una sobredosis hace veinte años, ¿no? —pregunto, midiendo sus reacciones.

Esboza una mueca de dolor. Podría ser real, pero también podría no serlo.

—Sí —dice, al fin.

—¿Y qué hacía Joshua Miller en su casa aquella mañana?

Brown me mira, sin parpadear, y aprieta su lata con más fuerza.

—No lo sé.

—¿Seguro que fue una sobredosis, Thomas?

Tensa la mandíbula. Se lleva la lata a los labios, bebe un sorbo corto y la deja en la mesa con excesiva lentitud.

—¿Insinúa que yo…? —Se interrumpe, niega con la cabeza y suspira—. No me haga perder el tiempo.

—Estoy insinuando que, quizá, Joshua vio algo que no debía. Algo que usted prefería mantener en secreto. Y creo que desde entonces, ustedes dos han estado atados por ese secreto. Hasta que, por algún motivo, ese pacto se rompió.

Brown aprieta los puños y se pone de pie de golpe, haciendo tambalear la silla.

Por un momento, creo que va a golpearme. Pero, a diferencia de su hermano, Thomas sí impone. Pienso en la kettlebell, en el saco de boxeo. Trago saliva y me esfuerzo por no cerrar los ojos ante el inminente ataque. Me mantengo imperturbable.

—Usted no sabe nada —dice entre dientes.

—Entonces cuéntemelo.

Su pecho sube y baja con fuerza. Respira hondo y se obliga a calmarse. Finalmente, vuelve a sentarse.

—Amaba a mi esposa —dice—. La quería con toda mi alma. Quiero que eso le quede claro. Nos conocimos en una fiesta. La vi bailando, vestida de negro, y… —Una paloma se posa en la mesa. Thomas la espanta con un gesto brusco, como si ahuyentara un mal recuerdo—. Y nada en mi vida volvió a ser igual.

Me mira. Sonríe. Pero la sonrisa es lejana. No en plan nostálgico, sino en plan «esto ya no importa, pero sigue doliendo».

—No esperaba una declaración de amor de un millonario sin escrúpulos, ¿eh?

Me encojo de hombros.

—El amor es irracional para todos. En su caso, parece hasta romántico.

—Oh, lo fue. —Ladea la cabeza. Por un instante, deja de ser Thomas Brown el productor—.

Estábamos enamorados. De verdad. De esos que se miran y piensan: «esto es todo, el resto del mundo sobra».

Tuvimos nuestra época dorada. Yo ascendía en la empresa, ella empezaba a despuntar como modelo.

Todo encajaba. Solo faltaba la guinda del pastel.

Traga saliva. No está acostumbrado a mostrar sus sentimientos en público.

—La noticia del embarazo fue lo mejor que me ha pasado en la vida —susurra.

Se queda mirando a lo lejos, a ninguna parte. Y ahí está. La primera grieta real en la coraza de Thomas Brown.

—El primer golpe fue el más duro. Con diferencia. —Mueve los dedos sobre la mesa, nervioso. Como si buscara un botón de «rebobinar»—. Cinco meses de embarazo. Un camión se saltó un semáforo. La embistió por un lado. Perdimos al bebé. Y su cara quedó desfigurada.

Y ahí lo veo. El verdadero punto de inflexión. No la muerte del bebé. Ni siquiera el accidente. Sino lo que vino después.

Hace una mueca. Por un momento temo que se eche a llorar. No lo hace.

—Para mí eran solo rasguños. Casi atractivos, si quiere que le sea sincero. ¿Tiene sentido?

No sé qué decir. Asiento. Pero él ni siquiera me mira.

—Ella no lo veía así. —Su mirada se pierde entre los árboles—. Perdió el trabajo. Dejó de salir. Se dejó caer. Al principio lo entendí. ¿Quién no estaría destrozado? Pero después… después fue un descenso sin frenos.

Se frota la cara. Suelta el aire con fuerza, como si intentara deshacerse de algo pegajoso en su interior.

—Intenté ayudarla. Le busqué médicos, terapias, medicación… nada funcionaba. La mente es jodida. Puede llevarte a la cima o destruirte.

—Lo sé —digo sin pensar.

Y lo sé.

No por un accidente. Ni por perder un hijo. Pero sí por sentir que tu propia mente te está ahogando y no puedes hacer nada para impedirlo.

Al principio crees que puedes gestionarlo. Que solo necesitas entenderlo. Buscar el porqué. Buscar a quién culpar. Pero al final, solo queda el silencio. Solo queda esa voz que te dice que ya no eres el de antes. Que nunca volverás a serlo.

Eso es lo que la gente no entiende. La enfermedad no siempre es física. A veces es una sombra en tu mente. Se instala en tu cabeza y la convierte en su fortaleza. Y la única forma de recuperarla es pelear contra ti mismo todos los días.

Algunos sobreviven. Otros no.

Ursula no pudo.

—Poco a poco, vi cómo se apagaba —prosigue Thomas, con la voz apenas audible—. Dejaba de ser ella. Y yo… yo no podía hacer nada. Empeoraba. Su familia, sus amigas, todos desaparecieron. No sabían cómo tratarla. Y ella tampoco sabía cómo lidiar con ellas.

Se sumerge en el recuerdo.

—A veces se ponía tan mal que fingíamos que nos íbamos de viaje. Hacíamos las maletas, desconectábamos el teléfono… y nos encerrábamos en casa. Como si el mundo no existiera.

Me lo imagino. Las cortinas cerradas. El silencio. La presión en el pecho. La sensación de que cada segundo pesa más que el anterior.

Pasa la mano por la mesa, como si al hacerlo pudiera barrer los recuerdos.

—La mujer de la que me enamoré… se fue apagando. Dejó de sonreír. De levantarse. De hablar. Y un día… ya no quedó nada.

No lo dice, pero lo dice.

—Se quitó la vida —susurro.

Él asiente. Silencio. No me aparta la mirada, como si quisiera que viera el dolor detrás de sus palabras. Una ráfaga de viento agita su escaso cabello.

—Y Joshua encontró su cuerpo —añado.

Otro leve gesto con la cabeza.