25
Beth Miller no calla, habla sin parar. Tal vez tema al silencio o le aterre quedarse a solas con la idea de que su padre ha muerto y no hubo despedida ni redención.
O tal vez esté evitando que hablemos precisamente de eso.
A través de la ventanilla del taxi, me señala los restaurantes y establecimientos de comida rápida donde ha cenado.
En muchos de ellos ha acabado enrollándose con algún tipo; en otros, vomitando.
También me lo cuenta. Cuando pasamos por un pub, menciona a un amigo que ya no lo es porque, según dice, la traicionó.
Luego, sin transición, al pasar por delante del Madison Square Garden, suelta la anécdota estrella:
—Salí con Danilo Gallinari. Sí, ese, el alero de los Knicks. Muy guapo, culo perfecto, pero era un cretino. Le gustaba escuchar rap en los AirPods mientras lo hacíamos.
Solo atino a asentir. Lo básico para no parecer un mueble, pero sin implicarme.
Después le toca el turno a su madre, aunque evita nombrarla. No quiere que el taxista se entere de quién es. Profesional hasta para despotricar.
Mientras ella se desahoga, yo escribo a Chase: «Llegaré tarde. No te preocupes».
Me siento como un adolescente pidiendo permiso para quedarme a dormir en casa de un colega. Luego pienso en Chase adoptando una figura paterna y siento un escalofrío.
Chase responde enseguida con un meme de un burrito tocando el violín entre corazones.
«Idiota», pienso. Pero me río.
El puente de Williamsburg está despejado.
A un lado, el Hudson refulge bajo la luna como una capa de papel de aluminio.
Al otro, una valla publicitaria exhibe la imagen de T.
Harv Eker con su sonrisa abierta y confiada.
Bajo la foto, un epígrafe dice: «Aquello en lo que te centras se expande».
¿Qué demonios significa? Supongo que hay que ser neoyorquino para entenderlo.
En cualquier caso, nunca se sabe, así que cierro los ojos y me concentro en una piña colada bajo el sol de Costa Rica.
Semáforo en rojo. Ella mueve la mano a lo largo del asiento hasta que toca la mía.
La deja ahí. El contacto es cálido, agradable.
Me mantengo quieto un segundo más de lo necesario, como un idiota.
Un investigador con la cabeza fría debería saber mantener la distancia.
Finalmente, retiro la mano con sutileza, pero el maldito cosquilleo sigue presente.
La miro, intentando mostrarme confiado y profesional, pero me sobreviene una fuerte opresión en el vientre cuando ella me sostiene la mirada.
El taxi nos deja a dos manzanas de su casa.
—Es una manía —dice ella—. No me gusta que los desconocidos sepan dónde vivo.
—Y sin embargo, ya es mi segunda vez —comento.
No responde. Solo sonríe al suelo.
Caminamos en silencio. Ella se sube a un bordillo y camina por él como si fuera la cuerda floja.
La luz de la luna le da un brillo plateado a la piel.
Al final del bordillo, salta a mi lado. Le paso la mano por los hombros.
Ella se acerca más, hasta que nuestras caderas están en contacto.
Solo intento consolarla, hacer que se sienta un poco mejor.
Solo eso. Y sé que no debería resultarme tan agradable.
La casa está en Williamsburg, cerca del parque McCarren. Es una casita adosada con una fachada simple, no muy lejos de donde yo vivo. Anoche, con el susto, ni la vi. Esta vez me fijo.
—Bonita casa.
—Gracias. Llevo solo un año. El casero me hace precio mientras no dé problemas.
Por dentro, no es lo que esperarías de la morada de una exdrogadicta. Muebles de diseño, cuadros abstractos, cocina abierta, ladrillo visto. Todo en su sitio. Nada que ver con el caos de ayer.
Me digo que, a veces, la fachada es solo otra forma de esconder la vorágine.
—¿Te apetece picar algo? —pregunta.
—¿Tienes algo decente?
—Puedo improvisar unos sándwiches.
Digo que sí. No he comido nada desde el desayuno y me mantengo en pie a base de cafés.
En la nevera hay huevos, embutidos, cheddar, lechuga, tomate y una colección de salsas embotelladas. No da para un plato de estrella Michelin, pero ahora mismo todo eso me hace la boca agua. Me arremango y le ayudo a preparar un par de sándwiches.
—Hoy no quisiste ver a tu madre —comento mientras corto el tomate.
—No.
—¿Demasiado doloroso?
Se encoge de hombros. El agua se escurre entre sus dedos mientras coloca las hojas de lechuga bajo el grifo.
—No era el momento. Un día… difícil.
Seguimos en silencio. Ella se apoya en la encimera, cruza un tobillo sobre el otro y me observa.
—Todavía no me has preguntado por qué no me hablaba con mis padres.
—No es asunto mío.
—Es una historia muy sencilla.
No digo nada y espero.
—Fue desde la noche en que desapareció mi hermana.
—¿Qué pasó?
—Ellos estaban fuera, en una de sus fiestas. Algo de unos premios… No lo recuerdo. Yo me quedé con Anne. Tenía que cuidarla. Cuando desapareció, me culparon, como hermana mayor.
—Pero se la llevaron de su cama, en mitad de la noche. ¿Cómo podías haberlo evitado?
Beth se encoge de hombros. Su mirada se vuelve opaca, empañada por algo más denso que tristeza.
—Supongo que, ante una tragedia así, todos necesitamos a alguien a quien señalar.
No es difícil imaginar cómo debió sentirse, ser señalada por algo que nunca debió ser su carga. Una culpa injusta, plantada como una semilla tóxica en medio de la adolescencia y regada durante años.
—¿Y tú? —pregunto, mirándola—. ¿A quién culpaste?
Sonríe con melancolía, como si le doliera hablar de ello.
Aparta la mirada y agita la cabeza.
—¿Vino? —dice, abriendo la nevera.
Le digo que sí. Seguramente no debería, ella tampoco, pero por una copa no va a llegar la sangre al río.
Sirve dos copas de blanco —y luego dos más— y nos sentamos a cenar en la mesa del comedor, bajo una luz tenue.
—Una vez, después de que me echaran de casa, regresé sin avisar —retoma, jugando con una patata frita—. Solo quería arreglar las cosas. Tal vez no volver a casa, pero… era bonito pensar en compartir la mesa en Navidad. Como una familia funcional. Un espejismo, ya sabes.
—¿Y funcionó?
Niega con la cabeza. Deja los restos del sándwich en su plato y apoya los codos en la mesa. Su mirada se pierde en el fondo del vino.
—Mi madre no estaba, solo encontré a papá. Estaba borracho. No bebía mucho y, cuando lo hacía, le sentaba fatal. Apenas hablaba de forma coherente. Cuando abrió la puerta, comenzó a insultarme. Me dijo que era su gran fracaso como padre. Que ojalá me hubieran llevado a mí. No a Anne.
Un nudo se me forma en el pecho.
—Me empujó fuera y cerró la puerta. Esa fue la última vez que lo vi.
Sacudo la cabeza, sin saber muy bien qué decir. Beth toma un sorbo de vino.
—Había tanto odio en sus ojos —dice, mientras sus manos tiemblan ligeramente al sostener la copa—. Nunca lo había visto así.
Me recuesto un poco en la silla. Una teoría comienza a formarse en mi mente: la sangre en la camiseta de Joshua, su presencia el día de la muerte de Ursula Brown, la llamada al abogado y a Thomas Brown, su fuga con el dinero y su asesinato.
Más o menos tiene sentido, pero por ahora no es más que eso: una teoría basada en suposiciones.
Necesito dejarla reposar, macerarla un tiempo en la nevera y permitir que los posos se asienten.
—¿Qué sabes de la relación entre tu padre y Thomas Brown?
Hay un cambio en su mirada, una especie de vibración nerviosa. Pestañea.
—Se odiaban a muerte. Bueno, más mi padre. Thomas simplemente lo ignoraba, como si no existiera. ¿Por qué lo preguntas?
Señalo su ceja. La hinchazón ha bajado, pero aún se aprecia la marca del hematoma.
—Es posible que el hombre que te hizo eso trabaje para los Brown.
—¿Es posible?
—Más que probable.
—¿Qué significa eso, Toni? ¿Que fueron ellos quienes lo mataron?
—Todavía no lo sé. Pero lo voy a averiguar.
Sus ojos se agitan. Pupilas que parecen buscar respuestas en el fondo de una habitación oscura.
—¿Por qué lo harían?
—Es lo que intento entender. —Hago una pausa y elijo las palabras—. ¿Sabías que tu padre estuvo presente el día que Ursula Brown murió?
Una pequeña vacilación. Muy breve, pero está ahí.
—Sí. Lo sabía.
—¿Fue él quien encontró su cuerpo?
Otra pausa, más larga.
—Sí.
—¿Te lo contó él? ¿Se lo dijo a tu madre?
—Tuvo que hacerlo. Se lo sonsacamos. Estaba deshecho, ido, como en las nubes. Al principio lo negó todo, pero, entre tú y yo, era mal actor. Al final confesó.
—Joder, ¿y por qué no me lo dijo tu madre?
—Papá nos hizo prometer que nunca hablaríamos de eso. Que era un asunto que concernía a los Brown y que podría salpicarnos.
—¿Y qué hacía allí?
—No lo sé. Nunca lo dijo. Cuando insistíamos, cambiaba de tema. Nunca supe si lo hacía para protegernos… o por miedo.
Recibo la información y guardo silencio. Lo que tengo en la cabeza necesita tiempo para tomar forma, como una pintura que aún no ha secado.
—Espera. —Beth frunce el ceño, confundida—. ¿Por qué has dicho que el que me atacó trabaja para los Brown?
—Porque lo vi en sus estudios.
—¿Has estado en Brown Studios?
Asiento.
—Thomas y su hermano Randy me han recibido en su magnífica sala de proyecciones.
Beth cierra los ojos y niega suavemente, como si quisiera borrar una imagen mental.
—¿Qué ocurre? —pregunto.
Estira el brazo por encima de la mesa y me aprieta la mano.
—Estás jugando con fuego, Toni. Esa gente no tiene moral. Juegan con otras reglas. ¿O es que has olvidado la advertencia de anoche?
Vuelve a resaltar en mi mente con luces de neón: el dibujo infantil, la amenaza indirecta. Siento un malestar en el estómago.
—No lo he olvidado.
—Si mataron a mi padre, no dudarán en hacer lo mismo contigo.
Aprieto su mano, agradeciendo el gesto.
Ella vuelve a llenar las copas y se levanta con ambas en la mano.
—Ven. Y trae la botella.
Recojo los platos y los dejo en la pila. Tomo la botella y la sigo al salón. Me siento a su lado. El sofá cede un poco, provocando un leve roce de caderas. Ella no se mueve, y yo tampoco tengo prisa por hacerlo.
Se produce un silencio incómodo. «Ojalá pusiera música o encendiera la tele», pienso.