Pack Toni Galán (libros 1-3) 15
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Cuando despierto, todavía es de noche. Tengo las piernas rígidas, con calambres, y la sensación de no haber descansado.

Alfred está de pie sobre las patas traseras, con las delanteras apoyadas contra la puerta del dormitorio, rascando la madera con desesperación.

Hasta ahora no me había fijado en lo grande que se ha hecho. Es él quien me ha despertado.

—¿Qué pasa, enano? —le pregunto en susurros. Alfred vuelve la cabeza. Me mira desde arriba, muy quieto, mostrando los colmillos en un gruñido silencioso.

Durante un instante temo que se haya vuelto loco.

—Duérmete —le pido, tratando de que la inquietud no se note en mi voz.

Alfred se separa de la puerta y aterriza sobre sus cuatro patas. Ha dejado varios arañazos en la madera con sus garras. Yo lo observo, cada vez más inquieto.

«Seguro que es Chase —me digo—. Ha tenido suerte esta noche y se ha traído a su nueva amiga a casa. Alfred la ha olido y le resulta alguien extraño, eso es todo».

¿A quién estoy tratando de tranquilizar, al perro o a mí? Chase trae a chicas nuevas casi todas las semanas, y hasta ahora Alfred no se había puesto así. Además, ¿dónde está Logan?

Llego a la inquietante conclusión de que Chase y Logan están fuera.

Alfred da vueltas sobre sí mismo frente a la puerta, con el pelaje del cuello erizado.

Me pongo de pie muy despacio. Me acerco y pego la oreja a la madera. No oigo nada. Giro la manilla. Las bisagras chirrían como si alguien acabara de poner la escena en modo peli de miedo.

El dormitorio de Chase está abierto. Me arriesgo a mirar a través del hueco de la puerta, por primera vez deseando encontrar a mi amigo copulando con una escandalosa mujer. Gracias a la luz de las farolas que entra por la ventana, veo la cama perfectamente hecha. Nadie dentro. Tampoco está Logan.

Trago saliva.

Alfred se aleja hacia la cocina. Puedo oír sus patitas chocando nerviosamente contra el suelo. Lentas, pesadas. No le gusta lo que huele.

—¿Chase? —digo, levantando la voz.

Nada.

Alfred regresa por el pasillo. Su pelo sigue erizado. Se detiene y se sienta frente a mí. Entonces los oigo. Crujidos en la tarima.

«No puede ser —me digo—. Es un sueño. Tengo una pesadilla».

Pero no lo es.

Los ruidos proceden del salón, y Chase no da señales de vida.

Tal vez sea una pesadilla, pero desde luego no se trata de un sueño.

Vuelvo al dormitorio solo para coger la muleta. La fibra de carbono se siente como un ancla entre mis dedos. Me aporta la falsa seguridad de quien cree estar armado.

Avanzo por el pasillo, muy lentamente, siguiendo las pisadas silenciosas de Alfred como un explorador de cuatro patas.

Incido en cada sombra con la punta de la muleta, lamentando no llevar una pistola.

Si la tuviera, le pediría a Alfred que guardara silencio, desenfundaría y avanzaría por el apartamento con determinación.

Luego, al llegar al salón, haría eso de mover el arma de un lado a otro, con la espalda contra la pared y preparado para lo peor.

Pero no llevo una pistola, ni siquiera me he sacado la licencia aún.

No es que no me gusten —en momentos como este resultan bastante útiles—, simplemente, nunca he usado una y no sabría ni cómo quitarle el seguro.

Chase, en cambio, siempre lleva armas encima, sobre todo si está trabajando. Como mínimo, dos: un revólver y alguna navaja. Se ha tomado muy en serio su nuevo papel de detective privado y ahora va por la vida como Ethan Hunt.

La sirena de un camión de bomberos me sobresalta. ¡Dios…, malditas sirenas!

Alfred vuelve a salir hacia delante. Corro tras él. Le oigo ladrar desde la cocina, que está iluminada. Me detengo en el umbral con la muleta bien agarrada con las dos manos. Y entonces lo veo: un hombre vestido de negro. Lleva un pasamontañas de lana.

Alfred salta. Hombre y perro caen al suelo, rodando, gruñendo, arañando. Las sillas vuelan. Yo levanto la muleta. Veo unos dedos enguantados entre el pelaje rubio de Alfred, que se retuerce y lanza dentelladas, pero no consigue dar el mordisco.

No hay tiempo para pensar. Debo hacer algo antes de que ese hombre haga daño a mi perro… o acabe con el cuerpo malherido de un hombre en mi salón. Ya he pasado por eso y no es agradable.

En alguna parte leí que los gurús de desarrollo personal enseñan a sus estudiantes a imaginarse a sí mismos como si ya hubiesen logrado sus objetivos.

Fake it until you make it ; un juego de palabras que significa algo así como «Fíngelo hasta que lo logres».

Visualizarlo para convertirte en alguien que tendría lo que quieres, o algo por el estilo.

No estoy seguro, pero tal vez también funcione, si es que de verdad funciona, en el combate.

Si se presenta la oportunidad, imagina cómo atacarás.

Imagina los movimientos que podría hacer tu oponente y prepárate para ellos.

Es lo que he estado haciendo desde que me han despertado los ruidos fuera de mi dormitorio.

Ataco.

Me lanzo hacia delante con un grito y asesto un golpe con todas mis fuerzas. Fallo. Ataco de nuevo. Esta vez la muleta roza su espalda, y el tipo gruñe.

Se pone en pie. Usa una silla como escudo. Yo me coloco detrás de Alfred, que no para de ladrar como si su vida —nuestras vidas— dependieran de ello. Aun así, le cuesta caminar sin cojear.

—¡¿Qué quieres?! —grito, sin reconocer mi propia voz.

No responde.

Asesto otro golpe al aire, sin titubear, solo para amedrentarlo.

Me lanza la silla. Me da en el hombro. Arde. Me tambaleo. Cuando alzo la vista, el intruso me está apuntando con una pistola.

Como si fuera algo muy distante, oigo el sonido de las sirenas. Y el lamento de Alfred. Y también un zumbido.

Abro los ojos y se desvanece la pistola. También el hombre de negro.

Estoy empapado en sudor. Temblando. La habitación a oscuras. El corazón desbocado. Alfred, dormido a los pies de la cama, respira con tranquilidad. Logan, hecho un ovillo junto a la cómoda. Chase roncando a través de la pared, como una sirena en baja frecuencia.

Resoplo. Solo un sueño.

Pero de los que dejan huella.

Miro mi mesilla. Mi móvil sigue vibrando con ese zumbido agudo que tienen los malos presentimientos. Cuando descuelgo, oigo un llanto hipado.

—Toni…

Su voz está rota. No hace falta más para que me incorpore en la cama como un resorte.

—¿Beth? ¿Qué pasa?

—Han vuelto.

Tardo unos segundos en procesarlo.

—¿Qué? ¿Quién?

—Ellos…

—¿Estás bien? ¿Estás sola?

—Estoy… sí, estoy sola. Pero no estoy bien. ¿Puedes venir? Por favor.

Aprieto con fuerza el aparato.

—Envíame tu dirección, ahora mismo voy para allá —digo, todavía con el corazón aleteando en el pecho como un halcón enjaulado.