Pack Toni Galán (libros 1-3) 29
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Colgamos.

Salgo disparado de la oficina. Sin explicaciones, ya que voy justo de tiempo. Solo le lanzo a Hada un «te lo cuento luego» y bajo al coche. Últimamente, la pobre siempre es la última en enterarse de todo, y yo el primero en marcharme.

Hoy el tráfico me sonríe, un milagro en Manhattan.

En quince minutos estoy frente a Madison Square Park.

Encuentro un lugar perfecto: doble fila, esquina del cruce, buena visibilidad del edificio de Molly y vía de escape en todas direcciones.

Ideal por si esto se pone feo. Y con mi suerte últimamente, se pondrá.

El motor ronronea mientras vigilo. Al otro lado de la calle, turistas se apiñan frente al Flatiron, disparando fotos como si el edificio fuera a evaporarse en cualquier momento. El sol resbala por sus cristales y devuelve destellos dorados. Nueva York haciendo de Nueva York.

Me obligo a no pensar en el beso de Elisabeth.

No pienso en su boca contra la mía, ni en su cuerpo sobre el mío, ni en el calor de su piel cuando me susurró al oído que me quedara.

Tampoco en cómo contuvo la respiración cuando se excitó.

No pienso en lo sexy que estaba esta mañana al despertar, ni en cómo se le humedecieron los ojos cuando habló de su padre.

No pienso en nada de eso.

Durante un instante fugaz, me sorprendo preguntándome si esto es amor. Un pensamiento estúpido que llega sin invitación y para el cual rara vez obtenemos respuesta.

Intento imaginarme saliendo con una exadicta.

Y no una cualquiera, sino la hija de la mujer que durante años fue mi fantasía juvenil.

Hoy los críos lo llaman crush , pero también se cubren las orejas con auriculares gigantes y usan pantalones que les cuelgan por debajo del culo, así que mejor lo dejamos en fantasía juvenil.

¿Morbo? Quizá. ¿Error? Seguro. ¿Desastre? Garantizado.

Me imagino a Elisabeth y a mí en un ático de Brooklyn. No dura ni dos segundos. Es ridículo.

Quien sin duda estaría estupenda en un ático de Brooklyn es Molly.

Puente de Brooklyn al fondo, whisky caro en una vitrina y libros que nunca tiene tiempo de abrir.

Y justo en ese momento, aparece. Aparca frente a su edificio, sale del coche como si nada, revisa su móvil con una naturalidad estudiada.

Entonces lo veo. Un Buick LeSabre granate. Antiguo. Demasiado elegante para su edad.

Me inclino hacia la luna para observarlo todo mejor.

Molly pasa bajo un andamio frente a su puerta y se pierde dentro. El Buick pasa frente a la casa de Molly, reduce la velocidad lo justo y luego acelera de nuevo hasta llegar al final de la calle, donde gira a la izquierda en dirección norte.

No he visto su cara. Solo un dato: es un hombre negro.

Hora de moverse.

Me meto en el tráfico y sigo al Buick por Madison Avenue, manteniendo una distancia de tres coches. Suficiente para seguirlo sin parecer un fan psicópata.

En Nueva York, cada semáforo es una emboscada y cada taxista, un peligro inminente. Incluso para alguien acostumbrado al caos de Madrid, esto es un infierno.

Dobla a la derecha antes de llegar a Grand Central y luego por Lexington. Pasamos el Citigroup Center. Ni siquiera una persecución logra evitar que piense en la novela que escribí sobre ese edificio.

¿Sientes curiosidad? Compra el libro. O búscalo en Wikipedia. No te juzgo.

Seguimos hacia el este. Naciones Unidas se alza al fondo. Por un segundo, me asalta una idea absurda: ¿Estoy siguiendo a un pez gordo de la ONU? Se me eriza la piel, pero el pensamiento desaparece cuando el Buick aparca en una estrecha calle de único sentido, en una plaza para minusválidos.

Reduzco la velocidad y observo.

El hombre que sale del coche no es un diplomático, ni un embajador, ni parece tener ninguna discapacidad.

Es un armario empotrado. Afroamericano. Lleva una camisa holgada y una gorra desgastada.

Lanza las gafas al asiento del copiloto, cierra de un portazo, se recoloca la gorra, se sube los pantalones y entra en un bar.

Llamo a Molly.

—¿Lo viste? —pregunto.

—Sí. Pasó de largo justo cuando entré. ¿Dónde estás?

—Midtown East, en un bar de mala muerte. Tu perseguidor es un hombre de mediana edad con bigote de escarcha. Está más cuadrado que un Sugus.

—¿Sugus?

—Olvídalo. El caso es que es enorme.

—Es Webber —dice Molly sin dudar.

—¿Tu exjefe?

—El mismo.

—¿Y por qué coño te sigue, Molly?

—Ni idea. Supongo que por el informe. Higgins habrá ido corriendo a contarle el cuento, como el perrito faldero que siempre ha sido.

—Esto huele a podrido. Voy a hablar con él.

—Llámame cuando acabes.

Colgamos.

Aparco mal en la esquina, con dos ruedas sobre la acera. Ilegal, pero no me importa. Cojo la muleta —nunca se sabe— y cruzo la puerta del bar.

¿La multa de aparcamiento? «Cuando lleguemos a ese río, ya hablaremos de ese puente».

La penumbra me envuelve como una manta que apesta a cerveza derramada, tabaco añejo y fritanga impregnada en las paredes.

Considerando que no son más de las once y media de la mañana, esto está bastante animado.

La testosterona parece flotar en el aire, densa, casi radiactiva.

Hay que apartarla con las manos para poder andar, como si fuera una cortina.

Estoy en un santuario para tipos duros de mandíbula floja que viven aferrados a los buenos tiempos, convencidos de que lo mejor de sus vidas ya ha quedado atrás.

Y allí está él.

Gary Webber.

Está en su trono, junto a la barra, saludando a un séquito de barrigas prominentes y camisas que han perdido la batalla contra el botón superior.

Viejos compañeros de redacción, tal vez amigos de la infancia o vecinos del barrio, que lo reciben con sonrisas amplias y palmadas en la espalda.

Ninguno parece haber sido el primero de su promoción.

Llevan la L de lameculos grabada en la frente.

Por un momento, pienso que le van a besar el anillo, como si él ya estuviese aquí mucho antes de que se levantara el edificio.

El dueño del bar, un hombretón con delantal sucio y barba espesa, deja su puesto tras la barra para saludarlo como si Marlon Brando acabara de llegar. Sonríe como un idiota cuando Webber le da un par de palmadas en la mejilla.

—¿Lo de siempre? —pregunta, ya sirviendo un botellín. La espuma se derrama por la madera.

Webber asiente.

Todo me resulta tan… patético.

Me instalo en un extremo de la barra, lo bastante cerca para observar sin parecer demasiado obvio. Hay un murmullo de voces roncas, alguna carcajada áspera y el sonido de una jarra golpeando la madera del mostrador.

No hace falta ser un genio para notar que aquí Webber no es solo un cliente más; es la cabeza del ratón, el tipo popular que, por alguna razón, ha conseguido la devoción que solo suelen recibir los exjugadores de fútbol americano o los bomberos jubilados.

Pero Webber no ha rescatado a nadie de un edificio en llamas. Solo ha escrito artículos.

¿De dónde proviene tanta admiración? ¿Cubrió alguna historia que salvó a alguien?

¿Desenmascaró a un político corrupto? Nada en su historial sugiere algo así.

Más bien, parece que, con el tiempo, ha construido su propio mito: el último periodista decente, el que contaba las verdades incómodas.

Sin embargo, en realidad, nunca dejó de jugar al mismo juego que todos los demás.

Uno de sus seguidores suelta un chiste mediocre y Webber responde con una broma aún más floja.

Las risas retumban, forzadas y demasiado ruidosas.

Todo es de cartón piedra. Lo tienen en un pedestal y él disfruta cada segundo.

Aquí aún es alguien. Este es su refugio, un lugar donde los hombres pueden beber pintas sin preocuparse por la espuma en la barba, devorar una hamburguesa sin miedo a la báscula y contar chistes fuera de tono sin temor a represalias.

Y yo he venido a estropearles la fiesta.

Uno de los parroquianos, un tipo con barriga cervecera y una camiseta que le queda dos tallas pequeña, toca el hombro de su colega y me señala con disimulo. «¿Quién es el extraño?», parece preguntar, como si yo fuera un perro callejero que se ha colado en la jauría.

Webber sigue el gesto y se gira. Su mirada se encuentra con la mía y frunce el ceño. El hecho de que no tenga una cerveza en la mano y no participe en la camaradería del bar parece desconcertarlo.

No le doy tiempo a procesarlo demasiado. Me acerco sin prisa pero con paso firme y la mirada fija en él.

—No tienes aspecto de minusválido, Gary.

Me escanea de arriba abajo con la expresión de quien descubre que un pájaro ha cagado en su parabrisas.

—¿Nos conocemos?

De cerca, se parece a esos actores secundarios de las telecomedias de los noventa.

Piel oscura y curtida como el cuero. Me mira con ojos inyectados en sangre.

Podría ser conjuntivitis o alergia, pero en este caso me inclino más por una resaca persistente.

En su muñeca brilla un Rolex de oro, un capricho para alegrar el retiro, tal vez un obsequio por tantos años de dedicación en la redacción.

Aunque ahora mismo no parece muy contento.

—Toni Galán. Investigador privado.

No me molesto en ofrecerle la mano.

Algunos sueltan risitas, como si esperaran que rematara la frase con un chiste. Pero Webber no se ríe, y eso ya me dice mucho.

—¿Qué quieres?

—Hablar contigo.

—¿De qué?

—De un viejo caso que cubriste.

La mandíbula se le tensa. Lo tengo.

—¿Cuál?

—La muerte de Ursula Brown.

Un parpadeo. Un gesto milimétrico que solo capta quien sabe mirar. Pero ahí está.

Para su propio mérito, consigue esbozar una sonrisa confiada. Se quita la gorra, se vuelve hacia los otros muchachos, se mesa el poco pelo canoso que le queda y vuelve a ponerse la gorra con gesto calculado.

—Hablemos fuera —dice. En su rostro no queda ni sombra de sonrisa.