17 #3
Dejo que el silencio flote un poco, que la afirmación repose.
A la gente le incomoda el silencio, y cuando eso ocurre, tienden a rellenarlo.
Es un viejo truco de la policía que aprendí durante la documentación de una de mis novelas policíacas: no decir nada y dejar que caven sus propias tumbas con explicaciones no solicitadas.
Pero los grandes empresarios no son criminales, al menos no de nivel bajo; por lo general, son lo suficientemente astutos como para saber que deben mantener la boca cerrada.
En este caso, no hay parpadeo nervioso ni desvío de mirada.
Si Thomas está mintiendo, lo hace muy bien.
Sin embargo, hay algo en su actitud que me hace pensar que oculta más de lo que admite.
Hago girar la cucharilla dentro de la taza, despacio, dejando que el sonido metálico llene el aire como una cuenta atrás.
—¿Y Sarah Campbell?
Thomas se reclina. Esa pose suya de emperador cansado del mundo.
—¿Qué pasa con ella?
—Se reunió con usted. Aquí. Hace poco.
—Está bien informado.
—Gracias, lo intento. —Sonrío con mi rostro de falsa humildad. Hasta me abstengo de pestañear—. Me preguntaba si su encuentro tuvo algo que ver con la desaparición de su marido.
Thomas no responde de inmediato. En cambio, observa la mesa de cristal como si allí estuviera reflejada la mejor respuesta.
—Sarah es una actriz con talento —dice finalmente—. Y un nombre que aún tiene peso en esta industria. Hablamos de negocios.
—Negocios —repito, sin molestarme en disimular mi escepticismo—. ¿Negocios que incluyen la desaparición de su marido?
Thomas frunce los labios. Luego pasa el dedo por el borde de la taza como si limpiara una mancha invisible.
—Negocios que incluyen una oferta profesional —dice con sequedad—. Pero si quiere seguir con la novela conspiranoica, le recomiendo Amazon.
—El caso es que Sarah me dijo que vino a preguntarle por Joshua. Y es curioso, porque, por su reacción cuando le he comentado la desaparición, es como si no supiera nada… o no quisiera admitirlo.
Randy se ríe de nuevo, esta vez con ese tono burlón de niño rico en colegio privado.
—Tío, de verdad. Nos encanta que vengas aquí a jugar a Sherlock. Pero estás perdiendo el tiempo —dice, aún con esa sonrisita repugnante—. Joshua siempre está metido en mil líos. Si desapareció, probablemente fue porque se lo buscó.
—¿Eso cree?
Pruebo un poco más de café. Entra muy bien.
—Sé cómo es esta industria. —Se encoge de hombros—. He visto devorar a tipos mucho más listos que él. Aquí todo el mundo debe algo a alguien. Y las deudas, tarde o temprano, se cobran.
—Filosofía de tiburón. Interesante. —Dejo la taza. La porcelana contra el cristal suena como un punto final—. Una última cosa: ¿saben quién es Anne Miller?
Randy se recoloca, su butaca emite un crujido. Thomas, sin embargo, se mantiene impasible como una estatua de mármol.
—La hija de Joshua, claro.
Miro a ambos a los ojos.
—Desapareció en 2010. Tenía cinco años.
—Sí… recuerdo haber oído la terrible noticia. —De nuevo habla como un político. Entrañable—. ¿Por qué lo pregunta?
—Pura curiosidad.
Apuro el delicioso café de un sorbo y me levanto. Les estrecho la mano. La de Randy sigue desagradablemente húmeda.
—Gracias por su tiempo.
Los dos hermanos intentan no mostrar demasiado asombro por mi repentina retirada. Se levantan conmigo.
Randy da un paso al frente con esa forma de moverse, como si estuviera en una película de Scorsese y quisiera que todos supieran que es el tipo más duro de la sala.
Se inclina apenas, lo justo para quedar a mi altura.
Sonríe. Una sonrisa oscura, de esas que solo tienen dos opciones: esconder un chiste o un cuchillo.
—Galán —dice, y baja la voz—. Cuidado con las preguntas que va haciendo por ahí. No todo el mundo aprecia su sentido del humor.
El tipo es un idiota. Pero un idiota que juega a algo que aún no entiendo.
Yo opto por la vía del humor:
—¡Afortunadamente!
En una competición de falsedad, Randy ríe conmigo, dejando esa sonrisa suya, burlona y siniestra.
Me alejo cojeando hacia la salida. Siento sus ojos clavados en mi espalda. Oigo una carcajada contenida y compartida, pero no me vuelvo. No les concedo eso. Y deseo fervorosamente que la codorniz escabechada se les atragante.
Pero Thomas se me acerca, silencioso, como una sombra con zapatos de piel italiana. Apoya su mano en mi espalda; un simple roce que siento hasta en la médula.
—Le acompaño hasta la salida —se ofrece. Aún sonríe cuando empuja la puerta y me deja pasar.
El pasillo nos recibe con la luz del día. Solo se oyen nuestros pasos. Nada más. Estamos solos.
—Curioso —murmuro.
—¿Qué?
Es el momento de borrar cualquier atisbo de cachondeo de su cara.
—Que no le devolviera la llamada a Miller.
Él levanta las palmas hacia arriba y deja escapar un suspiro de cansancio, como si cargara sobre sus hombros con todas las responsabilidades del mundo.
—Recibo decenas de llamadas al día. No puedo atender a todos personalmente.
Asiento, sin prisa.
—Claro, lo comprendo. Pero… —Camino un par de pasos más, dejando que el silencio pese—. ¿A cuántos de ellos despidió en el pasado, teniendo que enfrentarse a un duro proceso judicial?
El chasquido seco que emite al tragar saliva es más elocuente que cualquier respuesta.