Pack Toni Galán (libros 1-3) 28
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Llego a la oficina con la cabeza espesa, la camiseta arrugada y la sensación de que el día ya me está sacudiendo antes de empezar. Aún no he cruzado la puerta y ya oigo el tamborileo rítmico de las uñas de Hada sobre su teclado. Tic-tic-tic. Como un metrónomo pasivo-agresivo.

Me acerco. Está mirando algo en la pantalla del ordenador. Sobre la mesa hay un plato con bollos salados. Hada suele hacer ese tipo de cosas; cuidarnos sin esperar nada a cambio. No sé qué haríamos sin ella.

No me saluda. Solo gira la pantalla de su ordenador con expresión neutra.

EL ACTOR JOSHUA MILLER, ENCONTRADO MUERTO

SU MUJER, LA ACTRIZ SARAH CAMPBELL, EN EL OJO DEL HURACÁN

Así, sin vaselina. Eso es periodismo de etiqueta.

—Así que ya lo sabe todo el mundo —mascullo, frotándome la cara.

—Si te consuela, no creo que muchos piensen que lo hizo ella —dice en tono plano. Está intentando que me sienta mejor, pero no es lo suyo.

Con una mirada, le digo que se olvide de esa actitud maternalista que no le pega nada.

—Creo que ya sé por qué desapareció Miller —digo, dejándome caer en la silla como si fuera plomo.

Eso la saca de su trance. Detiene el tamborileo y me mira con una expresión que mezcla escepticismo y resignación.

—¿Voy a arrepentirme de oír esto?

—Probablemente. Pero escucha: creo que Joshua estaba haciendo más que cosquillas a los Brown.

Ella se recuesta en su silla y se cruza de brazos.

—Desarróllalo.

—Vale, pero recuerda que he empezado la frase con «creo». Es solo una hipótesis. No tengo pruebas.

—Tatúame la palabra «sorprendida», por favor.

Ignoro la puya.

—Empiezo por las llamadas. Primero, a los Brown. Con Thomas tenía una relación horrible, sí, pero… ¿y si no era él con quien quería contactar?

—¿Randy?

—O cualquier otro dentro del estudio. O alguien que supiera algo.

—¿Por qué querría hacer eso?

—No lo sé. Y puestos a preguntarnos cosas, ¿por qué querría hablar con Thomas? Dejemos eso a un lado por ahora. Pasemos a las otras llamadas.

—Las que hizo al tal Prescott, el abogado.

—Nueve llamadas en un solo día. Nueve. Eso no es «hola, ¿cómo estás?», eso es «tenemos un problema, resuélvelo ya».

—¿Qué tipo de problema?

—No lo sé. Pero recordemos que los abogados no solo defienden a culpables. También lavan dinero.

Hada suspira. Con un bolígrafo, se recoge el pelo en un moño rápido. Su ritual de concentración. Yo sigo.

—Mi teoría es que Joshua descubrió algo sucio de los Brown. Tal vez algo del pasado. Algo gordo.

—¿Como qué?

—No lo sé. Todavía estoy encajando piezas.

Piénsalo: Joshua estaba empezando a hacer ruido.

Llamó al abogado y llegó incluso a contactar con los Brown.

Ahí es cuando debió de cruzar una línea.

Incluso si no había nada anormal, a Thomas no le haría ninguna gracia que alguien estuviese agitando el avispero, reavivando viejos fantasmas y buscando trapos sucios, sobre todo justo antes del lanzamiento de su superproducción.

—¿Así que lo mató?

—No puedo asegurarlo. Pero supongamos que Joshua metió la nariz donde no debía. Y supongamos también que los Brown lo asustaron con una paliza antes de matarlo.

Hada asiente.

—La sangre en la camiseta. En el armario de su oficina. Está claro. —Hace una pausa y me mira de reojo—. Pero, Toni…

—¿Qué?

—Agitar el avispero… reavivar viejos fantasmas… buscar trapos sucios… —me imita, exagerando—. Hablas como si dieras por hecho que Joshua conocía un secreto del pasado de los Brown. ¿Por qué?

Permanezco callado por un momento. Los engranajes están en marcha de nuevo, como cuando escribía complejas tramas de ficción para los lectores. Cuando la sangre solo brotaba dentro de mi cabeza y las muertes no destrozaban la vida de nadie.

Ella me mira como si fuese a decir algo, pero después se lo piensa mejor.

—¿Toni?

—Estoy pensando.

—Sí, ya veo el humo saliendo de tu cabeza. Avisa si empieza a doler, ¿vale?

Ignoro la segunda puya de la mañana.

—Supongamos que es eso —digo—. Que Joshua se enteró de algo sobre los Brown. Algo que podría destruir a la familia y hacer saltar los cimientos de la productora por los aires.

Hada tamborilea con los dedos sobre la mesa, pensativa.

—Eso explicaría la llamada a Brown Studios —sigo mi argumentación—. Tal vez Joshua trataba de chantajearlos.

—Y también explicaría la paliza y posterior asesinato. La primera sería un aviso, tras el cual, Joshua cogió el dinero y se marchó. Quizá para esconderse, puede que para proteger a Sarah.

—Pero lo encontraron y lo mataron.

—Quizá Joshua continuó amenazando con contarlo todo.

—¿Y las nueve llamadas a Prescott?

—Ten un poco de paciencia, ¿quieres? Estoy tratando de pensar.

Me echo hacia atrás y cierro los ojos. Joshua. Pienso en Frankie. Y en Ursula Brown.

Y de repente… clic. Como si alguien encendiera una linterna en el fondo de un túnel.

—¡Lo tengo! —digo, golpeando la mesa. Hada da un respingo.

Voy a dejar que mis pensamientos broten, pero Chase entra por la puerta y me interrumpe. Lleva cara de haber dormido poco.

—Ya estoy aquí. ¿Qué me he perdido?

Hada contesta:

—Estábamos hablando de Harold Prescott y por qué Miller le llamaría nueve ve…

—Yo hablaba de la comida —la interrumpe Chase—. Pero gracias por la actualización.

Se sienta, coge un bagel de pastrami y le mete un bocado como si llevara tres días a pan y agua.

Hada pone los ojos en blanco.

Yo le lanzo un resumen exprés de la conversación, pero no paro. La idea sigue ardiendo en mi cabeza y no voy a dejarla enfriar.

—Sabemos que Miller estuvo presente en 2006, cuando Ursula Brown murió —digo—. Dos versiones independientes lo confirman: Frank y Elisabeth.

—Vale —asiente Hada.

—Ahora imaginad esto: no tuvo nada que ver con su muerte… pero vio algo. Algo que nadie quería que saliera a la luz.

—Veo por dónde vas —contesta ella—, pero sigo sin tener claro por qué estaba en casa de los Brown aquella noche.

—Eso lo averiguaremos. No perdamos el hilo.

Lo importante es el resto. Miller presencia algo.

Tiene pruebas. En aquel entonces, su carrera ya estaba tambaleándose tras el escándalo del rodaje en Venecia.

Thomas Brown le dio puerta, y la relación entre ambos era como la de la gasolina y las cerillas.

Y entonces va Joshua y… boom , descubre algo gordo.

Algo que podría hacer volar por los aires a Brown Studios.

Sin duda se moría por apretar ese botón.

La sensación de venganza puede ser muy fuerte, especialmente en un ego tan grande como el de un actor.

—Pero en lugar de soltarlo todo, se lo guarda —concluye Hada—. He buscado. No hay ningún escándalo ni nada parecido aquel año.

—Exacto. Porque Miller se lo pensó mejor.

La venganza sabría deliciosa, sí, pero recuerda que acababa de ser despedido y su reputación estaba en horas bajas después de la acusación de violación a una menor.

Necesitaba el dinero. Además, sabe que, si habla, está muerto.

Literalmente. Conoce el mundo del espectáculo y sabe cómo funcionan las cosas cuando alguien poderoso se topa con una piedra en el camino.

No puede permitirse ni la justicia ni la moral.

Comprende que la única manera de garantizar su supervivencia, y la seguridad de su familia, es negociar.

Si dice algo, los Brown lo matarán. Así de sencillo.

Si intenta pasarse de listo, como acudir a la policía o al FBI, lo matarán también. No tiene elección.

—Así que chantajea a Thomas.

—No lo llamaría chantaje, más bien supervivencia a base de comisiones.

—Y Prescott es el cartero —interviene Chase desde su rincón—. El hombre que reparte los cheques.

Asiento, dejándome llevar.

—Mantenían a Miller en silencio a cambio de una pensión encubierta.

Y todo encaja: su estatus cayendo en picado, inversiones que no van bien…

—Hablo incluso mientras las ideas se forman en mi cabeza.

Siempre algo peligroso—. Así que ve la tragedia como una oportunidad de salir a flote, de asegurar que su esposa y sus hijas tengan todo aquello que él mismo nunca podría pagarles.

Una mansión con piscina. Viajes. Coches.

Toda esa mierda pretenciosa de primera clase.

El acuerdo era perfecto… hasta que dejó de serlo.

Chase entrecierra los ojos.

Me doy cuenta de que ahora estoy soltando las teorías demasiado rápido, sin darle a mi cerebro la oportunidad de procesar o siquiera meditar las palabras. Me detengo y dejo que estas reposen.

Es Hada quien rompe el silencio.

—Y ahora, veinte años después, deciden matarlo. ¿Por qué?

—Evidentemente, no lo sé. Quizá Miller empezó a pedir más dinero. O tal vez los Brown decidieron cortar el grifo.

—Eso explicaría las llamadas, la camiseta ensangrentada, la huida… y su asesinato.

—Sí. Miller cruzó una línea. Y lo pagó.

—¿Y Sarah? ¿Por qué no sabía nada? Lamento hacer de abogada del diablo, pero alguien tiene que hacerlo.

—Tranquila, estás para eso. Pero mirad, Joshua estaba negociando con gente peligrosa. ¿Qué clase de hombre pondría a su mujer en semejante peligro?

Hada se cruza de brazos.

—No sé, ¿el mismo que tuvo una carrera de estrella y la tiró por la borda?

Me siento en el borde del escritorio y suelto aire por la nariz.

—Hay que hablar con Prescott.

—Sí, pero antes… dúchate. Apestas a vino y arrepentimiento —espeta Hada, arrugando la nariz.

Noto que me suben los colores. Hada siempre ha tenido un sexto sentido para los encuentros sentimentales. Y para tocar los cojones. Para todo, en realidad.

Miro a Chase, buscando un poco de solidaridad masculina. Error.

—¿Quieres que me encargue de Prescott? —dice, con una sonrisa perezosa—. A sus órdenes, jefe.

No hace el gesto militar, pero por su tono, es como si lo hubiera hecho. Se levanta con el bagel en la mano, guiña un ojo a Hada, recibe un dedo corazón como respuesta y se marcha silbando.

Entonces suena mi móvil. Miro la pantalla y un nudo frío me sube por la garganta.

Contesto.

—Otra vez me siguen —dice Molly Dickinson. Si le tiembla algo la voz, no es perceptible.

—¿Vas en coche?

—Sí.

—¿Reconoces al conductor?

—No, pero va en un Buick LeSabre granate. Un modelo antiguo. Seguro que en sus días fue elegante, ahora parece un coche de funeral.

—¿Tienes la matrícula?

Me la dicta.

Me quedo pensando un instante.

—¿Sigues viviendo cerca del parque Madison Square?

—Este no es el momento, Toni.

Puedo imaginar cómo pone los ojos en blanco. Miro a Hada. Está prestando atención sin parecer entender nada. Encoge los hombros y me hace un gesto con las palmas hacia el techo. «¿Qué ocurre?»

—¿Vives allí o no? —insisto, impaciente.

—Sí. Desde el balcón veo el parque. ¿Contento?

Miro el reloj. Examino el callejero mentalmente.

—Perfecto. Date un par de vueltas. Asegúrate de que el coche no te pierde.

—¿Cómo dices?

—Dentro de quince minutos, ve a casa. —Me doy cuenta de que a estas horas habrá tráfico y me lo pienso mejor—. Que sean veinte. Os estaré esperando, escondido.

—¿Nos estarás esperando?

—Mira, tú aparcas y te metes en casa. El tipo no se va a quedar todo el día esperando a que vuelvas a salir, créeme. Quiero seguirlo, a ver quién es y adónde va.

—Vas a perseguir al perseguidor. Joder. Eso suena a título de novela mala.

—Gracias por el cumplido. Haz lo que te digo, Molly.

Suelta un resoplido.

—Vale… Pero Toni.

—¿Sí?

—Después quiero que me lo cuentes todo.

—Por supuesto.