14 #2
A medida que avanzo hacia el pasado, un recuerdo vago me empieza a picar, aunque no consigo darle forma. Solo sé que estaba terminando la universidad cuando un gran escándalo sacudió a los Brown. Pero no logro recordar qué fue.
Decido aplicar el método de prueba y error, año tras año.
2009.
Nada.
2008.
Nada.
2007.
Nada.
2006.
Ahí está, lo que busco.
No tardo en dar con la noticia: «Ursula Brown, famosa actriz en los ochenta y esposa del productor Thomas Brown, es encontrada sin vida…»
Me detengo en seco.
No se especifica la causa de la muerte.
Entonces lo recuerdo todo con una claridad brutal. De hecho, es una historia que los medios desempolvan cada cierto tiempo, sobre todo cuando Brown Studios lanza otra superproducción.
Thomas Brown enviudó joven. Hace diecinueve años perdió a la mujer de su vida y jamás volvió a casarse. En la prensa, eso se traduce en que todavía la llora. Claro que, en este tiempo, se le ha visto con más de una acompañante. Ninguna se quedó. Ninguna conquistó su corazón, o eso dicen.
Todo lo contrario que su eterna rival, Evelyn Crowe, que ya va por su cuarto marido. Y sumando.
Me pregunto si Brown de verdad sigue llorando a su esposa… o si simplemente ha sabido sacarle partido al drama. Por retorcido que suene, no sería el primero en usar una tragedia personal como trampolín mediático. Lágrimas de cara al público, taquilla asegurada.
La cuestión es que nadie sabe nada con certeza. Brown nunca habla de su esposa. Ni una palabra. Eso puede significar dos cosas: o le sigue doliendo de verdad, o es parte de un guion muy bien escrito para hacerlo parecer humano.
Sigo leyendo. Algo me dice que hay más en esta historia de lo que parece.
La muerte de Ursula Brown fue carne de tabloide durante semanas.
La historia de amor entre ella y Thomas se diseccionó hasta el agotamiento.
Se conocieron en una fiesta de la productora.
Él, joven ambicioso y callado, era el tipo que asiste a las reuniones para escuchar más que hablar.
Ella, dos años mayor, era modelo para una firma de lujo y estaba a punto de debutar como actriz en una película de la casa.
La prensa los retrataba como la pareja ideal: guapos, jóvenes y triunfadores.
Amor a primera vista.
Se casaron.
Parecía perfecto.
Cinco años después, Ursula apareció muerta en su casa.
Nunca se aclararon las causas. Y cuando no se dice nada, el vacío se llena de teorías. ¿Infarto? ¿Ictus? ¿Suicidio? ¿Una mala reacción de su marido?
Las especulaciones fueron de todo menos sutiles.
No tuvieron hijos.
Pero entonces, un dato olvidado me golpea en la cara como un puñetazo.
Un año y pico antes de morir, Ursula tuvo un accidente de tráfico. Volvía sola en su Bentley cuando una de las ruedas reventó. El coche se cruzó en plena carretera y un camión maderero la arrolló. El conductor del camión no tuvo tiempo de frenar.
Todos coincidieron en lo mismo: si el coche hubiera tenido el volante en el otro lado, Ursula habría muerto allí mismo.
Pero tuvo suerte. Bueno, es una manera de hablar.
Se rompió un brazo y pasó cuatro días en coma.
Cuando despertó, su cara era monstruosa.
Cicatrices suficientes para decir adiós a su carrera.
No volvió a trabajar.
Nunca más fue portada de nada.
Y aquí viene el golpe final que termina por secar mi garganta: estaba embarazada de siete meses.
Una niña.
La perdió.
El nudo en la garganta me sube hasta los ojos. Tengo la sensación de que he pisado una mina.
Nadie menciona ese detalle cuando hablan de su «trágica historia de amor». De los ocho artículos que he encontrado sobre su muerte, solo uno menciona el accidente y el aborto como posibles causas del suicidio. Y, aun así, sin profundizar.
La realidad es que no hay un informe oficial. No hay una versión clara. Solo rumores y conjeturas. Y una creciente sospecha de que los poderosos e influyentes tentáculos de los Brown contribuyeron a que la verdad no saliera a la luz.
Me echo hacia atrás y miro la pantalla. Pienso en el silencio de Thomas Brown. Tal vez no se trate de dolor sincero ni de una jugada de relaciones públicas. Quizás Brown no habla porque teme que salga algo más.
«Claro, Toni. Brown mató a su mujer. Y también estaba en Dallas cuando dispararon a Kennedy. Vaya película te estás montando, escritor».
Respiro y me obligo a volver a los hechos.
Uno: Ursula Brown lleva casi veinte años muerta.
Dos: no hay pruebas de que su muerte fuera algo más que natural, un accidente o un suicidio.
Tres, y tal vez lo más importante: todo eso —el accidente, el aborto, la muerte— ocurrió cuatro años antes de que desapareciera Anne Miller.
En resumen: no hay conexión directa. Ninguna prueba. Nada que relacione un hecho con el otro. Ni con la desaparición de Joshua.
Al menos, nada evidente.
El artículo termina con una frase fría sobre la pérdida del bebé. El cansancio pesa en mis ojos. Deslizo el ratón y hago clic. La página salta. Me quedo observando dónde he aterrizado.
Un blog.
Diseño rudimentario, poco atractivo, pero con un título que parece sacado de una novela de espías: Verdad Subversiva .
Decenas de artículos. Casos sin resolver, desapariciones, escándalos medio olvidados, teorías descabelladas.
Todo escrito con el tono obsesivo de quien ha dejado de distinguir entre periodismo y cruzada personal.
Me inclino hacia la pantalla. Justo ahí, a la derecha, una línea escrita en letra pequeña sobre fondo rojo:
A pesar del interés de alguien muy poderoso en que esta información no salga a la luz, yo aseguro que el cuerpo de la señora Ursula Brown fue descubierto en su propia casa por un famoso actor cuyo nombre no puedo revelar.
Un actor famoso encontró el cuerpo.
Siento que el vello de mis brazos se eriza.
Lo leo otra vez. Más lento.
No lo había leído en ningún otro lugar. Ni en los periódicos de archivo, ni en las crónicas de sociedad, ni siquiera en las enciclopedias online que suelen contar hasta cuántas veces al día se cortan las uñas los famosos.
Pero aquí está, en un blog olvidado en algún rincón de internet, escrito como si fuera la clave de un código mayor.
Me pregunto quién sería ese actor.
Una gota de sudor me recorre la espalda. Vuelvo a mirar el diseño del blog. Podría haber sido escrito por un paranoico con un teclado viejo. Pero algo en el tono, en la forma de argumentar, me dice que detrás hay alguien que sabe lo que hace.
Desplazo la página hasta el final.
Ahí está.
Un número de teléfono móvil y una dirección de correo.
Marco sin pensar. Salta el buzón de voz.
—Joder.
Cuelgo y miro el reloj. Las dos de la mañana. A estas horas no contesta ni Dios, y mucho menos alguien que firma sus textos como Verdad Subversiva.
Busco la dirección de correo. Escribo sin detenerme a pensar demasiado.
Asunto: Información sobre Ursula Brown.
Mensaje:
He leído su blog. Me interesa lo que publicó sobre la muerte de Ursula Brown. Quiero hablar. No soy periodista. Ni policía. Ni un hombre poderoso. Solo quiero saber la verdad. Llámeme.
Añado mi número de teléfono.
Me quedo mirando la pantalla un segundo, con el cursor parpadeando. Pienso en matizar, en sonar menos desesperado, en no parecer un colgado.
Pero al diablo.
Presiono Enviar .
Y entonces, me quedo un buen rato pensando en silencio, con el eco de las teclas aún flotando en el aire y una certeza incómoda ardiéndome en la boca del estómago:
Acabo de ponerme en el radar de alguien que prefiere que las cosas sigan enterradas.
Y eso, en este negocio, nunca es una buena señal.
Empiezo a ponerme nervioso. El único sonido en la casa es el zumbido bajo del frigorífico y el tamborileo de mis propios dedos sobre la mesa.
El sonido de la puerta al abrirse me saca de mis pensamientos. Los dos perros irrumpen en la casa, dirigiéndose directamente a la cocina, donde aún quedan restos de comida en sus cuencos.
Chase enciende la luz. Parpadeo ante el repentino resplandor.
—¿Qué haces ahí sentado? Pareces agotado —comenta.
Viste unas bermudas y una camiseta clara; su cabello, desordenado por el viento, le da un aire despreocupado.
Sin pedir permiso, abre un cajón, saca un tenedor y se desploma en la silla junto a mí, manteniéndose justo fuera del alcance de la pantalla, pero lo suficientemente cerca como para que note su impaciencia por saber qué he descubierto.
No duda en atacar un trozo de mi pollo frío y se lo lleva a la boca.
Así es Chase; toma lo que quiere, cuando quiere, como si el mundo estuviera a su disposición. A veces, es envidiable.
—Estoy investigando a Thomas Brown y su familia —digo.
Levanta la mirada como un resorte. Ha dejado de masticar.
—¿Thomas Brown? ¿El de Brown Studios?
—¿Lo conoces?
Vacila un segundo. Luego, con una sonrisa ladeada, responde:
—Fui actor, ¿recuerdas? En este negocio, todos saben quién es Thomas Brown. ¿Qué pasa con él?
—Primero tú —me recuesto en la silla—. ¿Fuiste al club de golf?
—Claro.
—¿Y?
—Miller no apareció el miércoles. De hecho, lleva casi un mes sin ir.
—Lo imaginaba.
—Ahora dime. —Se inclina hacia mí—. ¿Cómo encaja Thomas Brown en todo esto?
Le relato los acontecimientos del día: la llamada de Joshua a Brown antes de desaparecer, su rivalidad, la visita de Sarah a las oficinas de la productora, la trágica historia de Ursula Brown y lo que encontré en el blog Verdad Subversiva. Por último, le hablo de mi encuentro con Beth.
Chase escucha en silencio, su mirada afilada fija en mí. Al terminar, exhala lentamente.
—Bueno, bueno, menudo día hemos tenido, ¿eh? —señala el portátil con el tenedor—. ¿Qué planeas hacer ahora?
—Estoy considerando visitar a Thomas Brown.
Chase me observa sin parpadear. Resulta intimidante.
—¿De verdad crees que hay una conexión entre el pasado de los Brown y la desaparición de Miller?
—Creo que puede haberla.