25 #2
Miro a mi alrededor. Hay una pila de revistas desordenadas en la esquina.
Sobre una mesa auxiliar, un puzle a medio montar y piezas desperdigadas.
Un osito de peluche con una oreja rota reposa en el sofá.
En una de las estanterías, una planta de interior medio marchita intenta sobrevivir junto a una colección de DVDs de los años 90, cuyas carcasas están marcadas y arañadas.
Sobre una mesa baja, hay un patrón de lana y una aguja de ganchillo.
Todo parece salido de un catálogo de vida interrumpida.
—¿Coses?
—Hago crochet. Es mi vicio. Me relaja.
Mi muleta está junto a la entrada. Beth la mira y luego me observa a mí.
—¿Duele?
—Hay días y días.
Hablamos un poco de mi enfermedad y de la suya, y luego de Patricia. No me gusta hacerlo, pero el vino baja las defensas.
Me pregunta por el divorcio.
—Fue ella quien se fue —resumo—. Y la esclerosis no ayudó. Lo que te dicen los médicos es solo la mitad del problema. La otra mitad es el miedo. A lo que vendrá. A lo que perderás.
Beth asiente con una lentitud que duele.
—Lo sé —dice—. Yo también perdí cosas. Personas. El control. A veces incluso a mí misma.
Me detengo un instante en su mirada y asiento.
Sí lo sabe. Hada y Chase tienen buenas intenciones, pero no pueden comprenderlo.
No es culpa suya: ellos no han tenido que enfrentarse al diagnóstico tras una punción lumbar.
Tampoco pueden imaginar la incertidumbre de no saber lo que será de ti mañana, ni pasado, ni al otro, porque un médico te ha dicho que tu sistema inmune ha tomado como blanco tus células nerviosas.
¿Será un hormigueo? ¿Pérdida del equilibrio?
¿Incontinencia? —esta es la más aterradora—.
¿O despertar sin ver nada? Las opciones son prácticamente infinitas. ¿Cómo van a comprenderlo ellos?
Pero Beth sí. Al menos, puede hacerse una idea. Padece una enfermedad crónica como yo, y además ha sido adicta. La relación con su familia se rompió. Seguramente perdió a más personas.
Nos quedamos así un rato. Con nuestras propias ruinas. Sorbiendo vino como si fuera un salvavidas.
—Se juntó un poco todo —sigo diciendo—. La enfermedad agrió mi carácter. Patricia no estuvo a mi lado cuando lo necesitaba. A veces las personas no nos entendemos aunque compartamos techo y nos una un anillo y una promesa desde el altar.
—Debió de ser un mazazo muy duro —apunta Beth.
Está sentada con la rodilla derecha sobre el sofá y el cuerpo vuelto hacia mí.
Tiene la cara ancha y pecosa. No es guapa, al menos en un sentido clásico, pero posee un atractivo terrenal que hace que uno desee abrazarla y retozar con ella sobre la arena de la playa en una fría noche de otoño.
Tal vez le sobre nariz, pero ¿a quién no le sobra algo?
—. Es lógico sentirse así. No sé si yo lo habría superado.
—Créeme, lo habrías hecho.
—Y luego lo del asesino de novias —dice con una mueca—. Te ha tocado el combo completo, ¿eh?
—Faltó que me atacara un tiburón.
—Dame tiempo —dice ella.
Nos reímos. Bebo más vino. Mis ojos comienzan a ver borroso y siento que me falla el equilibrio.
Joder, estoy un poco borracho. Es lo que pasa cuando padeces una enfermedad que afecta a tu sistema nervioso y te fundes media botella.
Si a eso le añades que casi nunca bebo alcohol, el resultado es inevitable: un mareo de campeonato.
Beth me ofrece postre. Solo tiene algunos cucuruchos de helado en el frigorífico. Le digo que son mis preferidos, y ella juega conmigo diciéndome que tengo que ganármelo.
—Vale, ¿y qué tengo que hacer? —pregunto, dispuesto a todo. Di que sí, campeón.
Me pide que le explique cómo fue el proceso de escritura del guion del asesino de novias. Bueno, no es que me guste recordar aquella época debido a todo lo que pasó después, pero accedo. ¿Cómo negarse a esos ojos? Además, quiero mi cucurucho.
Cuando termino, Beth está hecha un ovillo a mi lado, en una esquina del sofá, mirándome en silencio.
—Ya lo sé, es una trama palomitera sin trasfondo —digo al finalizar.
—Es perfecta —replica ella—. La gente necesita más entretenimiento fácil y menos comerse el coco.
Beth termina su vino de un gran trago y posa la copa en la mesita. Sirve dos vinos más hasta vaciar la botella. Se hace muy tarde en este bonito piso. Las luces del salón siguen encendidas en la madrugada.
Hablamos durante un largo rato. De todo, menos del caso. Ni de Anne. Ni de Sarah. Ni de Thomas Brown. Hablamos de nosotros, de lo que fuimos y de lo que tememos ser.
Hasta que llega la pregunta.
—Beth… —digo, cogiéndole la mano—. ¿Dónde está tu hermana?
Ella no contesta. Solo me mira. Luego baja la vista hacia nuestras manos. Me la gira con delicadeza. La suya está caliente. La mía, húmeda.
—Toni…
—Vuestro padre acaba de morir. ¿No crees que debería, no sé, saberlo? ¿Venir al entierro? ¿Despedirse?
Respira hondo.
—Es un poco complicado.
—Seguro que sí.
—Encontrarla no va a ayudarte.
Lo dice sin tensión, sin reproche. Casi como si me advirtiera. Permanecemos en silencio, mirándonos, durante un minuto. Con delicadeza, me hace girar la mano con la palma hacia arriba. Observo que se le agita el pecho.
—¿Qué edad tienes? —pregunta.
Como no quiero asustarla, le miento y le digo que veintinueve.
—Pareces más joven.
—En realidad tengo treinta y seis. Te he mentido.
Se ríe. Las pecas le bailan por la cara como si fueran parte de una constelación.
No sé cómo, pero ya tengo la mano en su rodilla. Quiero seguir subiendo hasta el muslo, pero al final la retiro. Disimulo rascándome la nuca.
—Bueno… creo que debería irme —fuerzo un bostezo—. El cuerpo me pide cama; la cabeza, respuestas. Mañana tengo que empezar a averiguar quién ha matado a tu padre y por qué.
Beth mira el reloj de la pared. Me detiene cuando voy a levantarme.
—Toni, son las dos. No vas a cruzarte media ciudad a estas horas.
—No te preocupes. Pido un taxi.
—No seas idiota.
—¿Y qué hago? ¿Duermo en el sofá?
Me clava una mirada. Luego, sin decir palabra, me acaricia el muslo y aprieta un poco con la mano, provocándome un espasmo.
—Con lo listo que eres para unas cosas —dice—, qué ingenuo eres para otras.