27
El Uber me deja frente al edificio Dakota. Gótico, lúgubre, elegante como un vampiro con esmoquin. Un lugar de mitos, tragedias y, cómo no, testigo de la muerte de John Lennon. Nueva York en su versión más morbosa.
Cruzo Central Park West y entro en el parque. Las suelas de mis zapatillas se pringan enseguida de rocío pegajoso y excremento de paloma. Qué delicia la madre naturaleza.
Strawberry Fields. No hay fresas, por supuesto.
El nombre proviene de la popular canción de los Beatles.
Este punto turístico es un pequeño claro junto a la entrada al parque desde la Setenta y Dos, dedicado a la memoria de John Lennon.
Cerca de allí —en la entrada del Dakota, para ser más precisos— el inglés recibió cuatro disparos a bocajarro; cinco, en realidad, pero uno no dio en el blanco.
Hay turistas haciéndose selfies sobre el mosaico con el IMAGINE en el centro. Más tarde subirán esas fotos a Instagram junto con alguna cita de Lennon, una canción de los Beatles o tal vez algún poema sobre la paz. Un bonito recuerdo. Paz, amor y hashtags. John estaría orgulloso. O tal vez no.
Molly está sentada en un banco, fingiendo leer una revista de moda.
Lleva un mono azul, gafas oscuras y una diadema a lo colegiala perversa.
Un Chupa-Chups baila en su boca. El conjunto grita «no me mires», lo que, por supuesto, la convierte en el centro de todas las miradas. Espía en su propia película.
Me planto frente a ella.
—¿Molly?
Se toma su tiempo para bajar la revista, deslizar lentamente las gafas por el puente de la nariz, sacarse el caramelo de la boca y decir, sin mirarme a los ojos:
—Llegas tarde.
Compruebo mi reloj.
—¿Cinco minutos? No montes un drama.
—Para ti, eso es puntualidad suiza. —Ahora sí me mira. A veces, cuando me clava la vista así, me siento como si no tuviera la ropa puesta. Me da escalofríos—. ¿Qué coño está pasando, Toni?
En el mundillo periodístico, Molly Dickinson tiene fama de imparable.
Es fuerte, incisiva, una mujer hecha a sí misma que no se deja pisotear.
No tiene nada que ver con el feminismo; a ella le resbala todo eso de la igualdad de género.
Simplemente va por la vida como si fuese un campo de batalla, una jungla en la que cualquier serpiente puede abalanzarse y envenenarte con su picadura en menos de un segundo.
Es una profesional que se enfrenta a todo con energía y confianza.
Pero ahora… ahora mismo no veo nada de eso.
Veo a una mujer con el pecho acelerado, la mirada esquiva y la tez pálida.
Solo le falta sentarse con las rodillas contra el pecho y balancearse.
—Dímelo tú —respondo.
—No estoy de humor. Hoy no.
—No te tomo el pelo.
—Dime por qué querías ver el informe.
—Ya te lo dije. Estoy casi seguro de que Joshua Miller estuvo allí cuando la señora Brown murió. Quiero conocer los detalles de lo ocurrido. —Hago una pausa y me quedo mirándola—. ¿Por qué? ¿Qué ocurre?
Vuelve a colocarse las gafas y se incorpora. Camina hacia el interior del parque. No me dice nada, así que asumo que quiere que la acompañe.
—Antes cumple tú —dice al fin, bajando la voz—. Cuéntame qué sabes.
Titubeo un poco.
—Miller está muerto. Dos tiros en el pecho.
—Ya lo sé.
La miro asombrado. Ella sigue con la mirada al frente mientras caminamos.
—¿Cómo? ¿La prensa ya está enterada? No han pasado ni doce horas.
—No lo sabe la prensa . Lo sé yo . —Hace el gesto de comillas.
—Claro, cómo no.
Caminamos en silencio por un rato, buscando las sombras de los árboles. El aire de Central Park tiene ese frescor que solo se siente temprano en la mañana, justo antes de que el bullicio de la ciudad termine de devorarlo todo.
—¿Qué más sabes? —pregunto.
—No mucho. Pero tú sí. ¿Dónde pasaste la noche?
La miro de reojo. Es una trampa. Molly siempre deja las trampas a la vista.
—Llevas la misma ropa que ayer y ni siquiera te has duchado —añade.
—No es asunto tuyo.
—Pero sigues en el caso. Aunque el tipo ya está muerto.
—Sarah Campbell quiere saber quién lo mató.
Ella chasquea la lengua.
—No esperaba menos. ¿Y qué pasa con Ursula?
—Imagina que no murió de forma natural. Que hubo algo raro.
Ella se tensa.
—¿Como un asesinato?
—No lo sé. ¿Y si fue un encubrimiento? —digo.
—¿Por la policía? ¿La prensa? ¿Por quién?
—Por todos. No hay nada publicado. Cero. Ni una reseña. Nadie hace eso sin ayuda.
—¿Y ahora te crees un cruzado?
—No. Pero no puedo evitar preguntarme si alguien querrá saber cuánto sé, especialmente desde mi visita a los estudios Brown y a la residencia donde Frank pasa sus últimos días. Quizá hasta enviarían a alguien para hacerme hablar.
Tal y como espero, mis palabras hacen que Molly se detenga de golpe.
—¿Me estás acusando de algo, Toni? Porque te puedes ir a tomar por…
La agarro de la muñeca antes de que se dé la vuelta. Es como rozar un enchufe mal cableado: sabes que puede darte una descarga en cualquier momento.
—No. Pero si están encubriendo algo, ¿cómo sé que puedo confiar en ti?
Ella se zafa, furiosa. Temo que de un momento a otro me calce una bofetada.
—Porque no hay nada encubierto, capullo —afirma, clavando una uña afilada en mi pecho—. He leído el informe.
—¿Lo tienes? —pregunto, emocionado.
—No. Solo los empleados pueden descargar del histórico. Y ya no trabajo ahí, gracias a ti.
—Lo sé. Lo siento. Joder, Molly, ¿cuántas veces más…?
—Pero sí lo leí.
Me detengo. Ella se gira.
—¿Qué decía?
Molly da un puntapié a una piedra que acaba rebotando en el lago.
—Causa oficial: infarto. Sin señales de violencia. Pero había una nota. «Interacción farmacológica».
—¿Medicamentos?
—Benzodiacepinas. En dosis bajas. Pero suficientes para matar si tienes el hígado hecho trizas. Murió intoxicada.
—¿Sobredosis?
—Sí.
Un par de corredores pasan cerca. Sus pasos amortiguados por la grava suenan como si el parque respirara. Yo bajo la voz por puro instinto.
—¿Y ni un rasguño o golpe en la cabeza?
—Ya te he dicho que no.
Levanto las manos en señal de tregua.
—Entonces, si todo cuadra… ¿qué hacemos aquí? ¿Es que vamos a darnos una segunda oportunidad?
La mirada que me lanza podría congelar el Hudson. Me arrepiento antes de terminar la frase. Del todo inapropiado. Pero, eh, soy un hispano en Nueva York con una enfermedad mental crónica —cántese al ritmo de The Police—, y utilizo el humor como mecanismo de defensa.
—Richard Higgins vino a verme anoche.
—¿Ese no es el capullo que te despidió?
—El mismo. Ahora dirige la redacción. —Hace una pausa—. No fue una visita social. De alguna forma, se enteró de que había entrado en los archivos. Deben de tener algún sistema nuevo de alarmas, o algo así.
—¿Qué quería?
—Marcar territorio. Y a olfatear qué ando investigando. Me soltó el rollo legal, el «ya no trabajas aquí», y el «esto puede salpicar a todos». No escupió en mi suelo, pero habría quedado de película.
—¿Fue a tu casa solo para decirte eso?
—No, la bronca no era más que una excusa. Quería saber por qué había estado consultando un informe tan antiguo como el de la muerte de Ursula Brown.
—¿Qué le dijiste?
—Improvisé una historia. Que estaba escribiendo un reportaje sobre la nueva película de Brown Studios y su posible candidatura para los próximos Oscar. Y que me topé con ese informe por casualidad.
—¿Se lo tragó?
—Ni de coña. Se moría por sacarme la verdad. Pero estaba nervioso. Jodidamente nervioso. Fingía que sus preguntas eran pura rutina, nada importante, pero tendrías que haberle visto la cara. Parecía estar a punto de explotar. Y él nunca ha sido un hombre temperamental.
—¿Por un archivo de hace veinte años?
—Exacto. Ahí es donde la cosa se pone rara.
Molly se detiene y me clava la mirada.
—Esta mañana, viniendo para acá, me han seguido.
—¿Qué?
Miro a mi alrededor con un nudo frío en el estómago.
—No los vi bien. Pero estaban demasiado cerca. Lo sabes. Esa sensación en la nuca que no te suelta. Aunque tranquilo, Bourne. Me los quité de encima.
La culpa me araña el estómago. Yo la he arrastrado a esto.
—Molly, lo siento. No quería meterte en este…
—Calla, que no he terminado. —Baja la voz un poco más—. Tenías razón. Joshua Miller aparece en el informe.
—¿Qué?
—Como testigo. Fue él quien encontró el cuerpo de Ursula Brown.
Me detengo. Frank decía la verdad.
—Y hay más —prosigue—. Webber, el antiguo jefe de redacción, escribió una nota al margen del informe. Algo breve, pero extraño.
—¿Qué decía?
Molly se muerde el labio inferior. Viéndola, me entran ganas de preocuparla más a menudo.
—Que cuando la policía fue a hablar con Joshua, su mujer, Sarah Campbell, presentaba hematomas y una herida leve con arma blanca.
—¿Cómo?
—Eso. Lo que oyes. Sarah tenía marcas en la piel. Y eso fue justo después de la muerte de Ursula.
El mundo da un pequeño giro bajo mis pies.
—¿Sabemos cuándo fue eso? ¿Fechas? ¿Informe médico?
—Nada más. Solo esa línea.
—¿Cómo podemos conocer más detalles?
—Me temo que no podemos. Y Webber ya no está en la redacción. Higgins ha blindado los archivos.
—¿Puedes sacar más?
—No sin que me corten la cabeza. Me están vigilando, Toni. No puedo seguir estirando la cuerda.
—Lo entiendo.
—Pero que quede claro: me he jugado el cuello por ti. Otra vez.
—Te lo agradezco. De verdad.
—No quiero tu gratitud. Quiero mi recompensa.
—La tendrás.
Se me planta delante. Mira hacia los árboles, luego hacia mí.
—Toni… ¿confías en mí?
—Sí.
—Pues escúchame bien: ten cuidado. Estás revolviendo un avispero. Y si no sabes lo que estás haciendo, te van a picar hasta los huesos.
—¿Te preocupa que me piquen?
—No me gustan los incendios que no puedo apagar. Y tú estás jugando con fuego. —Hace una pausa, se gira para marcharse—. Ah, un último consejo: no te fíes de mí.
—¿Perdona?
—Ni de mí, ni de nadie. Es un lujo que no puedes permitirte. Este caso es un espejo de feria. No sabes quién eres hasta que ya es tarde.
Y sin volver la vista atrás, se aleja entre la gente. Con pasos firmes, hombros rectos y un aura de tormenta inminente.
Antes de doblar la curva, lanza una última frase por encima del hombro:
—Ah, y no vuelvas a llegar tarde.