19
—¿Y qué demonios has conseguido exactamente yendo a ese nido de víboras? —pregunta Chase.
—Dos cosas —respondo, mientras avanzamos entre verde y acero—. Una, confirmar que los Brown esconden algo. Ahora sé que sí. Y lo esconden mal.
Estamos en el High Line. Esa serpiente verde que se arrastra por Manhattan entre edificios que parecen escapar del suelo.
Un paseo elevado a varios metros del asfalto —por donde antaño pasaba la vía ferroviaria— que hace las delicias de los vecinos y se ha ganado un puesto de honor en las guías de viaje de la ciudad.
Se ha convertido en terapia, rutina y refugio.
Al principio, era una estrategia: ejercitar la pierna sin que mi fuerza de voluntad se pegara un tiro.
Chase se ofreció como apoyo logístico. Yo acepté, pensando que duraría una semana.
Pero resulta que caminar entre plantas y rascacielos, acompañado de un tipo que se cree más listo que el alcalde de Nueva York, tiene su encanto.
Y hasta relaja. A veces. A mí, al menos.
¿Chase estresado? Tal vez algún día; permanezcan conectados.
Él camina como si el mundo estuviera hecho a su medida.
Yo arrastro ligeramente la pierna, sin que me importe.
A estas alturas, mi cojera ya es parte del paisaje.
Intercambiamos ideas, teorías y chistes malos mientras el sol se filtra entre los edificios como si también estuviera buscando respuestas.
—¿Y de dónde sacas eso? —me suelta sin apartar la vista del frente.
En realidad, sus ojos no están en el frente.
Están… evaluando. Explorando. Escaneando a cada runner en mallas que pasa por nuestro lado.
El parque, a la hora del almuerzo, es una pasarela de cuerpos en movimiento.
Ellas van concentradas, con sus AirPods y su respiración medida.
Hasta que se cruzan con Chase. Entonces ocurre la magia: él les lanza esa sonrisa suya de «nuestros hijos serían guapísimos».
Algunas le devuelven la sonrisa, otras, las más atrevidas, incluso giran la cabeza después de pasar.
Algún día, Chase va a provocar un atropello.
—Mentiras descaradas, evasivas torpes… y risas incómodas —digo.
—¿Risas? ¿Ese es tu indicador de culpabilidad? Joder, Toni, yo me río cuando estoy nervioso —dice, a la vez que sus ojos persiguen a una belleza pelirroja de mejillas sonrojadas.
El sol está casi en su cénit, y el calor hace que su frente brille por el sudor. A diferencia de los demás, en Chase tiene un efecto salvaje e intrépido, casi como cuando un joven Harrison Ford cruzaba el desierto en la trilogía de Indiana Jones .
—Risas, sí —contesto.
Sobre todo, la de Randy al despedirse. Esa sonrisa me ha perseguido todo el camino de vuelta.
O la de Thomas, mucho más fría, sabiendo que yo conocía la complicada situación ocurrida muchos años atrás entre él y Joshua Miller.
Como si una parte de él estuviera calculando si mandarme flores o un sicario.
Chase se ríe.
—A veces, el instinto grita más alto que las pruebas —le digo.
—Claro que sí, Obi-Wan. ¿Qué opina Yoda de esto?
—Tú no estabas allí. No viste cómo se miraban, cómo carraspeaban, cómo evitaban mi mirada. Esos dos ocultan algo.
Me llevo la mano a la nuca. Me arde.
—Son productores y mueven millones de dólares —dice Chase—. Viven de ocultar cosas. Está en la descripción del puesto.
—¿Así que tú también crees que los Brown pueden estar involucrados?
—Es posible. Solo mencionar a esa familia ya me da sarpullido.
Caminamos hacia la salida de la Décima con la Calle 30.
Allí nos espera el Old Tree , esa escultura con forma de árbol deshojado elevado a arte contemporáneo.
Un delirio rosado que parece más un espejismo salido de un sueño ácido que una instalación artística, y que fascina a turistas y confunde a neoyorquinos.
—Mira eso —dice Chase, señalando la cola de gente para hacerse selfies—. Todos queriendo posar con el árbol de goma gigante como si supieran lo que representa.
—¿Quién no quiere una foto con una alegoría de la confusión cultural y el consumo?
—A mí dame un kebab y un banco a la sombra. Mucho más significativo.
—¿Quieres saber cuál era mi segunda razón para visitar a los Brown?
—Dale.
—Remover el avispero. Ver qué sale volando.
Chase sonríe. La idea le excita.
—¿Y ahora qué, maestro Jedi?
Estoy a punto de contestar cuando mi móvil vibra. Un correo electrónico acaba de aterrizar en mi bandeja de entrada.
De Verdad Subversiva.
Me detengo en el acto. Mis dedos tiemblan de emoción cuando accedo y lo leo.
Mejor hablemos en persona. ¿Puedes ahora? Me llamo Frank.
El escueto mensaje viene acompañado de una dirección. Eso es todo.
—¿Qué te pasa? —pregunta Chase, al ver que me quedo en silencio—. Parece que has visto a tu suegra resucitada.
—Es de Filadelfia.
—¿Filadelfia? —repite Chase, arrugando el ceño mientras deambula a mi alrededor como un moscardón—. ¿Ese bloguero vive en Filadelfia?
Sigo mirando la pantalla, esperando algo más. Una posdata. Un «PS: trae cerveza». Algo.
Pero no llega.
—Parece que sí.
Chase suelta una carcajada y me da una palmada en la espalda.
—La buena noticia es que te han citado en la ciudad del amor fraternal. La mala es que sigue siendo Filadelfia.
No le respondo. El mensaje es demasiado escueto para mi gusto. Ni una pista sobre lo que sabe. Ni un indicio. Solo el lugar y el nombre. Lo suficiente para encender todas las alarmas.
¿Tiene miedo? ¿Está protegiendo algo? ¿O solo es un paranoico más con complejo de mártir?
Levanto la mirada. Chase sigue observándome, con ese brillo en los ojos que mezcla lealtad y ganas de aventura.
—¿Vamos a ir? —pregunta.
—¿«Vamos»? —Levanto una ceja.
—No te pienso dejar solo en esta mierda, escritor. Además, tengo una deuda pendiente con una cheeseburger de allí. Y con una camarera, si no recuerdo mal. No he estado en Filadelfia desde aquel viaje de borrachera en la universidad.
—¿Y recuerdas algo de ese viaje?
—Casi nada. Pero me hice una foto con la estatua de Rocky. Eso ya es historia.
Resoplo, aún procesando la información. El sol nos golpea la espalda mientras retomamos la marcha hacia el sur.
Siento que las piezas del puzle se agitan.
Los Brown. Joshua Miller. La sangre. La nota de amenaza.
Anne Miller. Sarah. El ataque nocturno a Elisabeth.
Y ahora, este tal Frank, alias Verdad Subversiva.
No sé si nos dará respuestas.
Pero es la única pista que tenemos.
—Nos vamos a Filadelfia —digo.
A Chase se le ilumina la cara como a un niño al que acaban de prometer un día entero en Disney World con barra libre de helado.