16
La puerta está entreabierta cuando llego. Ni siquiera necesito llamar. La empujo con suavidad, temiendo lo que encontraré al otro lado.
El caos me golpea de inmediato: cojines desparramados por el suelo, una lámpara volcada, cajones abiertos, como si alguien hubiera estado buscando algo.
El aire huele a cigarro, incienso… y miedo.
—¿Beth?
—Aquí.
Su voz proviene de la cocina. La encuentro sentada en el suelo, a media luz, con las rodillas recogidas contra el pecho, una manta sobre los hombros y un cigarro consumido colgando entre los dedos.
Tiembla, pero no llora. Aunque hay líneas secas de rímel manchando sus mejillas.
Me agacho a su lado. Mis rodillas crujen como papel viejo.
—¿Estás herida?
Niega con la cabeza. Sus ojos, muy abiertos, reflejan el pánico reciente.
—No me tocó. Solo… se paseó por la casa. Como si fuera suya. —Señala con la barbilla hacia la nevera. Su rostro está pálido, como si alguien le hubiera drenado la sangre—. Y dejó eso.
Sigo su mirada.
Pegado con cinta adhesiva hay un dibujo infantil. Papel de cuaderno, líneas azules y amarillas aún visibles, hecho con lápices de colores. Y, sin embargo, no hay nada inocente en él.
Una niña rubia, de la mano de un monigote más grande, con pelo largo y negro. Ambos sonríen.
—Lo dibujó un niño —murmuro, más para mí que para ella.
—Sí. Lo hizo Anne.
Me vuelvo para mirarla.
—Ella es la rubia —explica con melancolía—. El monigote más alto soy yo. Lo dibujó para mí.
Siento un escalofrío.
Despego el dibujo con cuidado y lo acerco a la luz de la ventana. En la esquina inferior derecha hay algo escrito con trazo irregular y tembloroso:
ABANDONA, O TU PRÓXIMO TRATAMIENTO SERÁ UN DISPARO EN LA CABEZA
Un pinchazo agudo me sorprende en el estómago, como si alguien me clavara una chincheta desde dentro. La alusión al tratamiento podría ser por ella… o por mí.
—¿Cuándo ha ocurrido? —pregunto.
—Hace media hora. Me despertó un ruido. Alguien forzando la puerta trasera. No tuve tiempo de hacer nada.
—¿Lo viste?
Niega con la cabeza.
—Iba encapuchado, todo de negro. —La descripción me recuerda al intruso de mi pesadilla. Me estremezco—. Me miró como si… ya supiera todo sobre mí. Como si no tuviera prisa.
Aprieto la mandíbula y le tomo una mano. Está helada.
—¿Has llamado a la policía?
—¿Y decirles qué? ¿Que un hombre de negro se coló a dejarme un dibujo infantil? No van a hacer nada, Toni. Lo sabes.
No estoy de acuerdo, pero no insisto.
—¿Seguro que no te ha hecho daño? —pregunto, pasando el dorso de mi mano por el viejo moratón de su ceja.
—Esta vez no.
Me mira fijamente a los ojos. Detengo la mano en su frente y la aparto.
Se produce un silencio tenso, como una cuerda demasiado estirada.
La casa está en calma ahora, pero no engaña a nadie. Es ese tipo de calma que viene después del grito y justo antes de otro más fuerte.
—Toni…
—Dime.
—¿Qué significa que me dejaran el dibujo?
Me paso una mano por la cara. Lo último que quiero es decirle lo que pienso. Pero mentirle sería peor.
—Creo que lo de Anne no fue un accidente. Alguien ahí fuera sabe qué le pasó a tu hermana y no quiere que metamos las narices.
Ella cierra los ojos. El cigarro cae de sus dedos. Lo pisa sin mirar.
—¿Crees que la tienen?
—No lo sé. Pero esto. —Alzo el papel—. No es un mensaje al azar. Es una advertencia.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Ahora —digo, poniéndome de pie—, vas a cambiar la cerradura.
Ella asiente, pero noto en su mirada una mezcla extraña. Agradecimiento, sí, pero también una chispa de algo más: un deseo de no quedarse sola… y, al mismo tiempo, el orgullo de quien no quiere parecer necesitada.
Sé que sus próximas palabras serán una súplica para que me quede con ella. Y no quiero que lo haga, porque debería quedarme. Pero también sé que hay una línea, delgada y frágil, que aún no hemos cruzado. Y quizás esta noche no sea el momento.
Me incorporo y la ayudo a hacer lo mismo.
Damos un último vistazo al dibujo. La niña sigue sonriéndonos. El mensaje permanece ahí, como una cutícula inflamada:
Abandona, o tu próximo tratamiento será un disparo en la cabeza.
—¿Vas a seguir trabajando para mi madre después de esto?
La miro, sorprendido.
—Está claro que no me conoces.
Me giro hacia la puerta. Antes de salir, ella se despide:
—Gracias por venir.
—Gracias por llamar.