20
—¿En serio es aquí?
Chase observa el caserón verde pastel con los brazos en jarra. Tiene esa expresión de «me están tomando el pelo». La casa está bien cuidada, rodeada de árboles y césped, pero nada puede disimular su verdadera esencia: sigue pareciendo un lugar donde uno viene a… marchitarse.
Una placa junto a la entrada dice: CHESTNUT HILL RETREAT .
Vuelvo a revisar la dirección en mi móvil. Respiro hondo.
—Eso parece —digo.
Chase me da dos palmadas en el hombro. Un gesto de pésame.
—Menuda pérdida de tiempo —murmura.
Hemos venido en su Porsche amarillo. ¿No lo había dicho?
Sí, tiene un Porsche. Y sí, es de color amarillo, como un grito de socorro.
Un imán para las mujeres, como si él necesitara ayuda.
Viajar con Chase implica aceptar ciertas reglas.
Una: durante todo el trayecto sonó Françoise Hardy y otros clásicos del pop francés a todo volumen.
Dos: Chase cantando en el idioma de Napoleón, creyéndose heredero directo de Piaf.
—Cuando entono así —ha dicho tras cantar Hymne à l’amour a pleno pulmón—, es como si la mismísima Edith estuviese en el coche con nosotros.
—Sí —he respondido—. Justo iba a comentártelo.
Cuando llegamos, el sol aún acariciaba el capó con destellos dorados.
Entramos.
Lo primero que ves en el vestíbulo de Chestnut Hill Retreat es un mural con un cielo azul radiante.
Sillones funcionales, suelos antideslizantes, flores frescas en un jarrón que marchitarán en pocos días.
Una intrigante metáfora de lo que sucede aquí.
Aun así, dentro de la pesadumbre inevitable que se siente en un lugar como este, hay algo en el aire.
Llámalo paz, tranquilidad o amor. Es el sonido amortiguado de las conversaciones, el murmullo de la televisión en la sala común, el repiqueteo de zapatos cómodos contra el suelo encerado.
De algún modo, me embarga una sorprendente sensación de refugio antibombas.
Solo que, en lugar de un bombardeo, de lo que se está a salvo en este sitio es del caos y la locura exterior.
Me digo a mí mismo que no me importaría acabar en un lugar así. Tal vez sea la intensidad del aroma a violetas, como ambientador de armario de abuela, pero hay algo en el aire que reconforta.
Detrás del mostrador, una joven nos sonríe con paternalismo.
No lleva bata ni uniforme médico: jeans negros y blusa blanca.
No parece haber llegado a los treinta años, y aunque nada en su aspecto sugiere que sea una profesional sanitaria, me recuerda a Jane Seymour en La doctora Quinn .
Me sorprende que no evalúe a Chase de arriba abajo.
Él también lo nota y su ego se tambalea.
Solo se me ocurren dos motivos: o la doctora Quinn es lesbiana, o aún queda un atisbo de esperanza en la humanidad.
Se presenta con un nombre que olvido al instante, pero lo hace con la familiaridad de alguien que no quiere parecer distante.
—Venimos a ver a Frank —digo.
—Ah, Frankie —responde ella, con la voz empapada de sirope—. Creo que está fuera.
Mira el reloj.
—El horario de visitas termina en diez minutos. Luego… hora de cenar.
Por supuesto. En estos sitios todo sigue un ritmo inamovible. A la hora de la cena, la cena. A la hora del descanso, el descanso. Como en una cárcel, pero con postres caseros y sonrisas cálidas. Ah, y sin pagar impuestos. ¿Quién da más? Casi me dan ganas de solicitar el ingreso.
—No tardaremos —aseguro.
Ella asiente y nos guía por un pasillo en penumbra hacia un jardín interior.
Un lugar tranquilo, cuidado, con sombrillas y mesas de madera.
La hierba está verde y bien cortada, como la de un campo de fútbol de primera, pero no puedo evitar fijarme en las huellas de las sillas de ruedas.
Algunos residentes disfrutan en silencio del aire fresco de la tarde.
La mayoría de ellos miran al infinito, con un tono de piel cercano al gris ceniza.
Una señora que hace punto nos saluda con una mano llena de anillos.
Le devolvemos la sonrisa y por un momento temo que Chase le guiñe un ojo por costumbre.
Frank está allí. Solo. Bajo un almendro.
Viste pantalón de pana, suéter gris y un gorro de tela gastado que le cubre la escasa cabellera blanca.
Lleva puestas unas gafas bifocales, demasiado grandes para su cara huesuda y arrugada.
Está inclinado sobre un portátil antediluviano, concentrado como si intentara entrar en Matrix.
Cuando se recoloca las gafas con el índice, como si eso fuera a mejorar su enfoque, noto un feo temblor en su mano. Tal vez sea Parkinson, aunque no soy un experto.
No nos ha visto.
—No sé qué esperaba —murmura Chase—, pero definitivamente no era esto.
La joven se aclara la garganta.
—Frank.
Nada.
Chase cruza los brazos, resignado. Ella golpea la mesa suavemente con los nudillos.
—Frank —insiste.
El viejo se sobresalta, como si le hubieran tirado un petardo junto al oído. Parpadea confundido. Nos observa.
—Frankie, estos caballeros han venido a verte.
—¿Quién de vosotros es Toni? —pregunta Frankie con voz de tubería oxidada.
—Yo —digo, adelantándome. Le ofrezco la mano, pero no me la estrecha—. Y este es Chase Donovan, mi… ayudante.
Chase se quita las gafas de sol y sonríe. Sus manos siguen en los bolsillos.
—¿Ayudante en qué?
Buena pregunta. No le había dicho a qué me dedico.
—Trabajamos para una agencia de investigación privada. Celebridades, estrellas de cine, actores… Venimos en nombre de Sarah Campbell.
Tras los anchos cristales, los ojos grises de Frank, cubiertos por una membrana casi líquida, brillan un poco.
—Déjanos, Susie —le dice a la joven, cuya paternalista sonrisa se ha vuelto algo insegura ahora.
—A ver, Frank… no sé si es buena idea…
—Nada de a ver, Frank —gruñe él, agitando una mano hinchada y temblorosa—. Por una vez quiero hablar con quien me dé la gana. Vamos, déjanos de una maldita vez.
Ella duda, sonríe de forma incómoda y se retira unos metros, quedándose vigilando desde la sombra del edificio. Profesional, pero sin pasarse. No puedo culparla.
—Es un encanto —dice Frank, con una sonrisa trémula—. Pero, por primera vez en mi vida, puedo mandar sobre una mujer y pienso usar esa ventaja antes de que me planten flores.
Se gira hacia Chase.
—¿Cómo dijiste que te llamabas, muchacho?
—Chase. Chase Donovan.
Frank le echa un vistazo, sin disimular.
—Se ve que vas al gimnasio. Si yo hubiera tenido esa cara y esos brazos en mis tiempos, no habría hecho otra cosa que meterla.
Se me escapa una sonrisa.
—Usted y yo nos habríamos llevado bien —responde Chase.
Voy al grano.
—¿Es usted Verdad Subversiva?
Frank se señala el pecho con el dedo índice.
—La única, original y no pirateada. ¿Qué queréis saber? —Mira su ordenador como si fuera la piedra filosofal—. El mundo está lleno de idiotas que piensan que la información está en las noticias. La verdad, muchachos, está en la red. ¿Qué puedo hacer por vosotros?
Nos sentamos frente a él. Siento que el aire cambia.
—Queremos preguntarle por Ursula Brown.
—Ah… la reina trágica de Hollywood. —Sus ojos brillan un instante—. ¿Ha venido?
Chase y yo cruzamos miradas.
—No, señor.
—Creí que había muerto.
—Así es —digo—. Leí su blog. Hablaba de su muerte como si hubiera algo raro en ello.
Frank parpadea. Su atención se dispersa un segundo hacia el muro.
—No fue tan misteriosa. Yo estaba allí. Pero…
—¿Pero qué?
Él me estudia. Busca algo en mi cara. Tal vez duda de si confiar.
—¿A qué has dicho que te dedicas?
—Investigador privado.
Otra chispa en sus ojos.
—Ah, sí. Lo dijiste. Trabajas para Sarah Campbell.
—Exacto.
Una sonrisa le asoma. Le faltan piezas, pero conserva el sarcasmo.
—Qué ironía. Después de tanto tiempo, el detective de Sarah Campbell viene a buscarme.
—¿Tanto tiempo desde qué?
Y entonces su rostro cambia. La sonrisa se apaga. Y con ella, el brillo en sus ojos.
—Aquí nadie lee mi blog. Ni siquiera saben que escribo —se lamenta Frank, bajando la voz—.
Susie y los demás me tratan bien, no me falta de nada.
Pero para ellos solo soy un viejo arrugado más.
Hacedme caso: cuando llegas a viejo, lo mejor es morirse.
Te vuelves invisible. Y creen que no recuerdas nada.
Bueno, vale, no sé ni qué comí hoy. Pero os juro que sí recuerdo lo que pasó aquella mañana en casa de los Brown.
—¿Y qué pasó? —pregunto, inclinándome un poco.
Frank se recuesta, junta las manos sobre la barriga.
—Os contaré una historia.
—Genial —murmura Chase, poniendo los ojos en blanco—. ¿Preparado para una batallita del abuelo?
—¿Qué ha dicho? —salta Frank, frunciendo el ceño.
—Nada —me adelanto—. Siga.
—Yo antes era periodista —dice Frank, sacando pecho como si se ajustara una medalla invisible.
Chase suelta una risita.
—¿Paparazzi?
Frank golpea la mesa con la mano.
—¡Periodista independiente! No uno de esos buitres que se cuelgan de los vestidores de los famosos. Yo buscaba la verdad. Sin filtros.
—Por supuesto, Frank —dice Chase, alzando las manos en señal de paz.
El anciano resopla y se recoloca las gafas.
—En aquellos años ya tenía mi blog. Me especialicé en los trapos sucios de la industria. Investigué a los Brown porque había… ruido. Ursula no estaba bien después del accidente. Lo del bebé la partió por dentro. Así que esa mañana estaba allí, apostado frente a la finca. Iba a ser mi gran trabajo.
—¿Qué tipo de ruido? —pregunto.
Su voz adquiere un tono conspirador.
—La estaban perdiendo. Cayendo a plomo. Cerraron contratos, se recluyó, desapareció. Seguía en terapia, sí, pero la cosa no mejoraba.
—Y entonces se quitó la vida —murmura Chase.
Frank asiente, lentamente.
—Una mañana de verano, en la quietud de un vecindario amodorrado. Y de pronto… bam . Todo terminó.
Una punzada helada me recorre el cuello al ponerme en la piel de esa mujer.
Hasta ahora no lo había hecho porque ni siquiera le ponía cara; no era más que una mujer que murió hace muchos años, como cuando se habla de los muertos de la Guerra de la Independencia o de la Primera Guerra Mundial.
Son números sin rostro, sin nombre, sin alma.
Pero, ahora que oigo la historia de los labios de Frank, puedo sentir la desesperación de Ursula.
Comprendo que tirara la toalla; es normal.
Todo lo que tenía —belleza, amor, futuro— desapareció en un segundo.
La vida la aplastó. Y nadie pareció frenar la caída.
Pero entonces recuerdo lo que escribió Frank en su blog. Estaba esperando el momento preciso para mencionarlo.
—Eso encaja con la versión que corrió por ahí. Pero no es la oficial, ¿verdad? Usted dijo que un actor de renombre encontró el cuerpo.
Frank sonríe de lado, casi con sorna.
—¿Me preguntas si fue verdad?
—Exacto.
—Yo mismo lo vi —dice, sin rodeos—. Llegó, cruzó la verja. La puerta estaba abierta. Entró. Salió al cabo de unos minutos, blanco como el mármol. Caminó hasta mitad de la calle y se quedó allí, en shock. Ni me vio, tan conmocionado estaba. Luego, se largó corriendo.
—¿El actor que encontró el cadáver? ¿Quién era?
Frank no responde de inmediato.
—Joshua Miller.
Aunque en algún lugar dentro de mí esperaba esa respuesta, el nombre cae como una piedra en un charco. Las ondas se expanden.
—Miller —repite Chase, incrédulo.
Frank nos escanea con sus ojos lechosos. Me pregunto qué están viendo en realidad.
—Habéis venido por él, ¿a que sí? Leí la noticia. Supe que estabais investigando en cuanto os vi. Estoy conectado —dice, mientras da un golpecito al portátil, como si fuera un dispositivo alienígena capaz de revelarle los secretos del universo.
Tomo aire y trato de reorganizar mis ideas.
—Joshua y Thomas se odiaban —comento.
Frank emite un bufido desdeñoso.
—Los gloriosos Miller y Brown, las dos caras de la misma moneda podrida. Siempre compitiendo, siempre dándose puñaladas. Uno caga oro, el otro mea colonia, pero si comen frijoles, se tiran pedos como todo hijo de vecino.
Su comentario me hace sonreír.
—¿Qué hacía Miller en casa de los Brown?
—Ah, amigo… —Frank levanta una ceja—. Esa es la pregunta del millón.
—¿Está seguro de lo que vio? —insiste Chase, tenso.
—Llevo décadas informando sobre esta industria. No soy un aficionado. Vi lo que vi.
—Pero nunca se supo —digo.
—¿Y por qué crees que no se supo? Los Brown eran… son… intocables. El viejo Theodore puso en marcha su maquinaria y compró a todos. Dinero. Silencio. Miedo. Para el mundo, Ursula murió de un infarto. Y Joshua Miller jamás estuvo allí. Fin de la historia.
—Conveniente —comenta Chase, cruzándose de piernas.
—¿Lo amenazaron a usted?
Frank se pasa la lengua por unos labios resecos y agrietados y nos muestra la mano izquierda. Una mano sin dedo meñique.
—Fueron un poco más allá.
El silencio que sigue es pesado.
—¿Y por qué contarlo ahora? —pregunta Chase.
—¿Qué van a hacerme? ¿Esconderme los laxantes? —suelta una risa que se convierte en tos.
—Tiene su lógica —dice Chase, frotándose la barbilla.
Oigo pasos detrás. Susie está reuniendo a los residentes para la cena. Nos mira, preocupada.
Pero Frank aún no ha terminado.
—Pero eso no es todo —dice, recuperado de su breve ataque, con una sonrisa que me hiela la espalda.
—¿No?
—El misterio sigue sin resolverse. ¿Cómo murió realmente Ursula Brown?
—Infarto —responde Chase. Luego, adoptando el tono de un presentador de un programa de sucesos—: O suicidio.
La teoría favorita de los cotillas. ¿Por qué se quitó la vida?
¿La maltrataba su marido? ¿Es Thomas Brown uno de esos hombres?
No es de extrañar que quisieran evitar toda esa polvareda infecta.
Frank niega con la cabeza.
—Tonterías. Palabrería barata.
—Entonces, ¿qué cree usted? —pregunto.
Frank ladea la cabeza.
—No lo sé. Yo estaba fuera. Pero os diré algo. —Vuelve a humedecerse los labios—. Si Ursula murió de un infarto o se suicidó… ¿qué demonios hacía Joshua Miller dentro de esa casa?
Se reclina en el banco y cierra los ojos, como si ya no necesitara decir nada más.
Un escalofrío me recorre el cuerpo. No hay duda de que me han dado más que algo en qué pensar. Una nueva perspectiva.
Joshua Miller. Un actor caído en desgracia, acusado de acoso. Vetado por los estudios. En guerra abierta con Thomas Brown. Se cuela en su casa una mañana de 2004 y Ursula aparece muerta.
Veinte años después, llama a las oficinas de Thomas. Luego desaparece, dejando una camiseta ensangrentada, llevándose la pistola y el dinero.
Demasiadas coincidencias.
¿Tuvo algo que ver con lo que ocurrió en Venecia?
Miro a Frank.
Miro a Chase.
Oigo los zuecos de Susie, amortiguados por la hierba, acercándose para llevarse al anciano. Y me hago la pregunta que me acompañará el resto del día, como una sombra maldita:
¿Fue Joshua Miller un testigo… o el verdugo de Ursula Brown?
Y si fue lo segundo… —pienso en la amenaza del dibujo infantil en la nevera de Elisabeth—, ¿quién demonios se está asegurando de que nunca lo descubramos?