14
En casa, todo está en completo silencio y a oscuras, salvo por las luces de la ciudad que se cuelan a través de las cortinas y proyectan sombras alargadas sobre las paredes.
Chase no está. Tampoco los perros. Deduzco que él se los ha llevado a dar una vuelta.
Saco el móvil y reviso la pantalla. Un mensaje de Sarah, recibido mientras conducía:
Esta noche te envío el contrato para que lo firmes.
Algo me empuja a llamarla. Salgo a la terraza, aunque llamarla así es un acto de fe.
Es un rectángulo de tres metros donde no cabe ni una mesa.
Normalmente lo usamos para tender la ropa en verano y para que Chase sacie su vena agricultora.
Ahora está liado con una planta de tomates cherry que, francamente, parece estar redactando su testamento.
Pero la vista de Manhattan desde aquí es de película. Y la brisa nocturna ayuda a aclarar ideas.
Marco el número de Sarah.
—¿Cómo estás? —pregunto en cuanto descuelga.
—Saliendo de la ducha —responde con naturalidad, como si me leyera la lista del supermercado—. Ya tienes el contrato en tu bandeja de entrada.
—Gracias, pero no era por eso por lo que llamaba.
—¿Has averiguado algo más?
—He conocido a Elisabeth.
Silencio. Esperado.
—¿Te ha dicho algo sobre su padre?
—Un hombre se presentó en su casa preguntando por él. La agredió.
—Dios mío… —Puedo oír cómo su respiración se acelera—. ¿Está bien?
—Tiene un hematoma. Nada grave.
—¿Y tampoco sabe dónde está Joshua?
—No.
El suspiro que suelta es largo y contenido.
—Joder… así que ahora hay matones buscándolo.
—Sí. Parece que Joshua se esconde de algo. O de alguien.
—Ya…
Ya no suena sorprendida. Solo agotada.
—¿Qué más?
Me aclaro la garganta. Estoy a punto de decirle que Anne llamó a Elisabeth, pero recuerdo su mirada de advertencia y me freno. ¿Qué le iba a decir exactamente? «Tu hija desaparecida hace quince años está viva, pero no quiere verte. Que descanses».
Surrealista.
Así que cambio de tema y aprovecho para confirmar ciertos rumores.
—¿Joshua firmó un contrato con Evelyn Crowe?
—Sí. Será el protagonista de su nueva serie.
Aprieto los dientes.
—¿Por qué no me lo dijiste esta mañana?
—¿Habrías aceptado el trabajo si lo supieras?
No necesito pensarlo.
—Probablemente no.
—Aún no has firmado. Siempre puedes echarte atrás.
Me está provocando.
Desde el primer momento supe que Sarah era una mujer que leía a las personas como si fueran libros abiertos. Ahora está leyendo algo en mí que ni siquiera quiero admitir en voz alta.
Que esto ya no va solo de ayudarla.
Va de saber la verdad. Y, si de paso puedo joderle el negocio a Evelyn, mejor. Debo admitirlo: solo pensarlo me motiva a actuar.
—Soy un hombre de palabra —respondo, más seco de lo que pretendía.
Silencio.
—¿Y tú? —pregunto—. ¿Vas a trabajar para Thomas Brown?
Más silencio. Esta vez, más denso.
—¿Por qué lo preguntas?
—Sé que estuviste en sus estudios.
No se indigna. Ni se sorprende. Solo se vuelve cautelosa.
—¿Quién te lo ha dicho?
«Así que lo confirma». Me muerdo el labio antes de contestar. No quiero traicionar a Finch. Así que improviso.
—Tengo mis fuentes.
—No tengo intención de firmar con los Brown.
—Pero no niegas haber visitado sus oficinas.
—Thomas y yo nos conocemos. Quería mirarle a los ojos y que me dijera que no tenía nada que ver con la desaparición de Joshua.
—¿Y lo hizo?
—¿Crees que te habría contratado si me hubiese confesado lo contrario?
—Así que lo descartas.
—Ya te lo dije esta mañana. La rivalidad entre Joshua y Thomas no tiene nada que ver con esto. No pierdas el tiempo.
No pierdas el tiempo. Como si lo que hago no fuera más que una distracción.
Como si ella ya supiera lo que voy a encontrar.
Entiendo que no va a soltar más. Y, sinceramente, yo tampoco pienso mostrar todas mis cartas.
El muro está levantado.
Nos despedimos con la promesa de seguir en contacto.
Cuelgo el teléfono y me quedo de pie unos segundos, con la pantalla aún iluminada en la mano, mientras la brisa me revuelve el pelo y las ideas.
De noche, Nueva York parece una maqueta de ciencia ficción. Un resplandor azul cubre los edificios, y los ruidos urbanos laten como si fueran el pulso de una criatura viva: música lejana, alguna carcajada desde la pizzería de enfrente y el traqueteo constante del tren subterráneo.
Ha sido un día eterno. Me siento abotargado. Aun así, antes de rendirme al colchón, me doy un chapuzón en el pozo sin fondo de Google. A ver qué más puedo encontrar.
Vuelvo adentro y caliento unas sobras de pollo al curry. El microondas zumba en la cocina mientras enciendo el portátil en la mesa del salón. Con un vaso de agua a mano, empiezo por lo básico.
Tecleo Anne Miller . El buscador escupe lo de siempre: la niña que se fue a dormir una noche de verano en 2010 y por la mañana ya no estaba.
Tenía cinco años. Ninguna pista nueva. Ni una maldita pista.
Pero aún así, nunca se sabe. A veces se tiene suerte.
Hay días en que escribes un nombre y te aparece una entrada que dice: “Me escapé, cambié de identidad y ahora vivo en Positano. Puedes encontrarme en la Piazza dei Mulini” .
Hoy no es uno de esos días. Una lástima.
Me inclino hacia atrás y dejo caer la cabeza contra el respaldo de la silla.
Y entonces cedo a la tentación: Sarah Campbell . Sé que no va a salir nada que no haya visto ya, pero es como rascarse una costra: sabes que no deberías, pero lo haces.
Revistas, alfombras rojas, entrevistas antiguas, rumores, escándalos, fotos de supermercado con gafas de sol. Nada útil. Ni rastro de un contrato con Brown Studios. Bien por ella.
Cambio de táctica. Thomas Brown . Hora de entrar en terreno pantanoso.
Encontrarlos no supone el más mínimo desafío para el oráculo cibernético por excelencia.
Los Brown Studios son una institución. Si saliera ahora mismo a la calle y preguntara a cien personas, al menos noventa y cinco podrían nombrar varias de sus películas.
Los otros cinco probablemente no habrían cumplido los diez años.
Pero yo no busco premios ni éxitos de taquilla.
Busco algo más oscuro. Busco basura. Noticias. Escándalos. Sucesos turbios protagonizados por sus directivos en los últimos años.
Busco un motivo por el que Joshua habría llamado a Thomas Brown, su enemigo.
O por el que los Brown habrían querido deshacerse de él.
Y si no fueron ellos, ¿enviaron a ese hombre del tatuaje para amedrentar a Beth?
En definitiva, cualquier información será bienvenida.
Lo que sea. Algo.
Tampoco estoy seguro de lo que busco. Por supuesto, no necesito aprender quiénes son los Brown o a qué se dedican. Ya lo sé. Son la aristocracia de Hollywood. Lo más parecido a los Rockefeller que tiene esta industria.
El viejo Brown, Theodore, fundó la productora durante la edad de oro del cine, cuando Hollywood se expandía al ritmo del boom industrial de mediados del siglo XX.
Su hijo mayor, Thomas, heredó la presidencia tras su muerte en 2019.
Y luego está Randy, el hermano menor de Thomas y actual director de marketing.
Siguiendo con la analogía de los Rockefeller, si Thomas es John D., Randy sería William. Un hombre nacido en la abundancia, sin mérito propio.
El buscador me devuelve imágenes suyas. Las miro. Traje caro, sonrisa de vendedor de coches de segunda mano, expresión de suficiencia. La cara de Randy Brown concuerda a la perfección con la descripción de Edward Finch: «Un niñato que no sabe hacer la ‘O’ con un canuto».
Los Brown no nacieron con estrella.
Theodore, descendiente de inmigrantes irlandeses, nació en los suburbios de Chicago, en una casa de dos habitaciones que compartía con seis hermanos.
Creció en el filo de la pobreza, conociendo de cerca el hambre y la desesperación, pero aprendió algo aún más importante: la astucia valía más que cualquier billete.
En la década de 1950, mientras Estados Unidos vivía su gran auge industrial y empresarial, Theodore vio una oportunidad donde otros solo veían un mercado saturado: el cine.
Con olfato para los negocios y una voluntad de acero, invirtió en una pequeña distribuidora en bancarrota.
Lo que para todos era un naufragio anunciado, él lo convirtió en un transatlántico.
Así nació Brown Studios.
Aprovechando la explosión del entretenimiento de posguerra, cuando el sueño americano se proyectaba en technicolor y las estrellas de cine eran dioses modernos, Brown Studios se convirtió en un emporio.
Las historias sobre el ascenso de Theodore son tan inspiradoras como inquietantes.
Se dice que sobornaba a los críticos con sobres llenos de dinero en efectivo.
Otros rumores aseguran que sus competidores más feroces sufrieron accidentes misteriosos, pérdidas económicas inexplicables o, simplemente, desaparecieron del negocio.
Un director que se atrevió a denunciar públicamente sus tácticas fue encontrado inconsciente en un callejón de Los Ángeles, con varias costillas rotas y una advertencia escrita en la pared con su propia sangre:
«Con la boca cerrada se llega a viejo».
Nadie pudo probar que Theodore Brown estuviera detrás, pero tampoco había quien lo dudara.
Ahora, con el viejo tiburón muerto, Thomas Brown es quien dirige el estudio.
Dicen que sus métodos son menos físicos, pero igual de letales.
Si Theodore era un depredador de aguas profundas, Thomas es un asesino silencioso que prefiere manejar los hilos desde las sombras.
Se rumorea que mantiene en nómina a un par de exagentes de policía para asegurarse de que nadie amenace el imperio que su padre construyó con mano de hierro.
Brown Studios sigue siendo una de las grandes potencias del cine, pero en la industria hay una norma no escrita: si te enfrentas a los Brown, más vale que estés preparado para perder algo más que tu carrera.
Hago una pausa y ataco el pollo al curry, que ya está frío.
Mastico mientras cambio de estrategia.
Filtro por fechas. Empiezo por 2010, el año de la desaparición de Anne. Nada relevante. Solo un millón de páginas con las mismas noticias recicladas.
Sigo bajando.