17 #2
—¿Se queda a comer? —me ofrece Thomas—. Codorniz escabechada. Un plato exquisito.
—No, me iré enseguida.
—Como quiera. —Thomas hace un gesto descuidado—. ¿Nos sentamos?
Los tres nos acomodamos en la primera fila de butacas, frente a la mesita.
Thomas, en el medio, por supuesto. Me ofrece café y acepto.
Randy no pierde tiempo y se vuelve hacia la puerta por donde yo acabo de entrar.
Una mujer latina aguarda con las manos detrás de la espalda, tan discreta y sigilosa que ni siquiera me había percatado de su presencia.
— Café para tres, porrr favorrr —ladra Randy con un acento ridículo, arrastrando las erres como un turista borracho en Tijuana. No sé si lo hace para impresionarme o para dejar claro que, aquí, él puede burlarse de quien quiera.
Decido que puedo dejarme de bobadas y comenzar a odiar a Randy ya mismo.
El café llega en menos de un minuto, lo que me hace pensar que ya lo tenían preparado.
Una mujer latina lo trae en un carrito con ruedas y llena las tres tazas tras preguntar si lo queremos con leche o azúcar.
Todos lo tomamos solo. Thomas, sin azúcar; un tipo duro.
Randy, por el contrario, vacía en su taza el contenido de dos sobrecitos, aunque algo me dice que, de no estar yo delante, se echaría algo más cargado.
La sirvienta desaparece y, luego, el propio Thomas me acerca mi taza. Casi me dan ganas de pedirle que antes me invite a cenar. Aunque, siendo él, seguro que luego me pasaría la factura.
—Deje que le agradezca su interés en nuestra próxima película —dice, envolviendo su taza entre ambas manos—. Será un placer leer su crítica en internet.
Asiento lentamente y con expresión neutra; de lo contrario, se notarán mis ganas de sonreír. Esta mañana, cuando Hada me ha confirmado la cita en Brown Studios, le he preguntado cómo la ha conseguido tan rápido.
—Tendrás que escribir una buena columna sobre su próximo lanzamiento en el blog.
El blog. O lo que es lo mismo, esa web de aficionados que un día abrí para mantener vivo el nervio de escritor y en la que hace semanas que no cuelgo nada.
Ni siquiera mis padres lo leen. Pero, al parecer, Hada es buena vendiendo hielo a los esquimales.
Hace tiempo que no le pregunto cómo se las apaña.
Se me acaba de ocurrir que, además de la crítica para Thomas Brown, podría alimentar el blog con un artículo divertido sobre la señora Eleanor Feldman y su perro, Sir Fluffington.
—Bien, Toni, ¿en qué podemos ayudarlo?
—¿Pueden presentarme a Demi Moore? —pregunto.
Los hermanos se quedan petrificados por un momento, se miran el uno al otro y luego estallan en una carcajada. Sus risas son tan sinceras como los implantes de una modelo. La de Randy, sin duda más exagerada, suena a algo que necesita medicación urgente.
Mientras se recomponen, bebo un sorbo. ¡Ostras, esto sí es café, y no lo de aquel establecimiento! Un café para exquisitos, auténtica ambrosía líquida. Nunca he probado uno igual y no sé si podré volver a tomar mi café de mortal después de esto. Está claro que los ricos tienen sus trucos.
—Demi no trabaja con nosotros —dice Thomas—. Pero puedo conseguirle un autógrafo de Al Pacino, si me dice a qué ha venido en realidad.
Hago girar la taza entre mis manos y ataco sin rodeos:
—Me conformo con un poco de información sobre Joshua Miller.
Y ahí lo tienes. La atmósfera cambia como si alguien hubiera cerrado una ventana de golpe.
Las carcajadas se reducen a risitas antes de desvanecerse como el final de una canción pop.
El rostro de Thomas se ensombrece ligeramente hasta adoptar una expresión pétrea.
Comienza el combate. Randy, sin embargo, deja escapar una risita corta y nerviosa, como si se hubiera atragantado con su propio ego.
—Oh, Joshua —reacciona este—. Claro, claro. El tipo ese… el que se parecía a un extra de Breaking Bad , ¿no?
Me doy cuenta de que Thomas posa una mano en la rodilla de su hermano. Luego, apoya la taza en el reposabrazos de la butaca y me observa con esa mirada de lobo alfa que ha perfeccionado con los años. Aun así, no hay duda: he tocado un punto sensible.
—Joshua es un viejo conocido —dice sin cambiar el tono, como quien menciona una compra de hace cinco años—. ¿Qué pasa con él?
«Un viejo conocido». Es encantador cuando hablan como políticos.
—Según los registros telefónicos, la semana pasada llamó a su despacho —digo.
—Muchas personas lo hacen. Agentes, actores, directores, jefes de prensa… —responde Thomas, acariciándose el cabello de la sien como si fuera el lomo de una mascota. Luego añade con un ligero espasmo que tal vez sea una risita—: Al menos eso espero.
Randy le sigue la broma. Estos hermanos Brown son un auténtico festival del humor.
—Sí, me lo puedo figurar —replico, seco—. Pero supongo que no todos lo hacen antes de desaparecer, ¿no?
Thomas Brown es bueno en esto, no cabe duda; es un férreo hombre de negocios. Pero, con todo, su cuerpo se sacude, como si el lobo alfa olfateara el disparo antes de que suene. Se recupera rápido y se afana en disimular sorpresa y preocupación.
—¿Cómo dice?
—Joshua Miller ha desaparecido.
Ambos son demasiado listos y llevan demasiados años en el negocio como para morder el anzuelo. Ninguno dice: «¿Desaparecido?» Pero los ojos de Thomas… algo pasa ahí. Pupilas dilatadas, y por un segundo, casi parece que no enfoca bien.
—Lo lamento —dice por fin—. Como le he mencionado, hace años que no trato con él.
—¿De qué quería hablar con usted?
Thomas se encoge de hombros con una soltura casi insultante.
—No lo sé. No contesté.
Randy se ríe por lo bajo, como quienes juegan a no tomarse nada en serio, porque hacerlo podría doler demasiado. Toma otro sorbo de café.
—No contestó… —repito, saboreando las palabras.