14 #3
—Déjame ver si lo entiendo. —Se descalza y apoya los pies en el borde de la mesa.
Sorprendentemente, no huelen mal en absoluto—.
Hace casi veinte años, Ursula Brown muere en circunstancias sospechosas tras un accidente que la desfigura y en el que pierde a su bebé.
La poca claridad alrededor de su muerte origina toda clase de rumores.
Y tú también sospechas que hay algo turbio.
Los Brown tienen dinero y poder para ocultar cualquier escándalo debajo de la alfombra.
—No solo tienen dinero y poder —lo interrumpo—. Morir así, sin más explicaciones… O fue un suicidio, o alguien la ayudó a morir.
—Pudo ser un infarto.
—Sí, pero no me lo trago.
—Vale, jugaré a tu juego. —Baja los pies al suelo—.
Supongamos que fue un asesinato o un suicidio encubierto.
Y metamos en la coctelera el hecho de que, según ese bloguero, un actor encontró el cuerpo.
No voy a insultar tu inteligencia asumiendo que no piensas en Joshua Miller.
Lo que te lleva a preguntarte: ¿qué hacía él en la casa de los Brown?
Asiento, esbozando una leve sonrisa.
—Sigue.
—Entiendo tus dudas, pero aquí es donde chocas contra un muro, amigo mío. Si Miller vio algo comprometedor o participó en el encubrimiento, ¿por qué no desapareció entonces?
—Buena pregunta.
—Los Brown no dejan cabos sueltos. Si Miller era una amenaza, lo habrían eliminado en ese momento. Pero él siguió con su vida. Pasaron veinte años sin incidentes. Y ahora, de repente, desaparece.
—Exacto.
—Mi conclusión —dice, recostándose— es que ambos eventos no están conectados.
Permanezco en silencio, procesando la información. La filtro a través de mis neuronas y espero llegar a alguna conclusión. No obtengo ningún resultado satisfactorio.
—Aun así, no quiero descartar nada —digo finalmente—. Mañana iré a Brown Studios. Pediré a Hada que me consiga una cita con Thomas Brown. Quiero preguntarle sobre la llamada de Miller.
Chase me mira con interés.
—¿Y crees que Brown te dirá la verdad? Ese hombre es experto en esquivar preguntas incómodas.
—Tal vez. Pero al menos, mirándolo a los ojos, podría descubrir algo. Si me recibe, ya es un avance.
Él resopla, dejando caer la cabeza hacia atrás.
—Dios, Toni. ¿Sabes qué me gusta de ti?
—Sorpréndeme.
—Que sabes meterte en líos con estilo. —Levanta un dedo en mi dirección—. Solo intenta que no te maten, ¿vale?
Sin esperar respuesta, se levanta, camina hacia la encimera y regresa con su tablet. Se sienta y comienza a teclear.
Tras unos segundos, sonríe de lado.
—Es mona.
—¿Quién?
—Elisabeth Miller.
Me muestra la pantalla con una sonrisa pícara.
Fotografías. Redes sociales. Titulares de revistas.
Arquea una ceja con picardía. Cuando Chase arquea ambas cejas, alguien suele salir herido. Una sola ceja es aún peor: significa enredo seguro.
—¿La estás buscando en Google?
—Sí. Y se ha desarrollado bastante bien. —Su sonrisa se amplía—. No es sorprendente, viendo lo atractivos que son sus padres. La genética no falla.
Decido no entrar en su juego y guardo silencio.
Pero Chase no ha terminado.
—¿Le crees?
—¿Sobre qué?
—Que su hermana Anne la llamó por teléfono.
Dudo un segundo.
—¿Por qué desconfiar?
Chase me mira por debajo del entrecejo. Es una mirada que habla por sí sola: «Ingenuo».
—La gente miente, Toni. —Juega con el tenedor entre los dedos—. Y más a desconocidos.
Se inclina hacia mí.
—Y más aún si han tenido problemas con las drogas. Eso les fríe el coco.
Pienso en Beth.
En su forma de hablar.
En cómo evitaba algunas preguntas y era tajante con otras.
—Lo tendré en cuenta —respondo, sin comprometerme demasiado—. De todas formas, hay muchas cosas que no entiendo.
—¿Como qué?
—Las llamadas de Miller al abogado y a Brown. La camiseta ensangrentada. El dinero en el banco. —Me froto la frente—. Son muchas cosas.
—Seguro que todo eso tiene una explicación.
—Tal vez.
No he dejado de repetirme lo mismo durante las últimas dos horas, pero ya no lo tengo tan claro.
Chase se pone de pie, se quita la camiseta y desaparece por el pasillo. Desde el baño, grita:
—Voy a ducharme. A este paso, llegaré tarde a mi cita.
Frunzo el ceño.
—¿Has quedado a estas horas?
—¡Hay que vivir, Toni! —responde, mientras se oye el agua corriendo—. Mañana podrías estar criando malvas.
Sonrío con una mezcla de ternura y fatiga. Él tiene razón, claro. Siempre la tiene, al menos en su mundo.
Como si captara mi humor, Alfred apoya su hocico en mi pierna. Tal vez quiere pollo. Tal vez solo busca un poco de contacto. O tal vez —y esta es la que más me inquieta— percibe algo que yo aún no he visto.
El comentario de Chase me sigue rondando. Lo de Anne. Lo de Beth.
De pronto, la desconfianza se instala como un huésped no invitado.
¿Y si Elisabeth se lo ha inventado todo?
¿Y si la historia de la llamada no es más que una fantasía?
Una exadicta, con heridas aún frescas, jugando con el tipo que su madre ha contratado. Una mezcla de rebeldía, necesidad de atención y, por qué no, algo de malicia. La posibilidad me inquieta más de lo que quiero admitir.
Suelto el aire por la nariz con fuerza y cierro el portátil.
—Toni.
Alzo la mirada. Chase ha vuelto a aparecer, enmarcado en el hueco de la puerta. Va medio desnudo, con el pelo mojado cayéndole sobre la frente. Parece un anuncio de preservativos.
—¿Qué? —pregunto.
Sus ojos, que hace un rato eran de niño travieso, ahora son puro acero.
—¿No pensarás que fue una casualidad, verdad?
—¿El qué?
—Que la hija de los Miller estuviera en la reunión de Renacer.
Lo miro un instante. Él me sostiene la mirada. Sé que espera una respuesta inteligente. Contesto con la única que tengo.
—No —digo al fin—. Supongo que no.
Chase asiente.
—Pues ve con cuidado —dice.