23
El edificio es justo lo que uno espera de una morgue: un cubo de hormigón sin alma, con un par de farolas que proyectan sombras alargadas en el aparcamiento. Nada de carteles llamativos ni decoración. Solo una puerta de cristal con un rótulo sencillo: INSTITUTO FORENSE DE NUEVA YORK .
Chase y yo permanecemos en el coche con el motor apagado. No hace frío, pero el aire pesa.
— Leyendas de pasión —dice Chase, rompiendo el silencio—. ¿Quién compuso la banda sonora?
—Ahora no, Chase, por favor —respondo, sin girarme—. Estamos en una morgue.
—Era por ambientar…
No pasa un minuto antes de que dos figuras crucen la puerta principal. Un hombre y una mujer. Poli malo y poli buena, se nota desde aquí.
Él es un tipo de pelo rapado y grandes entradas, de las que no se sabe dónde termina la frente y empieza la coronilla.
Tiene una mirada de «he tenido un día de mierda y solo quiero una cerveza en mi sillón».
Camina con las manos en el cinturón, como si estuviera en una película de Tarantino.
Ella es más joven, con una coleta bien sujeta y expresión neutral. Se nota que está harta de su compañero.
El poli malo me clava los ojos al pasar frente a nuestro coche. No dice nada. Solo me mira como si supiera algo. Luego sigue caminando hasta su coche patrulla sin girarse.
Ella, ni me registra. Profesional.
Se marchan. Y entonces vibra mi móvil. Hada. Quiere saber más. Hace medio minuto le escribí: MILLERASESINADO. Sí, parco incluso para mis estándares. Pero dejo que el timbre suene hasta que ella cuelga, porque en estos momentos veo salir por la puerta a Sarah Campbell y Tom Wayland.
Sarah no es la misma mujer que conocí ayer. Su porte sigue ahí, la compostura. Pero sus ojos han perdido el brillo, como si estuviera viendo todo a través de un cristal sucio. Ayer parecía una mujer que le plantaba cara al tiempo. Hoy, parece una anciana.
Por un segundo pienso en decirle lo que me dijo Elisabeth: que Anne está viva y que nunca volverá. Pero no. No es el momento. Un marido muerto es suficiente.
Tom camina a su lado, con las manos en los bolsillos, como un guardaespaldas en traje de abogado, justo al revés de lo que es en realidad.
Salimos del coche y nos acercamos. La tarde es clara y bochornosa, y el viento frontal llega tan caliente que seca los ojos.
Chase se queda un metro por detrás.
—Lo siento mucho, Sarah —digo. Suena forzado, como si las palabras no me pertenecieran.
Ella me mira. Sus labios se separan como si fuera a decir algo, pero los cierra de inmediato. Una breve inhalación, un temblor en los labios. Y entonces lo suelta:
—El contrato sigue en pie.
Me pilla completamente fuera de juego.
—¿Cómo dices?
—Joshua está muerto. Ya no tienes que encontrarlo.
—Su voz es un bloque de hielo, como si acabara de sellar un trato con el diablo.
Pero el temblor en las comisuras la traiciona.
El esfuerzo comienza a mostrarse, la fachada está a punto de desmoronarse—.
Te pagaré el doble si encuentras al hijo de puta que lo mató.
No espera respuesta. Se gira, abraza a Tom. No llora, pero respira como si le doliera. Tom le pasa una mano por la espalda, un gesto medido, sin cariño innecesario. Luego, ella se aleja sin mirar atrás. Se sube al Chevrolet y cierra la puerta.
«Para llorar a solas», pienso.
—¿Siempre es tan entrañable? —susurra Chase, lo justo para que solo yo lo escuche.
Tom suspira y se pasa una mano por el pelo.
—Os pongo al día rápido —dice—. Hace un par de horas, la policía llamó a casa de Sarah. Habían encontrado el cuerpo de Joshua. Querían hablar con ella, así que la llevaron a comisaría. Yo fui con ella.
Suena mal. Todo esto suena rematadamente mal.
—¿La arrestaron? —pregunto.
—No. —Hace un gesto tranquilizador con la mano—. Ni le leyeron los derechos. Solo «una charla informal».
—O sea que la interrogaron —matizo.
Tom asiente, resignado.
—Algo así. Le preguntaron si tenía una aventura con alguien.
—¿Por qué le preguntarían eso?
Tom se pasa una mano por la nuca.
—Sarah metió la pata —admite.
—¿Qué hizo?
Tom duda. Luego suelta el aire.
—Cuando le dijeron que Joshua estaba muerto, su primera reacción fue preguntar cómo lo habían asesinado.
Silencio.
—Pero ellos no habían dicho «asesinato», ¿verdad?
Niega con la cabeza. Parece sorprendido, como si la imagen de paleto que tenía de mí estuviese cambiando a mejor.
—Exacto. Solo dijeron que estaba muerto.
—Mierda —digo. Un resbalón verbal de libro.
—Y claro, la tienen en el punto de mira. Yo tuve un rifirrafe con ese imbécil —dice, refiriéndose probablemente al Clint Eastwood de pacotilla que vimos antes—. Casi llegamos a las manos.
—Creen que fue ella —interviene Chase, cruzado de brazos.
—«Demasiado pronto para descartar a nadie», dijeron. Muy diplomáticos.
—Qué previsibles. —Chase suelta un bufido—. Manual del poli rancio, página uno.
—Y hay más —añade Tom.
—¿Más?
Él evita mi mirada.
—Tom, dime la verdad.
Se moja los labios, como si le costara decirlo.
—La noche antes de que Joshua desapareciera… discutieron.
—¿Sarah y Joshua?
Tom asiente. Su voz baja un tono.
—Una pelea fea. Con gritos y todo. Una vecina los oyó desde el jardín y llamó a la policía. Para cuando llegaron, todo estaba en calma. Pero el informe quedó registrado. La agente encargada del caso me enseñó una fotocopia. —De inmediato pienso en la poli de la coleta—. «Procedimiento», dijo.
Por primera vez, Tom parece desbordado. Tiene el rostro enrojecido. Se pasa la mano por la boca y respira hondo. La compostura se le resquebraja a cada instante.
—Lo siento —dice—. Son momentos duros.
—Tranquilo. ¿Llegaron a las manos? —pregunto.
Tarda en contestar. Cuando lo hace, su voz ha perdido toda la formalidad de abogado.
—Sarah le abofeteó. Joshua respondió con un empujón y ella cayó al suelo. Por suerte, sin lesiones.
—¿Solo eso?
Se encoge de hombros y mira hacia el coche.
—Es lo único que ella ha querido contarme.
—¿Estaba borracho?
—No lo sé.
—Pero lo conocías, Tom. ¿Qué crees tú?
Suspira.
—Podría ser. Josh bebía más de lo que debía. Y en su sano juicio… ni de coña habría tocado a Sarah.
Asiento y sigo atando cabos en mi cabeza, sintiéndome como una botella en un mar enrabietado. Me esfuerzo por establecer alguna conexión:
Joshua discutió con su mujer. Luego apareció muerto.
Sarah fue vista en Brown Studios.
Joshua llamó a Thomas Brown. Había una historia entre ambos. Rencores, un expediente de acoso, un despido…
Un momento.
Me vuelvo. Sarah sigue dentro del coche.
Entonces recuerdo la sangre de la camiseta en la taquilla.
—Tom, ¿has visto el cuerpo de Joshua? —le pregunto.
Me mira como si acabara de preguntarle si el agua moja.
—Claro, a eso hemos venido aquí. A identificar el cadáver.
—Aparte del disparo, ¿tenía heridas visibles? En la cara, concretamente.
Tom se congela.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Tenía o no?
Por el rabillo del ojo, veo la sonrisa de Chase. Sabe por dónde voy.
—La nariz parecía rota —dice Tom—. Y el labio, abierto. Pero ¿cómo…?
—Encontramos una camiseta ensangrentada en su taquilla —le digo—. Alguien le golpeó antes de matarlo. Lo suficientemente antes como para que se cambiara de ropa, limpiara la sangre y desapareciera.
Tom deja escapar una risa seca, más de alivio que de diversión.
—Supongo que la policía cree que le dieron la paliza justo antes del disparo.
—Pero nosotros sabemos que no fue así —interviene Chase—. A Miller le pegaron uno o dos días antes. O bien se escapó, o aquello fue solo una advertencia. Se limpió, se fue… Y alguien lo cazó después.
Tom asiente, y sus ojos brillan un poco. Me ofrece la mano, sincero como pocas veces he visto en alguien con corbata.
—Gracias, Toni.
Detrás de él, en el edificio, veo movimiento. Elisabeth Miller está cruzando la puerta. Va sola. Cazadora cruzada al pecho, mirada baja. No me ha visto.
Suelto la mano de Tom.
—Tenemos que irnos —dice él—. Antes de que los periodistas nos caigan encima. Si esos carroñeros asocian a Sarah con el asesinato… su carrera está muerta.
—Lo entiendo —respondo.
Tom asiente y se aleja. Un minuto después, el Chevrolet se pierde entre las sombras.
Me quedo siguiendo a Beth con la mirada. Se mueve como una sombra.
—Toni —dice Chase, rompiendo el silencio. No ha reparado en ella—. ¿Nos vamos?
—No. Ve tú.
Ladea la cabeza.
—¿Te vas a quedar aquí a filosofar sobre la muerte?
—Nos vemos en casa, Chase.
—¿Debería preocuparme?
—No me jodas. Vete ya.
Chase me mira. Luego sacude la cabeza con una sonrisa torcida y se aleja con parsimonia y las manos en los bolsillos.
—¡Eh, Chase!
Se vuelve.
—Fue Horner —digo.
Su sonrisa se ensancha.
— Leyendas de pasión . La compuso James Horner. Una obra maestra.
—Esa era fácil —dice.
—Lo era.
Se pellizca la nariz y mira a Beth con disimulo.
—Ten cuidado.
El Porsche arranca con su rugido habitual. La ciudad se lo traga.
Yo acelero el paso.
Elisabeth está sola.
Y tengo demasiadas preguntas.