21
La hora de la cena marca el final de nuestra visita al Chestnut Hill Retreat, y con ella se disipa cualquier posibilidad de seguir rascando recuerdos en la mente de Frank.
Él nos estrecha la mano con firmeza, pero no nos desea suerte.
En su despedida solo hay sarcasmo y un «que les den a los Miller y a los Brown».
Al darnos la vuelta, no puedo evitar la sensación de que nos observa, como una gárgola con la vista al infierno. No sé si es por nostalgia, desconfianza o una advertencia que no se ha atrevido a verbalizar.
De regreso al Porsche, me pregunto si Frank compartirá lo sucedido con alguien, tal vez con algún amigo con quien juega al ajedrez, o quizás con Susie. Luego me pregunto si eso tendrá alguna importancia.
El camino de vuelta a Nueva York tiene un sabor a digestión lenta. Chase guarda silencio, no porque esté enfadado, sino porque está procesando. Yo tampoco hablo. Me limito a enviar un mensaje de texto a alguien.
Por supuesto, acabamos rompiendo el silencio.
—¿Crees que podemos fiarnos de lo que ha contado el viejo? —pregunta Chase sin apartar la vista de la carretera.
—No lo sé. Pero es lo único que tenemos, y plantea más preguntas de las que resuelve. Eso también es información.
Chase asiente sin convicción. Poco después, acelera lo suficiente para que el Porsche emita ese rugido animal que tanto le gusta. Casi puedo sentir su testosterona disparándose por el habitáculo.
Me aferro al reposabrazos con la dignidad que me queda y mi mejor cara de póquer.
La tarde se va diluyendo. La oscuridad se desliza lentamente y alarga las sombras, como sucede en los cielos de verano en el campo.
—¿Y ahora qué, Colombo? —pregunta Chase.
—Tenemos que investigar la muerte de Ursula Brown. Me juego una ronda a que la desaparición de Joshua tiene todo que ver con eso.
—¿Y cómo hacemos eso? ¿Pedimos un milagro o invocamos a la Ouija?
La vibración del móvil en mi bolsillo corta la conversación como un bisturí. Lo saco y leo el mensaje. Es corto y preciso, pero suficiente para que mi pulso se acelere.
Me remuevo en el asiento.
—No voy a casa —digo al fin, tratando de sonar tranquilo.
Chase gira ligeramente la cabeza. Una ceja se alza por encima de sus Ray-Ban.
—Ajá… —dice—. ¿Y dónde te dejo?
—Washington Square. Ya te diré dónde parar.
Y sí, claro que siente curiosidad. Pero por ahora, decide no preguntar más. Lo que, en el lenguaje de Chase, equivale a confianza ciega… o a entretenimiento garantizado más tarde.
Llegamos a la hora en que la luz anaranjada se filtra entre los árboles, cubriéndolo todo con un velo nostálgico.
Washington Square respira con ritmo pausado: la fuente central murmura su canción hipnótica, ancianos juegan a las damas en bancos de piedra, niños con globos de colores gritan en estéreo y los músicos callejeros improvisan jazz con una despreocupación estudiada.
Es mi rincón favorito de la ciudad, la imagen de Nueva York cuando se toma su pastilla para la ansiedad.
Chase se inclina sobre el volante y levanta las gafas de sol.
—Ese cubo es una aberración visual —dice, señalando El Álamo , esa escultura negra que parece un dado gigante abandonado por Dios—. No entiendo por qué la gente insiste en empujarlo. Es como si tuvieran un TOC colectivo.
—Quizá sea una metáfora de la vida —comento, soltándome el cinturón—. Empujamos y empujamos, pero todo sigue girando en el mismo sitio.
—O tal vez solo es un cubo feo y la gente es idiota.
No voy a discutir eso. Bajo del coche y cierro la puerta.
—Espérame aquí. No tardaré.
—Disfruta de tu cita, milord —dice, apoyando un brazo sobre el volante como un príncipe del Upper East Side.
—No es una cita. Voy a recabar información.
Chase se ríe y sube la ventanilla. Toca la pantalla del móvil y, de inmediato, la música de Hans Zimmer retumba dentro del Porsche como si fuera la Batcueva. Los cristales vibran. Conversación terminada.
Cruzo la calle. El restaurante japonés está escondido en una lateral.
De los auténticos: con cocineros que no sonríen y camareros nativos que solo asienten con la cabeza; sin fotos en el menú, sin mayonesa sobre el sushi.
Solo mesas altas, taburetes sin respaldo y un menú en japonés que podría ser una amenaza nuclear camuflada.
El aire huele a soja, caldo dashi y vapor de arroz.
Odio estos lugares. Me recuerdan a aquel japonés en Madrid donde pedí natto para impresionar a una chica.
No sabía qué era. Para resumir: es soja fermentada con una textura entre el pegamento y los mocos de una babosa.
No sé qué fue peor, si el sabor o la cara de la camarera al ver que no podía ni tragarlo. La chica tampoco me volvió a llamar.
Entro. Casi todos los comensales son asiáticos. Bien. Desde la puerta, escaneo el local. La busco con la mirada. No está en ninguna de las mesas ni en la barra.
Nada.
Miro mi móvil para comprobar la hora. Estoy puntual.
¿Me ha dejado plantado?
No la culparía. Después de lo que pasó entre nosotros… yo tampoco me invitaría a cenar.
Estoy a punto de darme la vuelta cuando escucho un sonido que me hace volver la cabeza. Sutil, preciso.
Clac. Clac.
Palillos chocando como batutas.
Ahí está. Sentada contra la pared, observándome con esa media sonrisa suya que dice «qué tierno, pensaste que no vendría». Molly Dickinson. Pelo suelto detrás de las orejas, camiseta de Springsteen Born in the USA Tour ‘85 , vaqueros oscuros, zapatillas blancas. Parece sacada de un videoclip.
Me siento junto a ella. Está con unas gyozas , maniobrando los palillos como una forense con un bisturí. Yo reprimo el deseo infantil de coger dos palillos sin usar y ponérmelos en la boca, a modo de colmillos, como si fuera un león marino.
—No pedí nada para ti —dice, sin apartar la vista de la comida—. No tenía claro si te echarías atrás en el último momento.
—Gracias por la confianza. Bonita camiseta, por cierto —digo, y silbo por lo bajo—. Siempre me han puesto las rockeras.
Ella no contesta. Solo se lleva una gyoza a la boca. Un hilillo de salsa de soja le resbala por la barbilla. Es… visualmente estimulante. Me concentro en la carta para no parecer idiota.
—¿Sabes qué me sorprende? —dice, mientras se limpia con la servilleta.
—A ver.
—Que pensaras que aceptaría una reunión con tan poca antelación —dice, tapándose la boca con una mano.
—Sabía que vendrías. —Sonrío—. La curiosidad es tu talón de Aquiles.
Traga.
—Odio que me manipulen.
—A mí que me registren. Manipularte a ti sería como ponerle riendas a un tigre.
Primera sonrisa. Lateral. Más en los ojos que en los labios.
—Pídete algo —me ofrece, empujándome la carta.
—No tengo mucho tiempo —digo para hacerme el interesante. La realidad es que no hay nada en esa carta que yo pueda considerar comida de verdad.
—Pues dime, Toni. —Se limpia las manos y se vuelve hacia mí—. ¿A qué viene todo esto?
—¿Recuerdas a Ursula Brown? Murió en 2004.
Un nigiri de salmón se detiene en su camino hacia la boca.
—Recuerdo los titulares —contesta, engullendo el nigiri de un solo bocado—. Pero eso fue hace mucho. Estaba en el instituto. Supongo que tú también.
—¿Aún tienes contactos en tu periódico?
Molly me mira de reojo. Mastica. Traga. Bebe un sorbo de cerveza. No responde de inmediato.
—Depende de para qué.
—Alguien que estuviera allí en 2004. Que tenga información.
—Solo se me ocurre Gary Webber —responde tras pensarlo—.
Fue mi jefe durante muchos años. Un incompetente.
Lo bastante listo para saber que no era demasiado listo.
Si los médicos tuvieran tan poca idea de medicina como Webber de periodismo, hace tiempo que estaríamos todos muertos.
Pero es un buen hombre. Intercedió a mi favor cuando me echaron… por tu culpa.
Y ahí está. La estocada.
Se interrumpe para observar mi reacción. No es solo culpa lo que siento, es esa punzada aguda de saber que arruiné algo bueno. La confianza, cuando se rompe, es como porcelana que no puedes volver a pegar sin que queden marcas. Y con Molly, esas marcas siguen sangrando.
—¿Puedes ponerme en contacto con él?
Niega con la cabeza.
—Está retirado. Se compró uno de esos botes con cocina y baño y se mudó a Suffolk, donde lo tiene amarrado. Literal. Pero aún viene a la ciudad. A veces lo veo en el estadio de los Yankees.
—¿Te va el béisbol?
—Me vuelve loca. ¿Te sorprende?
—La verdad es que no. Casi puedo verte con la gorra, la camiseta de rayas… y una de esas manos gigantes de gomaespuma.
Ella sonríe, solo un poco. Pero lo noto. Aún está cabreada. Con razón.
—¿Había un tema? —pregunta, girándose hacia mí con esa mirada suya que atraviesa mentiras.
—Ursula Brown.
—Eso no es un tema, es pura hemeroteca.
—Llámalo como quieras. Necesito todo lo que puedas conseguir sobre su muerte: archivos, recortes, descartes. Lo que sea.
—¿Así, sin más?
—Sí.
—Vas en serio.
—Mucho.
—Ya veo. —Ella deja los palillos sobre el plato con mimo. Su tono se vuelve más serio—. Los Brown no son precisamente una ONG, Toni.
—No es la primera vez que lo oigo.
—Te gusta el riesgo, ¿verdad?
—Para nada.
—Supongo que tienes una buena razón para pedírmelo.
—Sí.
—¿Cuál es?
—Llámalo intuición.
Molly suelta una risa seca.
—Con qué convicción lo has dicho, hasta parece que te lo crees —responde con sorna.
—¿Qué pasa?
—¡Venga ya! O sea, que hoy te has despertado y te has dicho: «¿Por qué no pedirle a mi vieja amiga Molly que me consiga el informe periodístico del caso?». ¿Es eso lo que ha pasado, Toni?
—No.
—Entonces dime qué está pasando.
—No quiero involucrarte más de lo necesario.
—Demasiado tarde.
—Molly, solo necesito la información.
—¿Y yo qué gano?
—Mi eterna gratitud.
Ella pone los ojos en blanco.
—Ya la tuve una vez. Y me costó el trabajo.
Silencio. Durante un instante, solo se oye el chisporroteo de la plancha en la cocina y el murmullo de los comensales.
Molly se cruza de brazos y me mira con los ojos entornados.
—No pienso jugarme el cuello por ti otra vez —dice, firme.
—No te lo estoy pidiendo.
—Sí lo estás haciendo.
—Esta vez es diferente.
—Siempre dices eso.
—Molly…