30
La siguiente sorpresa me la llevo justo al salir del bar.
Un hombre fuma junto a la puerta, con la cabeza gacha y la espalda apoyada en la pared.
Cowboy urbano de manual: bota derecha clavada en los ladrillos, chupa de cuero y un aura de «me importa una mierda todo».
No reparo en él hasta que se planta delante de mí.
Se quita el sombrero despacio y me regala una sonrisa torcida.
Ahí caigo.
El calvo de Brown Studios.
Me ha seguido. El perseguidor del perseguidor ha sido… perseguido. La pregunta es: ¿cómo sabía que estaba aquí?
Alguien le ha dado el soplo.
Mi cerebro sopesa un nombre. Molly.
Lo descarto enseguida. No. Molly no.
Ahora que lo tengo frente a frente, veo lo que antes no vi. No es un simple gorila. La primera vez lo clasifiqué como matón de saldo, un tipo que nunca superó el instituto y sigue golpeando taquillas en su cabeza. Pura fachada. Pero no. Lo subestimé. Craso error.
Agarro la muleta con fuerza. Pero este no es Webber. Este no tiene miedo. Ni pizca.
Una versión siniestra y envejecida de Edward Norton en American History X . Me pregunto si, además del tigre en el cuello, también lleva una esvástica tatuada en el pecho. Siento que el estómago se me aprieta.
—¿Qué puedo hacer por ti? —pregunto.
Si se ha ofendido por la burla, no lo demuestra. Sonríe más. Dientes torcidos, amarillos. Un asco absoluto.
Una navaja aparece en su mano como por arte de magia. Movimiento limpio, fluido. El filo me apunta al abdomen. Cerca. Muy cerca. Suficiente para que lo entienda, discreto para que nadie más lo vea.
Levanto la mano libre por instinto.
—Acompáñame —dice. Su voz es sorprendentemente grave para su tamaño, como si le saliera del fondo de un barril.
Sigue su gesto con la barbilla. Un sedán negro espera frente a nosotros. Lunas tintadas. Carrocería impecable.
—¿Pretendes que me meta ahí?
Asiente. Le falta la paja entre los dientes para completar la escena.
—Thomas Brown quiere verte.
Alzo una ceja.
—Podría haber llamado a mi oficina —respondo—. Como hace todo hijo de vecino.
—Él no hace las cosas como el resto.
Si eso no ha sido una amenaza, desde luego ha parecido una. Aunque, después de lo de la navaja, ese asunto ha quedado bastante claro.
Accedo y subo al coche.
El interior huele a cuero caro y dinero sucio. Más amplio de lo que parece. Este tipo de tanques solo los usan los políticos, los mafiosos o los millonarios paranoicos.
Arranca y salimos como un rayo. Cruzamos Manhattan en diagonal. En menos de quince minutos, entramos en el túnel Lincoln.
«No vamos a los estudios», deduzco con cierta inquietud.
Pienso en mi coche. Mi pobre Volkswagen está medio subido a la acera. Tendré que recogerlo del depósito si salgo vivo de esta.
Miro al retrovisor. Busco los ojos del matón.
—No sabes a lo que te enfrentas —dice.
—Últimamente no dejo de oír esa frase. Empieza a perder el efecto.
Sonríe. Una línea torcida que da más miedo que la navaja.
—Es posible. Pero hasta ahora no te la había dicho yo.
Tuerzo la boca.
—Considérame asustado.
—Tienes una lengua muy osada, escritor. Algún día, alguien te la cortará y te la hará tragar.
—Qué ingenioso. ¿En cuál de Fast & Furious sale esa?
No parece inmutarse ante mi provocación. Su respuesta, por contra, me deja clavado al asiento:
—Te haría bien hablar con tu colega.
—¿Qué colega?
—Donovan.
Eso me hace parpadear.
—¿Chase?
Lo miro buscando respuestas, sin encontrarlas.
Pero él solo sonríe. En el retrovisor, las dos canicas que tiene por ojos se achinan hasta casi desaparecer.
—¿Qué pasa con él?
El muy cabrón sonríe.
—Pregúntale por Thomas Brown —dice, disfrutando cada sílaba—. Y por mí.
Mi pecho se acelera. Miro la puerta. Al otro lado de la ventanilla, las luces del túnel pasan como estrellas fugaces en la oscuridad. ¿Saltar del coche en marcha? Calculo la velocidad. Demasiado rápido. «No lo hagas, Toni, es una locura».
—No saltes —dice—. A esta velocidad, solo conseguirías matarte. Y si quisiera eso, te habría matado yo.
Eso debería tranquilizarme, pero no lo hace.
—¿Qué tiene que ver Chase con todo esto?
Silencio.
—Llegaremos enseguida —añade, sin despegar la mirada del parabrisas. Señala con la cabeza una botella de agua—. Bebe. Relájate.
Y, por primera vez desde que nos montamos, se vuelve. Me mira. Y sonríe otra vez.
—El mayor productor de Hollywood te espera.