Pack Toni Galán (libros 1-3) 17
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Al día siguiente, visito Brown Studios a primera hora.

Al llegar, me recibe una reja negra de hierro forjado que sugiere que quienes están dentro poseen dinero, poder y un desinterés cuidadosamente cultivado por los de afuera.

Detrás de la reja, una garita de vigilancia con cristales oscuros y cámaras de seguridad sigue cada uno de mis movimientos.

Junto a la garita, un tipo de mandíbula cuadrada, rapado al estilo militar y con un uniforme impoluto, me hace una señal para que me detenga.

—Nombre —dice, con una voz que parece venir de un subterráneo sin luz solar.

Le entrego mi documentación.

—Tengo una cita con Thomas Brown a las once.

Anoche, antes de acostarme —y antes de que Elisabeth me llamara asustada—, le pedí a Hada que me organizara un encuentro con Brown.

Le especifiqué que mencionara que trabajo para los Miller para aumentar las posibilidades de ser recibido.

Hoy a primera hora, Hada estaba llamándome por teléfono.

Me ha confirmado que la secretaria de Brown había aceptado la cita.

Hada también tenía nueva información relevante sobre Joshua Miller y Thomas Brown que pienso utilizar si se presenta la oportunidad.

—A las once —insisto al guarda—. Con el señor Brown.

El coloso no dice nada; podría pasar por una estatua viviente, salvo por su mandíbula, que se mueve con la parsimonia de alguien que masca chicle no por gusto, sino por costumbre.

Aprovecho para observar más allá de la reja.

No puedo evitar comparar estos estudios con los de Evelyn Crowe en Los Ángeles, donde trabajé más de un año.

Aquellos eran puro siglo XXI: minimalismo prefabricado, acero, cristal y el omnipresente aroma a ambientador.

Todo optimizado para la inmediatez, para que el dinero circule a la velocidad de la luz y las reuniones se hagan con un iPad en la mano y una sonrisa falsa de negocios en el rostro.

Brown Studios, en cambio, cuenta otra historia.

Desde fuera, sus edificios exhiben una grandeza ajada de épocas en que el consumismo aún no lo dominaba todo.

El complejo, de ladrillos oscuros y arquitectura clásica, está adornado con estatuas en los jardines que probablemente fueron caras en su tiempo y ahora solo sirven de posaderos para pájaros.

Es una vieja gloria que se niega a desvanecerse.

El guardia me devuelve la documentación y asiente hacia el interior.

—Adelante. Sígame.

Aparco en una plaza destinada a las visitas y sigo al guardia mientras cruzamos los exteriores del complejo.

Todo en Brown Studios parece diseñado para dejar claro que aquí se han hecho películas que definieron generaciones, desde las placas conmemorativas en los edificios hasta los murales pintados con escenas icónicas del cine.

Una gran estación de carga para coches eléctricos, junto al aparcamiento principal, mantiene a los estudios dentro de este siglo.

Veo cuatro Tesla enchufados, absorbiendo electricidad como vampiros de la red eléctrica.

En los tejados de varios edificios, paneles solares relucen bajo el sol matutino.

¿Compromiso genuino con el medio ambiente o simplemente una manera astuta de beneficiarse de deducciones fiscales?

Teniendo en cuenta quiénes son los Brown, apuesto por la segunda opción.

El guardia me guía hasta un caserón victoriano en mitad del complejo, una de esas estructuras que han pasado por más renovaciones que una vieja estrella de cine.

Fachada gris, ventanas altas con marcos blancos y una puerta de doble hoja que probablemente haya presenciado algunas traiciones cinematográficas.

Dentro, el aire tiene ese aroma a madera envejecida y éxito añejo. Atravesamos un largo pasillo adornado con fotografías en blanco y negro de leyendas de Hollywood. Justo cuando estamos a punto de llegar a una puerta imponente, alguien sale de una estancia lateral y se cruza conmigo.

Calvo. Mediana edad. Pinta de gorila que, en este entorno, destaca como una hiena en una manada de golden retrievers.

Me digo que el tipo irradia peligro. Detrás de ese aspecto enclenque y nervioso se esconde algo que me hace temblar las rodillas.

Tiene el rostro cortado en ángulos, la piel surcada de arrugas como grietas en un muro viejo.

Sienes plateadas, mirada fría y ratonil, con ojos de canica…

… y un tigre cubriéndole todo el cuello.

Bingo.

El tatuaje. Es el cabrón que golpeó a Elisabeth.

El burbujeo interior aumenta. Me dan ganas de cogerlo de la solapa y sacarle una confesión a puñetazos. ¿Dejaste tú la nota infantil para mí, calvito?

Se cruza de brazos, alza el mentón y me mira como si fuera un vagabundo orinando en su jardín.

Le sostengo la mirada. Valoro si decirle algo o seguir adelante. Al final, opto por la opción intermedia: le sonrío, a ver si me la devuelve.

No lo hace. No mueve un solo músculo.

El guardia continúa su marcha, ignorando al matón como si fuera parte del mobiliario.

Me conduce hasta una sala que reconozco al instante: una sala de proyecciones privada.

Es un espacio íntimo, opulento y cargado de simbolismo; un santuario exclusivo donde solo los elegidos tienen acceso.

La penumbra es apenas rota por un resplandor ámbar que emana de apliques dorados en las paredes revestidas de madera oscura.

Frente a mí, una pantalla de cine gigantesca se oculta tras un telón de terciopelo granate.

En el centro de la sala, una mesa baja de cristal y madera sostiene una botella de whisky escocés, una caja de puros sin abrir y un cenicero de cristal tallado, impecablemente limpio.

Aquí, hasta la ceniza parece necesitar permiso para caer.

Alrededor de la mesa, varias butacas de cuero negro se disponen en filas escalonadas. Amplias, con reposabrazos de madera barnizada, probablemente más caras que el coche que me trajo hasta aquí.

Sobre mi cabeza, en la parte trasera de la sala, un proyector clásico de celuloide reposa dentro de una cabina de cristal, como una reliquia aún funcional.

En cualquier otro lugar sería una pieza de museo; aquí, es un símbolo de poder, una declaración de que Brown Studios no solo produce películas, sino que dicta lo que el público debe ver y cómo debe verlo.

El aire huele a cuero, madera barnizada y un leve rastro de humo de habano. También a decisiones millonarias tomadas fuera de acta, promesas susurradas y amenazas veladas que moldean el destino de la industria.

No sé si me han traído aquí para una charla amistosa o para recordarme, sin palabras, que en este lugar las reglas del mundo exterior no se aplican.

Thomas Brown espera de pie junto a la mesa, la luz lateral dándole un aire de escultura romana.

No se ha molestado en sentarse, dejándome claro que no quiere que la reunión se alargue.

Es alto y tiene un bronceado que solo se consigue sobre la cubierta de un yate.

En comparación con las fotografías antiguas que circulan en internet, su cabello, antaño dorado y espeso, ha empezado a ralear, por lo que se ha afeitado la cabeza.

Su traje a medida, de color azul marino, no presenta una sola arruga.

Su mirada es penetrante y analítica, la de un hombre acostumbrado a que nadie le lleve la contraria.

Randy está con él, repantigado en la butaca como si fuera el dueño del lugar.

Tiene esa sonrisa de tiburón que huele sangre antes incluso de que te cortes.

Me digo que, si alguien ha llegado tarde a su propia película, es él.

El contraste con su hermano mayor es casi cómico.

Es más delgado, con el pelo peinado al estilo de Kennedy, pero más grasiento y un poco desordenado, como si se hubiese pasado la mano por él en un gesto nervioso o impaciente.

Sus dientes son demasiado blancos, su bronceado demasiado artificial y su reloj demasiado caro.

Todo en él grita: «No me he ganado nada de esto, pero aquí estoy».

A medida que me acerco a ellos, oigo sus comentarios en voz baja.

—Mira cómo cojea… —murmura Thomas.

Su hermano Randy responde, en un alarde de ignorancia supina:

—Probablemente está tan roto por dentro como por fuera. Pronto se moverá en silla de ruedas. Yo preferiría la muerte antes que vivir así.

«Roto», pienso con rabia. Aprieto los dedos en torno al mango de la muleta, sintiendo la textura rugosa del material. «Así que roto, ¿eh?»

En su papel de líder de la familia y el negocio, Thomas es el primero en hablar.

Saca las manos de los bolsillos y aprieta la mía como si se tratase de un tesoro perdido.

Tiene cincuenta y tantos años, pero, visto de cerca, percibo la fortaleza de un hombre de veinte.

Hombros anchos y vientre plano. Brazos delgados y poderosos. Mentón afilado.

—Toni Galán —acompaña su media sonrisa con una voz grave y pausada—. Es un placer conocerlo. Los amigos de los Miller son nuestros amigos.

Tengo que reprimir el impulso de arquear una ceja. Ahí está el veneno: frío, en copa de cristal. Aun sin conocer la histórica enemistad entre Miller y Brown, habría detectado el cinismo en su voz.

—¿Desinfectante?

Thomas parpadea.

—¿Perdón?

—Para las manos —respondo—. Acaba de estrechar la de un proletario.

Tarda un segundo en reaccionar, y cuando lo hace, la carcajada que lanza es tan sobreactuada que haría sonrojar a Jim Carrey en una gala benéfica.

Randy se levanta, se alisa el pantalón blanco inmaculado y se acerca con la torpeza de quien está acostumbrado a ser la segunda opción.

La eterna comparsa. Un actor de reparto en la producción de su hermano.

Su sonrisa inquieta, un cóctel de cinismo, fastidio y algo parecido a la diversión, me dice que también lo sabe. Y lo ha aceptado.

—Este es mi hermano Randy —dice Thomas, con un desdén apenas disimulado.

Le doy la mano. Es como sostener un pez fuera del agua; la tiene húmeda, tibia y escurridiza. Cuando por fin me la suelta, lucho contra el impulso de limpiarme en la pernera.