22
Chase está exactamente donde lo dejé, aparcado como un gato perezoso bajo la luz ámbar de la calle. Cuando abro la puerta del Porsche, suena la suave melodía de Paseando a Miss Daisy . Muy apropiado. Y muy poco Chase.
—No sabía que te iban las bandas sonoras —digo.
—Sí. A mi padre le fascinaban y me transmitió esa afición.
Algo me indica que he tocado una fibra sensible, así que me quedo callado.
—Os he visto a través del cristal —dice—. Está hecha un bombón vestida de groupie del Boss.
—Lo sé —respondo, y le paso una bolsa de plástico humeante con el logo del restaurante japonés—. Ramen para llevar. No digas que no te cuido.
—Vaya, gracias —dice, acomodando la bolsa entre sus pies. Abre un poco el nudo y aspira profundamente—. Uf. —Cierra los ojos y su expresión se transforma, hasta el punto de hacerme dudar si está teniendo un orgasmo—. Si esto fuera una droga, ahora mismo estaría en la tercera fase del nirvana.
Me mira como si le acabara de regalar un trozo de cielo.
—¿Y bien? —pregunta—. A juzgar por tu cara, no vais a casaros todavía. ¿Conseguiste algo útil, al menos?
—Molly va a intentar conseguir los informes internos de prensa del 2004.
Chase asiente. Arranca el Porsche, que responde con un rugido elegante y poderoso. En cuanto se incorpora al tráfico, toma dirección al puente de Manhattan.
—Respecto a los Brown… —dice, maniobrando—. El plan era pincharlos, ¿no? A ver si sangraban un poco.
—Exactamente.
—Pues enhorabuena.
—¿Por qué?
—Antes no he querido decir nada para no ponerte más nervioso, pero nos han estado siguiendo. Un Lincoln gigantesco.
Me pongo tenso. Giro la cabeza muy despacio, como si esperara ver el coche pegado a nuestra sombra.
—¿El conductor era calvo?
—Como una bola de billar recién encerada.
Mi mandíbula se aprieta por instinto. La imagen del gorila que me crucé en Brown Studios aparece nítida. Y encaja demasiado bien con la descripción del tipo que le dejó a Beth un ojo morado.
—Podría ser el perro guardián de los Brown. —Miro por el retrovisor, pero no veo nada sospechoso—. ¿Nos sigue todavía?
Chase agita la cabeza. No aparta los ojos de la carretera.
—Desapareció al doblar Bowery. Pero no soy idiota; seguro que sigue rondando. ¿Quieres que lo despistemos?
Pienso un segundo. El instinto me dice que corra; la estrategia, que me quede.
—No. Actuemos con normalidad. Solo hemos comprado comida. Nada que sugiera que estamos escarbando en el pasado de los Brown.
—¿Y ahora qué? ¿Casa, sofá y terapia con Netflix, entonces?
Pero el móvil vibra en mi bolsillo. Número desconocido.
Contesto. La sensación en el estómago no es buena.
—¿Toni Galán?
La voz me suena. Grave. Tensa. Pero no logro identificarla.
—Sí. ¿Quién habla?
—Soy Tom.
—¿Tom?
Chase me lanza una mirada fugaz mientras conduce.
—Tom Wayland. Nos conocimos ayer en casa de los Miller.
Ah. Claro. El abogado de acento impecable y humor de funeral. Mi pulcro secuestrador. Al teléfono suena apagado, casi… derrotado.
—Sí, claro. ¿Qué pasa, Tom?
La conversación dura menos de un minuto. Intento no parecer confuso mientras me habla. Cuando cuelgo, me apoyo en el salpicadero, sintiendo que me han arrancado el suelo bajo los pies. Tengo la mente completamente en blanco, como si se me hubiera ido la cabeza.
Chase lo nota enseguida.
—¿Qué ha pasado?
Me cuesta responder.
—Cambio de planes. —Trago saliva. Siento la lengua reseca—. Vamos a la morgue.
El Porsche aminora como si se negara a avanzar.
—¿Perdona?
—Han encontrado a Joshua Miller.
Silencio.
—¿Muerto?
Asiento, sin mirarlo.
—Dos disparos en el pecho.
Chase no dice nada. Solo sigue conduciendo. Exhala lentamente.
Dejo que mi mirada se pierda en el frente, en la ciudad iluminada al otro lado del puente.
El caso ha dado un giro.
Ya no buscamos a un desaparecido.
Ahora estamos cazando a un asesino.
La noche será larga.