Pack Toni Galán (libros 1-3) 26
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El sonido del teléfono y los ruidos ahogados de los motores en la calle penetran en mi mente dormida y se convierten en parte de mi sueño.

Cuando abro los ojos, recuerdo muy poco, apenas nada.

He visto a Patricia en el sueño, aunque no recuerdo el contexto.

Solo sé que se reía, y yo me reía con ella.

Siento una profunda tristeza mientras esa sensación flota hacia mi conciencia, mostrándome implacable que todo ha sido un sueño.

Cierro los ojos de nuevo, en un intento desesperado por regresar a ese cálido estado onírico. El móvil vuelve a sonar, dispersando las imágenes difusas como si fuesen arena en un día ventoso.

Extiendo el brazo y cojo el móvil. Son casi las ocho de la mañana y el día se muestra luminoso a través de las ventanas.

Me doy cuenta de que no estoy en mi cama, ni en mi casa.

El sofá de Beth es cómodo, pero el remordimiento no deja mucho espacio para el descanso.

Me doy cuenta de que he dormido abrazado a un osito de peluche y hasta le he dejado una mancha de saliva. Dios.

El móvil sigue vibrando. Número desconocido.

Contesto con voz áspera, como si hubiera pasado la noche masticando grava.

—¿Sí?

Me quedo sentado, con la cabeza apoyada en el respaldo.

—¡Guau, menuda voz! —responde una mujer. Familiar. Burlona—. ¿Una mala noche?

Cierro los ojos y me froto la cara. Pienso en el vino, en Beth y en el sabor salado de sus labios.

—¿Quién es? —susurro, porque no quiero despertar a Elisabeth.

La carcajada que suena al otro lado es como una bofetada con guante de esparto.

—Tu peor pesadilla, cariño.

No necesito más pistas.

—Molly.

—Buenos días para ti también, casanova. ¿Conoces Strawberry Fields?

—Central Park. Claro.

—Reúnete conmigo allí en una hora.

—¿Tienes el informe?

Silencio.

—No llegues tarde, Toni. —Antes de colgar, su voz adquiere un matiz que me provoca un escalofrío—: Hay cosas que no pueden esperar.

—¿Qué quieres decir?

Pero ya ha colgado.

Clac.

Instintivamente, me llevo la punta de los dedos a los labios, no sé si para recordar lo de anoche o para tratar de borrarlo.

Cuando Elisabeth me besó con fuerza, sentí que todo mi cuerpo se volvía del revés.

Fue como en mi primer brote, cuando perdí el sentido del equilibrio, pero en el buen sentido.

La excitación del primer beso, la absoluta novedad, el maravilloso sabor y olor de ella.

Su cuerpo, firme y joven, abrazado al mío.

Nunca me había sentido tan perdido, tan mareado y ligero.

Cuando nuestras lenguas se encontraron, sentí una sacudida y me sorprendí con mi propio gemido.

Me aparté.

—No está bien —balbuceé—. Tu padre acaba de…

—Cállate, joder —me interrumpió, y me besó de nuevo. Más profundo. Más feroz. Le sujeté la nuca con la palma. Con la otra mano apreté su nalga, que estaba justo sobre mi entrepierna. El sabor de sus lágrimas se coló entre nuestros labios. Estaban templadas y saladas.

Cuando el beso acabó, nos abrazamos con fuerza, jadeantes, temerosos de enfrentarnos el uno al otro.

Me miró con dos ojos húmedos y perdidos.

—Si me dices que lo hago porque soy vulnerable, eres un puto idiota —susurró.

Y metió la mano bajo mi pantalón.

Tragué saliva.

El teléfono vuelve a sonar.

De verdad, ¿qué pasa hoy?

— Digamelón —digo al contestar.

—¿Qué?

—Así respondía al teléfono un colega del instituto. No hagas caso. ¿Qué pasa?

—Joder, tu antigua vida me deprime.

Chase. Otro para quien no existen las sutilezas. Y ni siquiera han dado las ocho.

—Me sorprende que estés despierto —digo.

—Vaya, ¿cómo lo has notado?

—Me refiero a que no sueles madrugar.

—Aún no me he acostado.

Voy a preguntarle qué ha estado haciendo toda la noche, pero me contengo. Cuando se trata de Chase, es mejor no saber algunas cosas.

—¿Y tú? —continúa él—. ¿Dónde demonios te has metido toda la noche? Cuando he llegado a casa, Alfred estaba a punto de usar mi zapatilla como orinal.

—He dormido en casa de Elisabeth.

Oigo un silbido agudo que me atraviesa la oreja izquierda. Por algún motivo, me ofende.

—¿La hija de Sarah Campbell? ¿Dormiste en su casa?

—Sí.

—¿Dormiste o dormiste ?

—Dormí.

—Claro. Y yo soy la Virgen María.

—No pasó nada.

—¿Así que tirándote a la hija de tu clienta el mismo día que se entera de que han asesinado a su padre? Joder, Toni, me estás dando razones para poner tu cara en una camiseta.

—Chase…

—Dime que no se puso a llorar y luego tú, en un arrebato de ternura mal gestionada, le acariciaste la cara, ella se te lanzó encima y la cosa acabó con un «no deberíamos» seguido de un «pero ya que estamos».

—No fue así.

—Entonces cuéntamelo, principito.

Y yo, imbécil de mí, voy… y se lo cuento.

—Si me dices que hago esto porque soy vulnerable, eres un puto idiota —me dijo Elisabeth justo antes de explorar dentro de mi calzoncillo.

Y, por un instante, lo fui.

Pero mi Pepito Grillo tomó el mando a tiempo y pude reaccionar antes de que el amigo de ahí abajo diera un golpe de estado.

La aparté con suavidad, agarrando su muñeca con delicadeza. No sin pensar, por un segundo demasiado largo, en cómo sería rendirme. Pero no podía. No después de todo lo que había perdido. No con ella tan rota.

—No es lo apropiado —insistí con más convicción—. Tu padre acaba de morir. Y eres la hija de mi clienta.

—Me da igual que te aproveches de mi vulnerabilidad, Toni —susurró, su boca rozando mi oído—. Quiero que lo hagas. No me dejes sola…

Y entonces, me mordió el lóbulo. Fue como una descarga eléctrica en mitad de una tormenta. El cielo estaba ahí, al alcance de los dedos. Aun así, me aferré a tierra firme.

—Por favor, Elisabeth —repetí, esta vez con más firmeza, como si repitiéndolo me lo creyera más.

Ella se apartó de mi entrepierna. No hubo gritos ni peleas. Solo un cambio en su respiración y una sombra en su expresión. Se acomodó la ropa con manos temblorosas y se puso en pie con una dignidad que me hizo sentir aún más miserable.

—Buenas noches —dijo con voz apagada—. Tienes ropa de cama en ese cajón de ahí. —Señaló un mueble junto al sofá, sin mirarme.

Y se fue. Con pasos suaves y descalzos, perdiéndose en el pasillo sin volver la vista atrás.

No la seguí, aunque sé que ella esperaba que lo hiciera. Quizá debería haberlo hecho. O no. No lo sé. Lo único que sabía entonces —y sigo sabiendo ahora— es que no podía acostarme con ella esa noche. No así. No con todo lo que había encima.

Me tumbé en el sofá, me cubrí hasta la barbilla como un niño asustado y apreté los ojos con fuerza.

Tardé un siglo en dormirme.

—No sé si eres un héroe o un completo imbécil —dice Chase al otro lado del teléfono—. Todavía lo estoy decidiendo.

—Bueno, ¿por qué has llamado? —le corto, cansado del tema. No quiero seguir hablando de anoche.

—Tengo la información de las tarjetas de crédito de Joshua Miller.

Eso me despeja. Me incorporo. A algunos humanos nos da por andar en círculos cuando hablamos por teléfono. Instinto ancestral, probablemente.

—¿Y?

—Un solo movimiento en diez días. El viernes. Miller hizo un pago con su tarjeta en el Patty Shack. Es una hamburguesería de Tribeca.

—Ya había desaparecido para entonces… —susurro, más para mí que para él. Vuelve a mí la teoría que estuvo rondándome desde ayer. Cada vez tiene más sentido—. ¿Cuánto gastó?

—Treinta y ocho dólares exactos.

—Es una cantidad interesante.

—Lo es.

Ambos llegamos a la conclusión al mismo tiempo: no es una comida individual. Demasiado para un solo menú, pero sin céntimos. Cuando la gente deja propina, lo normal es redondear la cantidad.

—Creo que comió allí con alguien y dejó propina —concluyo.

—Muy astuto, Colombo.

—Tenemos que ir.

Suelta un bufido que podría ser una sonrisa.

—Cuando tú empiezas a recorrer el camino, yo ya estoy de vuelta.

—¿Qué demonios significa eso?

—Que ya he estado allí. Abren hasta tarde.

—¿Y?

—Un antro con más grasa que un boxeador retirado. Pero sirven una cheeseburger deliciosa.

—Me refiero a si preguntaste por Miller —digo, haciendo acopio de paciencia.

—El encargado se acordaba de él. No es de extrañar, no todos los días se ve a un actor famoso en una hamburguesería de barrio. Estaba con una mujer. Wendy Turner. Pelirroja. Treinta y tantos.

—¿Cómo es que sabían su nombre?

—Al parecer, es clienta fija. Según el encargado, trabaja en una galería de arte cercana.

Wendy Turner. Otra pieza del rompecabezas.

Considerablemente más joven que Joshua. Miller quedó a comer con ella el día siguiente de desaparecer.

En un lugar de confianza de ella, lo que significa que ella lo escogió.

Pagó él. ¿Por qué se citarían? A mi mente vuelve la teoría ya descartada de la amante secreta, pero se desvanece igual de rápido que ha llegado.

—¿La viste?

—La galería estaba cerrada. Algunos negocios tienen la mala costumbre de cerrar de madrugada.

—Ya, lo pillo.

—Lo intentaré a lo largo del día —promete.

—Bien, gracias, Chase. Si la encuentras, avísame.

—Luego me paso por la oficina.

—Vale.

—Oye… ¿estás bien?

—Claro —miento. Y cuelgo.

Me quedo mirando el puzle a medio hacer sobre la mesa de Elisabeth. El marco está casi completo. En la caja, una chica rubia corre por la playa. Felicidad prefabricada.

El siguiente movimiento es casi automático. Marco el número de Sarah. El teléfono suena una, dos, tres veces. Ni rastro de ella. Aprieto los dientes y espero hasta que salta el buzón de voz.

—Sarah, soy Toni. Necesito saber si conoces a una tal Wendy Turner. Puede que esté relacionada con Joshua. Es importante. Llámame.

Cuelgo, dejando que el silencio del salón me envuelva. Entonces lo siento. Esa sensación, como si alguien te rozara la nuca con la mirada.

—Buenos días —dice Beth.

Alzo la vista. Está apoyada en el marco de la puerta. Tiene las mejillas enrojecidas y la marca de la almohada aún le cruza la sien derecha. Su pelo cae en ondas suaves, desordenado. Lleva puesta una camiseta de los Rangers y las piernas desnudas. Me dirige una sonrisa que me clava a la tarima.

Deseo acercarme y abrazarla, pero me reprimo.

—¿Madrugando? —su voz es ronca, aún cargada de sueño.

—No quería despertarte.

Se acerca, despacio, casi flotando sobre el suelo de madera. Puedo oler el rastro cálido de su perfume mezclado con el aroma de la noche que aún no se ha ido del todo.

—¿Café?

—No, tengo que irme —digo, haciendo un cálculo mental de cuánto tardará un Uber en llevarme al lado oeste de Central Park a estas horas.

Ella asiente. Nos quedamos mirándonos. No percibo vergüenza en su rostro. Buena señal. Me doy cuenta de que tengo el torso desnudo. Termino de vestirme apresuradamente. Beth, que ya se ha puesto con la cafetera, me mira de reojo y sonríe en silencio.

—No paro de preguntarme quién de nosotros sacará el tema —dice de pronto, todavía de espaldas a mí.

Yo carraspeo. No se me ocurre nada inteligente para evitar la temida conversación.

—No quiero que te sientas incómodo —dice mientras vuelca el café molido en el filtro de la cafetera.

—Ya.

Toni Galán, experto en conversaciones difíciles.

Se vuelve de golpe. Se ha sonrojado.

—¿Y qué va a pasar a partir de ahora?

Se muerde el labio inferior, con esa mirada que quema.

No respondo. Estoy demasiado ocupado intentando no quedar atrapado en el magnetismo de su presencia. Pero ella no se detiene. Se planta frente a mí y desliza una mano por mi brazo, lenta, como si estuviera tanteando una bomba a punto de estallar.

—¿Qué va a pasar? —repite, ahora en tímidos ronroneos. Conozco este juego. Patricia, mi exmujer, era experta.

—¿A qué te refieres?

—A lo nuestro. Me gustas, Toni.

Confieso que me tiemblan un poco las piernas al escuchar eso. Lo nuestro.

Me besa en la mejilla, muy cerca de la comisura.

—Tú también —se me escapa en un hilo de voz.

—Podrías quedarte un rato más… —susurra frente a mis labios. Su aliento cálido entra en mi boca.

Me besa. No como anoche, esto es apenas un roce sutil que, sin embargo, me excita el doble. El contacto es suave, dulce… y peligrosamente efectivo. Una chispa de algo primitivo, visceral, ruge en mi interior. Pero la apago antes de que se convierta en un incendio incontrolable.

—Beth… —Aparto su mano con suavidad, como quien retira un cuchillo sin cortarse. Me levanto del sofá para poner distancia entre nosotros.

Nos miramos otro rato sin decir nada, hasta que el burbujeo de la cafetera la obliga a girarse de nuevo y atender la ebullición de la infusión.

Miro el reloj que cuelga de la pared. Tengo que irme ya o llegaré tarde a mi cita con Molly. Y no quiero hacerla enfadar.

—Tengo que irme —repito, esquivando su mirada.

—Okey —dice, de nuevo sin volverse.

—De verdad, no quiero que pienses que salgo corriendo —me justifico—. Es por el caso.

—Haz lo que tengas que hacer.

Sus palabras rebotan en mi cabeza como una piedra lanzada contra un cristal. Me planteo si besarla en la mejilla o si huir sin mirar atrás.

Elijo lo segundo.

Sintiendo sus ojos clavados en mi espalda, cierro la puerta detrás de mí con un clic que suena más final de lo que debería.

Cinco minutos después, estoy en un Uber rumbo a Central Park.

Prometiéndome que no volveré.

Sin saber que, en menos de veinticuatro horas, habré roto esa promesa.