Pack Toni Galán (libros 1-3) 13 #2
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13 #2

—Al día siguiente, Pat Cooper apareció como tertuliano en un programa del corazón. Ya sabes de qué programas hablo.

Asiento.

—Ridiculizó a mi madre. La insultó, la llamó de todo: niñata, pija, sobrevalorada… Incluso la imitó en cámara. Joder, la destrozó en directo.

—Menudo cretino.

—Dos días después, lo encontraron tirado junto a una nave industrial en el Bronx.

Se me eriza la piel.

—¿Muerto?

—No. Pero alguien le había cortado la lengua con un cúter.

Trago saliva. Instintivamente, paso la lengua por mis propios dientes, como confirmando que sigue ahí. Me sobreviene una náusea. ¿Cortar una lengua con un cúter? Intento no mostrarme demasiado atónito.

—¿Lo hizo tu padre?

Asiente. Su rostro se ve más pálido, y ella, más menuda en general.

—Siempre ha sido un hombre impulsivo, de sangre caliente.

Lo llamaste virilidad. Queda muy bien en pantalla, pero en la vida real no es tan bonito.

Siempre fue de los que se toman la justicia por su mano.

Se aseguraba de que quienes se interponían en su camino pagaran por ello.

Cuando mi madre era una joven aspirante, supongo que se sintió atraída por ese tipo de protección.

A mí también me pasó cuando era una niña.

Pero al final, tienes que pagar el peaje.

Lo haces cuando te das cuenta de que estás viviendo con una bomba de relojería.

—¿La policía no lo interrogó? Debió ser el primer sospechoso, dado lo que ocurrió en la alfombra roja.

—Sí, por supuesto.

—¿Y no lo arrestaron?

—No tenían pruebas contra él.

—¿Pat Cooper no lo denunció? Podría haberlo identificado.

Se encoge de hombros.

—Supongo que le tenía demasiado miedo a mi padre.

Silencio.

—Obviamente, dejó el trabajo, al no poder volver a hablar con normalidad —añade—. No sé qué ha sido de él.

Me llevo la mano a la frente. Mi piel está fría.

—¿Cuál fue la pregunta?

Elisabeth me mira.

—¿Qué?

—La que Cooper le hizo a tu madre. Has dicho que fue de muy mal gusto. ¿Qué le preguntó?

—Ah… —Se lleva un dedo a la boca, pensativa—. No lo sé. No lo recuerdo.

—No hemos hablado de tu hermana Anne —digo, cambiando de tema sin anestesia.

El efecto es inmediato.

Elisabeth se queda rígida. La mandíbula se le tensa, los orificios nasales aletean. Las comisuras de los labios le tiemblan.

—¿Por qué coño vamos a hablar de ella?

Comprendo que he tocado un punto sensible.

—Hace un rato te he dicho que encontramos una prenda ensangrentada en el despacho de tu padre. Y que se largó con todo el dinero que tenía.

Deja el vaso sobre el techo de la furgoneta.

—¿Y?

—También se llevó todos los recuerdos de Anne.

Baja la mirada.

—Además, tu madre ha recibido amenazas —añado—. Le exigen que lo encuentre. Si no…

—¿Si no qué?

Tomo aire.

—Si no, acabará como Anne.

Se lleva la mano al pelo y se revuelve los rizos como si intentara arrancarse el pensamiento.

—¿Quién la ha amenazado?

—La carta es anónima.

Sus ojos empiezan a brillar. Cierra los puños.

—Anne desapareció sin más —murmura—. Yo tenía dieciséis años. Me dejó sola con ellos.

Me entran ganas de sacar el móvil y grabarla, pero me contengo. La dejo hablar.

—Lo recuerdo todo sobre mi hermana. Cómo era. Cómo olía. Cómo se reía con todo el cuerpo.

Asiento.

—A veces la imagino cómo sería ahora, hecha mujer. Le aconsejaría sobre qué carrera elegir, sobre chicos. Pienso en aquella noche. En por qué nos la quitaron. En por qué todavía la echo tanto de menos.

Trago saliva.

—¿Qué recuerdas de esa noche?

Una lágrima le cruza la mejilla. Le ofrezco un pañuelo. Lo acepta.

—Es imposible olvidar el día en que tu familia se hunde —dice, con la voz ronca. Niega con la cabeza—. Bah, no sé por qué revolvemos en el pasado. Anne se esfumó hace quince años.

Me percato de que ha dicho «se esfumó». No «murió».

—¿Cómo era ella? —pregunto, optando por el camino de la nostalgia.

Elisabeth busca algo en su bolso. Se sorbe la nariz mientras rebusca. La observo. Esa mezcla de fragilidad y carácter en ella me despierta un instinto contradictorio. Quiero abrazarla, protegerla. También quiero descubrir qué demonios me está ocultando.

Saca la cartera y me muestra una foto. Una niña de unos tres años, rubia y risueña, agarra la mano de su madre.

Sarah la mira como si no hubiera nada más importante en el mundo.

Anne se parece más a su madre que Elisabeth, quien heredó el cabello negro y voluminoso de su padre.

Anne, sin embargo, tenía el pelo rubio y la piel pálida y delicada como Sarah.

—Mis padres nunca lo superaron. Fue el principio del fin —dice Beth, que se queda pensativa—. O la puntilla final.

Aparto la mirada de la foto.

—Por favor, dime qué recuerdas de ese día.

Tarda en responder.

—No hay mucho que decir. Esa mañana, despertamos… y ella no estaba.

—Tenía cinco años.

Me mira como si no supiera qué estoy tratando de decir.

—Supongo que alguien se la llevó.

—O quizá… —me inclino hacia ella— no se fue. Ni la secuestraron.

Elisabeth ladea la cabeza.

—¿Qué insinúas?

—Siento ser tan directo, pero tal vez la mataron.

Ella vuelve a mirar al suelo y sonríe con amargura.

—No. Anne no está muerta.

—Beth…

Le toco el brazo. Se aparta.

—He dicho que no está muerta.

—¿Cómo puedes saberlo?

Me clava la mirada.

—Porque me llamó. Hace no mucho.

Decir que me pilla por sorpresa sería quedarse corto. Me quedo literalmente sin habla.

—Me preguntó qué tal me iba —prosigue—. Yo le supliqué que me dijera dónde estaba. Entonces colgó.

—¿Desde dónde llamó?

—No lo sé.

—¿Y no has vuelto a saber de ella?

—Nada.

—¿Estás segura de que era Anne?

—Era mi hermana. Lo sé.

—Pero… tu madre piensa…

—Ella no sabe nada.

—¿Y tu padre?

Suelta una flecha de humo.

—Tampoco.

Me paso una mano por la cara. Es todo demasiado confuso.

—¿Por qué no se lo dijiste?

Elisabeth respira con dificultad. Se lleva el cigarrillo a los labios de nuevo, dando otra calada que consume unos milímetros, acercándose al filtro. Es evidente que la pregunta la ha perturbado.

—Anne me pidió que no lo hiciera —susurra—. No iba a volver. Decírselo a ellos solo abriría otra herida. Cambiar un dolor por otro igualmente insoportable.

Me mira. La luz del aparcamiento acaricia su rostro. Sus rizos alborotados y la brasa del cigarro muriendo. Me parece salvajemente bella.

—¿Vas a contárselo a mi madre? —pregunta, retándome.

—¿Debería?

Deja escapar una risa breve, cansada.

—Haz lo que quieras. Pero eso la destrozaría.

El silencio es espeso, pesado. No se disipa.

—Estoy agotada —dice, frotándose los ojos. Da una última calada y deja caer el cigarro en el vaso vacío de café. Bosteza con un leve quejido infantil—. Me voy a casa. Me ha gustado conocerte. ¿Nos veremos otra vez?

—Por supuesto —respondo, aunque sigo buscando palabras que la retengan un poco más.

Le entrego mi tarjeta.

—Si recuerdas algo… si vuelven a atacarte… llámame.

Ella me sonríe. Tiene una bonita sonrisa.

—Cuenta con ello.

Antes de irse, me besa en la mejilla.

Ni siquiera reacciono. Tengo demasiadas cosas girando en la cabeza.

Cuando se aleja, hago un último intento.

—Beth… te lo vuelvo a preguntar.

Se detiene.

—¿Dónde está tu padre?

Me mira por encima del hombro, con una expresión completamente neutra.

—Ya he dicho bastante, Toni —dice. Y sonríe, pero ya no es la misma sonrisa de antes—. Suficiente para una primera cita, ¿no?

—Esto no ha sido una cita —respondo, cansado.

—Intento advertirte.

—¿De qué?

—Esas personas son peligrosas.

—¿De qué personas hablas?

—De las que huye mi padre.

—¿Pero quiénes son?

Elisabeth me mira una última vez. Esta vez, sin rastro de burla y sin reto en la voz.

—Mantente alejado, Toni. —Se gira y comienza a alejarse—. Por tu bien.

Desaparece en la noche. La sigo con la mirada un segundo más.

Luego suspiro y regreso adentro.