Pack Toni Galán (libros 1-3) 29 #3
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Me vuelvo. El tipo que está en el umbral parece sacado de una mala serie sobre millonarios neuróticos.

Es blanco, más joven que Webber, pero tiene la misma cara de cansado.

El flequillo húmedo le cae sobre la frente.

Lleva ropa de marca, combinada con el gusto estético de un contable enloquecido: camisa de cuadros Burberry con pantalones azul eléctrico y zuecos naranjas.

—¿Quién eres tú? —pregunto.

No me hace el menor caso. Ni un vistazo. Su atención es toda para Webber.

—Solo estamos hablando, Michael —responde Webber rápidamente.

Michael. Molly lo mencionó: Michael Higgins. El que tomó el timón tras Webber en la redacción. El que la puso de patitas en la calle.

—¿Hablando de qué? —pregunta, entrecerrando los ojos.

—De cómo escribir titulares sensacionalistas sin parecer un sociópata —respondo, sin poder reprimir el deseo de meterme con un periodista—. ¿Te apuntas?

Higgins me mira con expresión dura.

—Vuelve adentro, Michael. Enseguida voy —responde Webber, con un tono que mezcla súplica y autoridad.

Higgins mira a Webber. Webber le devuelve la mirada. Son dos soldados que saben que hay minas bajo sus pies.

Higgins se esfuma sin decir nada más.

De nuevo a solas con Webber, lo acorralo con la mirada.

—La agresión a Sarah, Gary. No me iré hasta que me lo cuentes.

—¿Qué tiene que ver Sarah Campbell con Ursula?

—Eso mismo me preguntaba yo. Pero me dije: «Eh, Gary Webber debe de saberlo, ya que lo mencionó en el mismo informe de la muerte de Brown». Así que, ¿qué me dices, Gary?

—¿Te refieres al informe que Molly Dickinson ha robado del histórico?

—No lo robó. Solo lo consultó. Y está muy feo acosar a tus antiguas subordinadas, grandullón.

Lo estoy provocando a propósito. Causa el efecto deseado. Me sorprendo pensando que ojalá Molly estuviera aquí. Se sentiría orgullosa. La damisela defendida por el príncipe azul.

Webber se acerca un poco más. Demasiado. Su aliento apesta a alitas de pollo mal digeridas. Reprimo una arcada.

—Estás metiendo la nariz donde no debes —dice, en voz muy baja—. No voy a permitir que ensucies mi reputación con juegos sucios.

Es todo lo que le preocupa: su cuidada reputación.

—Ya que mencionas a Molly… es una lástima que la despidierais, porque ahora puede actuar sin miedo a vuestras represalias.

—Su mandíbula se tensa—. Pero le va bien por su cuenta, tiene muchos lectores de cierto prestigio.

¿Y sabes qué le encantaría hacer? Un gran artículo sobre la discriminación y el sexismo en las redacciones de prensa. Tu nombre podría salir en el titular.

Sé que no es posible, pero siento que su rostro palidece.

—Si tu amigo Higgins y tú le hacéis cualquier cosa a Molly —continúo—, ya sea denunciarla, amenazarla o siquiera respirar cerca de ella, te prometo que tu nombre será conocido en todo el estado.

Webber se toma su tiempo para recuperarse. Cuando habla, lo hace mostrando una sonrisa inquietante.

—Así que esas tenemos. Estamos en guerra.

—Pero eres tú quien tiene una reputación que mantener —replico con frialdad—. Yo, en cambio, ya he estado en el barro. Me he acostumbrado a estar allí.

La sonrisa de Webber se transforma en una carcajada seca y oscura que me pone los pelos de punta.

—¿De verdad hablas en serio? Los Brown son una de las familias más poderosas del país. ¿Dices que no tienes nada que perder? Si te metes con ellos, lo perderás todo.

Me encojo de hombros.

—Quizás estoy mal de la cabeza.

Me mira con desconcierto. Dentro, el bar estalla en carcajadas. Dos jarras de vidrio chocan entre sí. Alguien le grita al barman que ponga cierta canción.

Comienza a sonar Sweet Caroline .

Webber y yo seguimos mirándonos en silencio. En el bar, el coro se vuelve inevitable.

—¿Te arriesgarás a perder su admiración por mantener a salvo el secreto de un hombre poderoso? —Ahora le hablo como el hermano mayor que intenta hacer entrar en razón al menor.

Webber fija su mirada en su botellín de cerveza.

—Déjalo correr, muchacho.

—No puedo.

—Crowe es una bruja. No vale la pena. Te la jugará.

—Lo sé. Trabajé para ella en otro tiempo. Pero ahora ya no.

—Entonces, ¿para quién?

—Para Sarah Campbell —revelo—. Ella es mi cliente. Quiere saber quién mató a su marido. Y para descubrirlo, necesito aclarar algunas dudas. ¿Quién la agredió, Gary?

Él aprieta los labios hasta que se vuelven blancos. Un temblor comienza a notarse en las comisuras de su boca.

—Si sigues con esto, solo conseguirás causar daño y destrucción.

—¿Qué le pasó a Ursula Brown?

—Una sobredosis —repite, en tono neutro—. Eso es todo.

Suelto un bufido exasperado.

—No dejaré de hurgar hasta que dé con la verdad —declaro.

Webber deja la cerveza en una de las mesas, se sube los pantalones, acomoda su gorra de nuevo y empuja la puerta. El bar ruge con «¡Sweeeet Caroline…!» , y los amigos de Webber corean a voz en grito: «¡Oh, oh, ooooh…!» .

Antes de irse, Webber se gira y me lanza su última advertencia:

—En ese caso, muchacho, me temo que morirá más gente.

No hay amenaza en su voz. Solo la dolorosa certeza de lo inevitable.