Pack Toni Galán (libros 1-3) 24
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—¡Beth! —grito mientras acelero el paso entre los coches del aparcamiento. Bueno, acelerar es decir mucho. Mi trote actual no lo firmaría ni Tyrion Lannister después de una juerga con vino de Dorne—. ¡Elisabeth!

Se detiene al segundo grito. Se gira con brusquedad bajo la luz moribunda de una farola.

Hay restos de lágrimas secas brillando en sus mejillas.

Lleva shorts vaqueros, una cazadora de cuero sobre una camiseta blanca y el pelo recogido en una trenza que cae por su espalda.

Le faltan una visera, unas Ray-Ban y un par de pistolas para convertirse en una de mis fantasías adolescentes: Lara Croft en el videojuego Tomb Raider.

Sus labios tiemblan un segundo antes de soltarlo, sin anestesia:

—Lo han matado.

—Lo siento mucho.

—¿Sabes quién lo ha hecho?

—No.

—¿Pero vas a descubrirlo?

—Voy a intentarlo.

Sonríe, pero no hay alegría en su gesto.

Solo amargura, como si las palabras fueran veneno que necesitara escupir.

Mira hacia la avenida vacía. No ve coches ni luces, solo errores del pasado que ya no se pueden enmendar.

No es solo la muerte lo que duele, sino el hecho de que no habrá reconciliación.

No habrá redención. Solo arrepentimiento.

—Mi madre puede ser muy persuasiva. Déjame adivinar: ha duplicado tu tarifa.

—No lo hago solo por dinero.

Clava sus ojos en los míos. Oscuros, punzantes. El sarcasmo que esgrime como escudo se convierte en una sonrisa que corta como vidrio.

—Es su manera de arreglar las cosas. Con el puto dinero.

—Beth…

Intento tomarle la muñeca. Ella la aparta.

—¿Tienes alguna idea de quién fue? —pregunta.

—Solo conjeturas por ahora. Nada que pueda sostenerse en pie.

Ella asiente lentamente. El sarcasmo sigue ahí, pero la sonrisa ha desaparecido.

—Eres un buen hombre, Toni. —Su voz suena extrañamente sincera—. Demasiado bueno para este mundo de pirañas.

Instintivamente miro hacia la plaza donde hace un rato estaba el Chevrolet de Sarah, a quien he fallado. Me gustaría sentirme como ese buen hombre que ella dice ver… pero ahora mismo no me reconozco ni en el reflejo del retrovisor.

Elisabeth se da la vuelta y comienza a caminar calle abajo. No me dice que la acompañe, pero tampoco se aleja.

—¿No has venido en coche?

Niega con la cabeza.

—Metro.

Caminamos juntos. En silencio. No se queja de mi compañía, aunque no parece especialmente emocionada.

—Van a por tu madre —digo, rompiendo el silencio.

—¿Cómo?

Le explico lo de la comisaría. El falso interrogatorio amistoso. La pelea del día anterior.

Ella se detiene cuando termino, como asimilando la información.

—¿Así que alguien le pegó a papá antes de matarlo?

Es la primera vez que se refiere a Joshua como «papá». No «Joshua», no «ese cabrón». Papá .

—Eso parece.

Retomamos el paso.

—¿Y de verdad creen que fue mi madre? —Sus puños se tensan, y veo cómo las uñas dejan marcas en sus palmas. Durante un segundo, parece que va a romper algo. O a romperse ella misma—. No me lo puedo creer.

—Sinceramente, lo dudo.

—¿Entonces?

—Bueno, es verdad que tu madre pudo agredirle con un objeto contundente, como un bate de béisbol. Pero yo me inclino a pensar que creen que tu madre tiene un cómplice.

Recuerdo lo que me ha contado Tom. La policía le preguntó a Sarah si tenía un amante. Blanco y en botella. Están buscando un socio en el crimen.

Elisabeth asiente sin mirarme. Cruza los brazos.

Se abraza a sí misma. La noche empieza a hacerse notar.

Los coches pasan zumbando a nuestro lado, indiferentes al dolor ajeno.

Un perro ladra a lo lejos. Algunos hombres de aspecto discutible se cruzan en nuestro camino, y en esos momentos, noto que ella se acerca un poco a mí con disimulo.

—¿Y cuál es tu teoría? —me pregunta.

Se lo cuento. La camiseta. La sangre seca. El desfase temporal. Las señales de que fue golpeado antes de morir. De que alguien lo dejó ir. O lo usó de advertencia.

—Así que alguien le partió la cara… y luego lo dejó con vida —murmura—. Para terminar el trabajo después.

—Sí.

Suspira de la manera en que se suspiran las malas noticias. Por el movimiento de su espalda, sé que está conteniendo el llanto. Yo me aparto, le doy espacio. La han lanzado a un huracán sin aviso: papá muerto, mamá bajo sospecha, una hermana desaparecida.

A lo lejos, un taxi se aproxima. Beth alza la mano sin pensarlo. Un gesto automático.

Me mira. Tengo la impresión de que va a despedirse, pero no llega a decir nada.

—¿Vuelves a casa? —pregunto.

—Sí.

—Avísame cuando llegues.

Duda. Se muerde el labio. Luego desvía la mirada.

—En realidad… —dice, y el tono cambia—. No me apetece estar sola… Y después del susto de anoche, menos aún.

Hace una pausa breve, incómoda. Se cruza de brazos.

—Bueno, no quiero que pienses… ya sabes.

Asiento.

—Lo sé.

—¿Te importaría acompañarme?