29 #2
Toma su cerveza y apoya su mano en mi hombro.
Su contacto no es amistoso. Es firme, pesado, como el de alguien acostumbrado a imponer su presencia.
Me guía hacia el fondo del local, donde una puerta entreabierta conduce a un patio trasero.
Nadie nos sigue, pero mientras caminamos, soy plenamente consciente de la cojera que me imponen mis piernas a cada paso.
Al sentir las miradas de los presentes en mi espalda, cobro conciencia de todas mis limitaciones.
Evalúan, especulan. ¿Sabes ese idiota que golpea tan mal la bola de billar que sale de la mesa y va rebotando por todo el bar, armando tremendo estruendo?
Así andan mis pelotas por el suelo del local.
Pero es en esos momentos cuando más templanza hay que demostrar. «Nunca les demuestres que tienes miedo», me recuerdo. Chase me lo enseñó.
—Quita la mano —digo, alzando la muleta como advertencia—. Yo no soy como esos de la barra.
Él sonríe.
—Relájate, chico. No muerdo.
Mantiene la mano un segundo más, poniéndome a prueba. Luego la retira, lento, como si me hiciera un favor.
Me invita a pasar al patio trasero. Un rectángulo de cemento cubierto por una lona vieja y deshilachada.
Hay ceniceros rebosantes de colillas en un par de mesas de metal, una máquina de dardos y un sofá que ha visto días mejores.
El aire apesta a tabaco rancio y cerveza tibia.
Aquí, las conversaciones no quedan registradas en archivos de prensa; mueren en cuanto cruzas la puerta.
—¿Qué quieres saber? —pregunta Webber, apoyado en la pared.
Decido empezar por una pregunta inofensiva cuya respuesta podría darme mucha información.
—¿Te suena el nombre de Harold Prescott?
Se humedece los labios y se repasa el bigote con los dedos. Un tic involuntario, un microgesto de alerta.
—No me suena.
Claro que sí. Pero sabe mentir.
Paso al ataque.
—¿Qué ocurrió de verdad con Ursula Brown?
El cambio es sutil, pero está ahí. Su postura se tensa, apenas un milímetro. Aun así, responde demasiado rápido:
—Murió de una sobredosis… —Se da cuenta de que ha sonado precipitado, así que rectifica—: Me parece recordar. Fue hace mucho tiempo.
Me mira, evaluándome.
—¿Para quién has dicho que trabajas?
—No lo he dicho —respondo y decido lanzarme directo al cuello—: Gary, ¿los Brown te hicieron un único pago o lo arreglasteis a plazos?
Ahí está. Un pestañeo de más, un ligero fruncimiento del ceño, una arruga que antes no estaba en su frente.
Mark Twain dijo una vez que los niños son quienes dan la información más interesante, «porque dicen todo lo que saben y luego se callan».
Confío en que Webber aún conserve algo de esa impulsividad, que su orgullo le juegue una mala pasada.
Pero su respuesta es la de un hombre que ha aprendido a tragarse las palabras:
—¿Buscas problemas, muchacho?
—Tal vez.
Instintivamente, mi mano se aprieta en torno a la muleta como quien sostiene un bate de béisbol.
—En realidad no tengo nada contra ti —añado—. Si me dices lo que pasó de verdad con Ursula Brown, prometo mantener tu nombre fuera de esto. Pero si te empeñas en fingir que no sabes nada, tal vez prefieras que sea la policía la que llame a tu puerta.
Un farol. Las autoridades no van a entrar en un caso que ya está archivado. Pero es un farol que tiene todo el sentido del mundo si no se lo piensa demasiado.
Webber reacciona con una sonrisa muda, como una especie de espasmo.
Como dirían los Hermanos Marx, es hora de echar más madera al fuego:
—Y si crees que eso es lo peor que puede pasarte, también puedo descolgar el teléfono y llamar a algunos colegas de la prensa. De los de verdad, no de los que te ríen las gracias ahí dentro.
Señalo el interior del bar con la cabeza. No menciono a Molly, aunque apuesto a que él está pensando en ella.
—Podrían destruir tu reputación con un par de artículos explosivos. Cuando todo esto termine, tendrás suerte si esos payasos te dirigen la palabra.
Las palabras surten efecto. Webber se queda paralizado.
Su piel curtida ahora se ve más reseca, agrietada y sin brillo.
Me vienen a la mente las palabras de Molly: «Lo bastante listo para saber que no era demasiado listo».
En su momento, me pareció solo otra de sus fantochadas, pero ahora veo que dio en el clavo.
—¿Eso es una muleta? —pregunta de repente, mirando mi bastón de fibra de carbono.
La alzo un poco, como si la exhibiera.
—Así es.
—¿Rodilla jodida?
Lo pregunta sin interés real, como quien comenta el tiempo. En su cabeza, ya está procesando el siguiente movimiento.
—Esclerosis.
—¿Y qué ganas removiendo esta mierda? ¿No tienes ya bastantes problemas?
—Te lo he dicho. Soy investigador privado.
Webber suelta una risa nasal.
—Justo ahora. A semanas del estreno de Brown. Curioso.
—Me limito a cumplir con mi trabajo. —Me dan ganas de añadir un «No como otros», pero me contengo.
—Trabajas para Evelyn Crowe, ¿verdad? —pregunta.
Se me escapa una carcajada. Si estuviese bebiendo cerveza, como él, ahora me estaría saliendo por la nariz.
—Está obsesionada con Brown —añade—. Solo quiere perjudicarlo a toda costa.
—Lo siento, Gary, pero no puedes estar más perdido.
—Sea como sea, Ursula murió por sobredosis. ¿Contento?
Da un paso, intentando cerrar la conversación.
Me adelanto y le corto el paso.
—¿Se suicidó?
—Fue un accidente.
—¿Se suicidó por accidente? —Alzo una ceja.
Webber suspira y cruza los brazos. Sus bíceps se hinchan como dos globos. Parece un pavo real en pleno proceso de apareamiento.
Decido soltar mi última bomba:
—Cambiemos de tema: ¿qué puedes decirme de la agresión que sufrió Sarah Campbell unos días antes? ¿Otro accidente?
—No sé de qué me hablas.
—Claro que lo sabes, Gary.
A mi espalda, la puerta se abre. Lo noto por el cambio en el aire: un golpe de ruido y voces que se cuelan desde el bar.
—¿Algún problema, Gary?