18
—¿A qué ha venido eso?
Thomas se ha detenido en seco, como si el suelo de sus propias oficinas hubiese dejado de parecerle confiable. Mi pregunta le ha hecho más daño que una portada en Variety con un titular tipo: «El imperio Brown se desmorona».
¿A cuántos de ellos despidió en el pasado, teniendo que enfrentarse a un proceso judicial?
Aprieta los labios. Dos líneas blancas desaparecen bajo su barba rubia, ahora más nieve que oro. El golpe ha entrado.
La información me la había pasado Hada esta misma mañana, mientras se ajustaba las gafas y me confirmaba la cita.
El dato era potente: Thomas y Joshua no siempre habían sido enemigos.
En 2004, cuando Joshua brillaba y Thomas apenas salía del cascarón, compartieron más de una copa en público. Risas, flashes, promesas.
Ese año, Brown Studios apostaba fuerte con Venetian Lies , un drama de espías con presupuesto obsceno. Miller era la estrella. El salvavidas de su carrera y el escaparate ideal para Brown como nuevo CEO en prácticas. Todo iba bien. Hasta que dejó de hacerlo.
Cuarta semana de rodaje. Venecia. Una actriz secundaria, apenas diecisiete años, denunció a Miller por acoso e intento de violación. Él lo negó. No llegó a oler la historia, pero dentro del estudio fue un incendio forestal.
Thomas no se quedó de brazos cruzados. De hecho, fue el que avivó las llamas. Presionó. Exigió que el rodaje se cancelara. Para Miller, aquello fue una puñalada por la espalda. La traición definitiva.
Al final, fue el patriarca, Theodore Brown, quien resolvió la situación a la vieja usanza: un acuerdo silencioso con la familia de la chica. Miller abandonó el proyecto. Sin cobrar. Sin defensa. Y con su reputación colgando de un hilo en llamas.
Fue una humillación pública para Miller, que desapareció de los focos durante meses.
Nunca se habló más del caso. Pero Hollywood no olvida. Y Joshua, cuyo prestigio había caído al barro… menos.
Ahora, años después, yo se lo he soltado a Thomas en la cara. A solas. Lejos de la sonrisa tiburón de Randy. Y he observado.
—Solo intento entender qué demonios pasó para que Joshua desapareciera así, sin más —le he dicho.
—No se le escapa una, ¿eh? —ha respondido, con esa mueca de aristócrata molesto que no puede permitirse demostrarlo.
—¿Va a decirme de una vez por qué le llamó Joshua justo antes de esfumarse? ¿O seguimos bailando?
—Rivales, Galán. No enemigos. —Su tono era más catedrático que defensivo—. En esta industria, todos somos rivales de todos.
—Vaya. Pensaba que Hollywood era todo amor, palmaditas y discursos de agradecimiento.
Thomas ha chasqueado la lengua como si intentara explicarme que dos más dos son cuatro.
—Eso es en las alfombras rojas, frente a las cámaras. Tras bambalinas, es otra historia.
—¿Podría haber sido la llamada de Joshua una oferta de paz? ¿Un último intento de enterrar el hacha?
Thomas ha negado con la cabeza.
—Miller no hace concesiones. Lo de Venecia fue brutal. Me culpó, sí. Pero yo solo hice lo correcto al apoyar a la chica. Y volvería a hacerlo.
A través del ventanal del pasillo, el sol le perfilaba la cara como si estuviera en su propio biopic . Tras la pausa, sigue hablando:
—De niño soñaba con ser actor. Me encantaba ver a las estrellas desfilar por los estudios. Me apunté a clases. Hice mis pinitos. Y luego aprendí algo que nunca olvidé.
—No me diga. Vaya, eso no lo veía venir. Y ahora en su papel de villano de la industria, ¿diría que está en su mejor interpretación?
Él, ignorando mi evidente sarcasmo, ha asentido.
—Diga usted lo que quiera, no va a conseguir provocarme.
En clase me enseñaron que cada hombre tiene un papel en esta vida.
El abogado debe ser frío. El jefe de seguridad, un ogro.
El responsable de comunicaciones debe saber seducir y tener don de gentes.
Y el presidente… el presidente debe carecer de escrúpulos.
Un líder complaciente sería tan peligroso como un necio valiente.
Es algo que aprendí de mi padre y que me ha llevado a donde estoy ahora.
Personalmente, duermo muy bien por las noches. No sé si Miller podría decir lo mismo.
Lo observé mientras hablaba. Intentaba leer algo detrás de sus gafas, de la barba bien recortada. ¿Decía la verdad? ¿Fingía? ¿O había dicho tantas mentiras que ya ni lo distinguía?
—Pero ya no importa —ha concluido, quitándose el peso de encima con una sacudida de hombros—. Como le he dicho, no contesté su llamada. No imagino lo que tenía que decirme. Y no quiero saberlo, sinceramente, a sabiendas de cómo han evolucionado los acontecimientos.
Quizás sea cierto. Thomas es bueno ocultando lo que le incomoda. O quizás es un maestro en reescribir la historia para que encaje con su narrativa. Pero una cosa está clara: no me creo que aquella llamada no significara nada.
Después de veinte años, ¿Joshua Miller llamando a su peor enemigo justo antes de desaparecer?
Tal vez no estaba pidiendo ayuda.
Tal vez le estaba advirtiendo de algo.
O quizás se trataba de su última amenaza.