31
El trayecto se alarga más de lo que esperaba. Salimos de Manhattan y nos adentramos en zonas tranquilas, con menos tráfico y más vegetación.
El tipo que me ha metido en este coche contra mi voluntad no ha vuelto a abrir la boca. En su meñique brilla un anillo de oro tan chabacano como desproporcionado. No para de darle vueltas, como si fuera un amuleto o un detonador.
El silencio en el interior es espeso. Solo se oye el zumbido eléctrico del motor.
Lo observo por el retrovisor: espalda recta, mirada fija en la carretera, movimientos precisos.
Demasiado controlado. Tiene ese aire de veterano, como los que conocí durante la documentación de una novela bélica que escribí hace algunos años.
Tipos que habían vuelto del frente, pero que aún cruzaban cada esquina esperando una emboscada.
No era algo consciente, simplemente se quedaba grabado en los huesos.
Este encaja en ese perfil. Disciplinado. Atento. Peligroso. Algo me dice que su currículum tiene páginas clasificadas.
Agradezco la nula conversación. Mi mente está dividida entre dos cuestiones:
Uno: ¿qué demonios quiere Brown de mí?
Dos: ¿a qué se refería el hombre cuando mencionó a Chase?
Pregúntale por Thomas Brown. Y por mí.
¿Está Chase ocultándome algo?
El coche se desvía por un camino privado que serpentea entre árboles centenarios. La carretera es estrecha y sinuosa, como si la propia geografía quisiera filtrar a los indeseables. No sé si sentirme halagado o preocupado.
No veo la mansión hasta que la tenemos encima.
Enclavada en las Catskills, combina lo clásico con lo moderno: ladrillo claro, contraventanas negras y tejado de pizarra.
Tiene ese aire gótico de casa encantada…
pero sin el polvo. Ni rastro de abandono.
Cada piedra, cada arbusto, cada hoja parece colocada por un diseñador con TOC.
El césped tiene ese verde irreal que solo consiguen las aplicaciones de edición de fotos.
Es el tipo de casa pensada para ser admirada, pero nunca invadida.
El coche se detiene ante la entrada principal. Él baja primero y me hace un gesto con la cabeza.
—Por aquí.
Obviamente, no usamos la puerta principal. Eso sería demasiado cortés.
Bordeamos la casa por unas escalinatas que conectan distintos niveles del terreno. El jardín es minimalista: nada de fuentes barrocas ni esculturas ridículas. Solo líneas limpias, vegetación recortada al milímetro y ese lujo que no necesita alzar la voz para hacerse notar.
La vista es impresionante. El valle se extiende hasta el horizonte, con la ciudad reducida a un espejismo en la distancia.
Un refugio diseñado para que el mundo real no moleste.
Al final del sendero, nos detenemos frente a una estructura moderna adosada a la casa. Muros de piedra oscura y ventanales cubiertos de enredaderas le dan un aire de invernadero de diseño… hasta que cruzamos la puerta de cristal.
El olor rancio a caucho, metal y sudor despeja cualquier duda: es un gimnasio. Y no uno cualquiera.
Bancos de última generación, una pared llena de kettlebells ordenadas por tamaño, un saco de boxeo en una esquina y una sauna de cristal al fondo. De los altavoces suena Depeche Mode. Vibran la tarima y mis entrañas.
Y en el centro, como un rey en su castillo, está Thomas Brown.
Camiseta de tirantes, pantalones cortos, el cuerpo empapado.
Balancea una kettlebell de veinticuatro kilos como si fuera una taza de café.
Su movimiento es lento y controlado. El sudor brilla en su frente y su respiración es profunda.
Me fijo en sus muslos tonificados, en las venas marcadas de sus bíceps, y pienso que, a su edad, se mantiene en una forma envidiable.
No es solo genética; es disciplina, horas de entrenamiento y, probablemente, una farmacia entera de suplementos.
Oigo la respiración fatigada de su hermano antes de verlo.
Randy está dándolo todo en una cinta de correr al fondo.
Viste pantalones blancos demasiado ajustados y una camiseta a juego.
Al verlo, pienso en un tenista de los setenta tras una mala noche.
A pesar de la cinta en la frente, su cara está empapada en sudor.
Las mejillas, rojas. Parece a punto de desfallecer.
Verlos juntos no ayuda a entender que son hermanos. Thomas es relajado y enfocado; Randy, tenso y sofocado… casi estreñido.
Randy se detiene al verme, pero Brown no. Termina sus repeticiones, deja la pesa, agarra un batido y lo bebe como si fuera el elixir de la eterna juventud. Probablemente es un cóctel de proteínas, aminoácidos y sustancias que harían arquear una ceja a cualquier médico con alma.
Sin dejar de beber, pulsa un botón en su móvil. La música baja hasta convertirse en un murmullo.
—Déjanos, Reggie —dice, sin mirarme siquiera.
Así que el matón tiene nombre. Y Brown lo ha enviado para intimidarme. Es hora de demostrar que no ha surtido efecto.
—Gracias por el paseo, Reggie —le digo—. Ya te llamaré para tomar un helado. O lo que surja.
Reggie me lanza una última mirada antes de salir. Su forma de andar me dice que no se irá lejos.
Thomas se seca con una toalla y me dedica una sonrisa que no sé si es cordial o clínica.
—Es un placer volver a verlo, Toni —dice.
—Siempre lo es —respondo.
—Disculpe por recibirlo así. Estaba terminando mi rutina diaria. Ya sabe: el éxito se cultiva día a día, repetición a repetición. Es cuestión de actitud y de hábitos saludables.
Reprimo un bufido. Habla como un gurú de autoayuda, de esos que se graban en jacuzzis. Y lo hace como si su hermano no existiera.
—Claro que sí. Yo cultivo el hábito de no hacer nada hasta las diez de la mañana.
Thomas sonríe, como si entendiera la broma. Randy me lanza una mirada sibilina.
—¿Le importa si hablamos afuera? —sugiere el mayor.
—Como quiera. Pero luego, ¿me deja darle un par de derechazos a su saco?
Esta vez no consigue sonreír. Se acerca a una neverita instalada sobre una mesa, saca una lata y me la lanza. Luego abre otras dos para él y su hermano. Miro la mía: bebida energética sin azúcar, sabor a piña. Pasable.
Salimos al jardín. Randy camina siempre un paso por detrás, como un asistente torpe. La brisa mueve las hojas con parsimonia. Se oye el canto de los pájaros. Todo es engañosamente pacífico.
Thomas señala una mesita de aperitivos bajo una amplia sombrilla. Nos sentamos los tres.
—Están siendo unos días de locos —dice Thomas con un suspiro cansado, aunque satisfecho—. Es lo normal antes de un estreno. Pero esta vez, con todo lo que hemos invertido, todo se amplifica.
—Estoy ansioso por verla —digo. Una ironía que quedará en el olvido.
—Contará con un pase para el preestreno.
Asiento en silencio. Thomas capta la indirecta. Se da una palmada en el muslo. Suena como una pechuga de pollo al caer sobre una tabla de cortar.
—No le haré perder más tiempo —dice—. Me he enterado de la muerte de Joshua. Lo lamento.
Sonrío.
—No cuela. No lo siente. No necesita disimular conmigo.
—Piense lo que quiera. Ahora que ha aparecido, ¿en qué posición queda usted?
—¿Para eso me ha arrastrado hasta su castillo? ¿Para asegurarse de que estoy fuera del tablero?
—No se ponga a la defensiva. No es eso. Su visita del otro día me dejó… pensativo. Eso es todo.
Mantengo una expresión neutra y me limito a emitir un gemido ambiguo que lo invita a seguir hablando.
—¿Qué buscaba realmente, Toni?
—Solo algunas respuestas.
—Perdone, no lo entiendo.
—¿Qué no entiende?
—¿Por qué preguntó por la hija pequeña de Miller?
—¿Y a usted qué le importa? Al fin y al cabo, dijo que no sabía quién era, ¿no?
Thomas sonríe, una sonrisa que refleja que ambos sabemos que no es tan sencillo.
—No soy su enemigo, Toni. Créame. Pero necesito saber que sus motivos son sinceros. —Suspira, como si estuviera harto de todo—. Me juego mucho con el estreno de la película. Y tengo muchos enemigos esperando que me estrelle.
Lo observo en silencio, buscando señales en sus pupilas y en la tensión de sus dedos.
—¿Cree que trabajo para Crowe?
—Sinceramente, sí. —Se reclina y junta las manos sobre su rodilla—.
Vino a mis oficinas como un toro en una cristalería.
Me hizo preguntas indiscretas sobre mi vida personal.
Pagó a una periodista para robar un informe sobre la muerte de mi esposa.
Está relacionado con un tipo que intentó chantajearme.
Y, por si fuera poco, trabajó para Crowe hasta hace unos meses.
Levanto las cejas.
—Sí. Y me despidió. Con gran estilo, además. Juré no volver a tratar con esa mujer. No soy precisamente su fan número uno.
—Quizá. Pero si estuviese en mi lugar… ¿no sospecharía?
—Volvamos un momento atrás. Yo no pagué a nadie para robar ningún informe.
—Molly Dickinson. ¿Niega haberse reunido con ella?
Me acomodo en la silla; la estructura de hierro se me clava en las nalgas.
—No, pero ella no robó nada. Solo accedió a un archivo del histórico del periódico donde trabajaba. ¿Por qué le preocupa tanto?
—Ese archivo habla sobre la muerte de mi esposa. ¿Qué interés tiene usted en eso? Se supone que investiga el asesinato de Miller.
—Curioso, ¿no cree? Cuanto más investigo la muerte de Miller, más veces aparece la de su esposa. ¿Por qué cree que es?
Thomas aprieta la mandíbula y Randy se pone rojo como una langosta.
—Porque eres un puto idiota —salta Randy.
Ridiculizarlo ahora sería sencillo, pero no merece la pena. Ni siquiera lo miro.
—Está perdiendo el tiempo —interviene Thomas—. La muerte de Ursula no tiene ninguna relación con Joshua Miller.
Es el momento de mostrar una carta.
—Sé que Joshua estuvo en su casa el día que su esposa falleció.
Thomas se queda congelado. Solo un parpadeo lo traiciona.
—¿Quién le ha dicho eso? —La voz, aún pausada, ahora tiene filo.
Me tomo un segundo antes de responder. Le doy un sorbo a la lata, artificialmente dulce. Finjo que lo pienso.
—Digamos que es confidencial. Pero tranquilo, no traicionaré a mi fuente. Al menos, no todavía.
Randy da un puñetazo a la mesa, salta de la silla y se planta frente a mí con el puño aún apretado.