13
—¿El Nissan verde es tuyo?
Elisabeth desvía la mirada hacia la mesa, buscando algo para picar. Un leve rubor colorea sus mejillas.
—Pensé que no te habías dado cuenta —dice, tomando una galleta Lotus y mordiendo una esquina con delicadeza.
—¿Me has estado siguiendo?
—No exactamente. —Juega con la galleta entre los dedos—. Seguía a mi madre.
Las comparaciones con Sarah son inevitables.
Elisabeth ha heredado los rasgos latinos de su padre.
Aunque la semejanza madre-hija es evidente, lo que resulta cautivador en Sarah se presenta de otra manera en Elisabeth.
La mirada caída de Sarah contrasta con los ojos de gacela de Elisabeth.
Su nariz, más prominente e imperfecta, le otorga un atractivo exótico.
Alta y esbelta, con pechos pequeños y firmes, su sonrisa oscila entre la timidez y la insolencia, lo que me desconcierta.
—¿La seguías en secreto? ¿Como una espía?
—Más bien como una hija que no se habla con su madre pero que, aun así, se preocupa por ella.
Asiento, analizando su expresión. Su versión coincide con la de Sarah, al menos por ahora. Pruebo con un lanzamiento de tres puntos, a ver si entra:
—¿Y a tu padre? ¿Lo has visto últimamente?
Su sonrisa se desvanece al instante. Baja la mirada a su vaso y guarda silencio. Me fijo en que lleva las uñas cortas y sin esmalte. Cambio de táctica:
—Lleva cuatro días desaparecido. Tu madre…
—Ha acudido a ti para que lo encuentres. Ya lo sé.
Parpadeo.
—¿Lo sabes?
Alza la vista. Su piel pálida está salpicada de pecas alrededor de la nariz. Un leve moratón oscurece su ceja izquierda.
—Aunque no me hablo con ellos, siguen siendo mi familia —dice—. Estoy más al tanto de lo que pasa en esa casa de lo que ellos creen.
Algo en su tono sugiere que tiene una fuente interna. Me pregunto quién será el infiltrado. ¿Tom, quizás? Decido no indagar por ahora.
—Oye, ¿fumas? —pregunta de pronto.
—No.
—Haces bien. —Señala la salida con un leve movimiento de cabeza—. ¿Me acompañas afuera?
—Claro, aquí hace demasiado calor. —No es cierto, pero necesito aire fresco y es la primera chorrada que se me ocurre.
Salimos por un lateral de la sala y caminamos hasta un rincón discreto del aparcamiento. La luz es escasa, apenas la que se filtra desde las farolas de la calle. La noche es tranquila y agradable.
—A Laura no le gusta que fumemos aquí —dice Elisabeth mientras busca en su bolso y saca un paquete de tabaco—. Es comprensible; podría abrir viejas heridas a algunos.
Su comentario me intriga. No recuerdo haberla visto antes en Renacer, así que se lo pregunto directamente.
—Fibromialgia —responde, encendiendo un cigarrillo—. Hay días en que me cuesta lavarme la cara sin ver las estrellas. Pero una se acostumbra.
La entiendo.
—Estoy convencida de que fue por las drogas.
—¿Drogas?
—De joven era adicta. Como Laura. Probé de todo, aunque mi debilidad siempre fue la heroína. Perdí muchas cosas, pero logré salir del pozo y no quiero volver allí.
Sigue sin mirarme a los ojos. Es algo que sucede a menudo aquí, sobre todo con los nuevos: no te miran fijamente. Es involuntario, una forma de protegerse. Yo, en cambio, he aprendido que se descubre mucho mirando a la gente a los ojos.
Elisabeth cruza los brazos y se apoya en la carrocería de una furgoneta.
—Venir aquí me recuerda por qué lucho cada día. El ambiente es bueno y sienta bien estar acompañada de quien te entiende. —Alza las cejas y pestañea, como si despertara de un sueño triste—. ¿Y tú? ¿Cuál es tu drama?
No vacilo.
—Tengo esclerosis múltiple —digo, levantando la muleta.
Ahora sí, fija sus grandes ojos pardos en los míos. Me observa en silencio, esperando que me extienda. No lo hago.
—Lo siento —dice. Exhala el humo lentamente, como intentando borrar la conversación. Luego cambia de tema—: ¿Y qué tal con mi madre? ¿Ya te ha hecho sentir que la molestas? —Adopta un tono teatral—: No lo tomes como algo personal, ella es así.
Decido que el comentario no merece respuesta y guardo silencio.
—Una vez, en una de sus entrevistas para elegir cocinera, preguntó a una candidata si había leído algo de Patricia Highsmith. —Su risa suelta una humareda—. La pobre contestó que no. La descartó de inmediato.
Asiento. Ella nota mi incomodidad al hablar de su madre y adopta un semblante más serio.
—No te lo tomes a mal, Toni, pero ¿sabes dónde te estás metiendo?
—Es mi trabajo. Intento ayudar a tu madre.
—¿A mi madre?
—Así es.
—Sabes que el matrimonio de mis padres no atraviesa su mejor momento, ¿verdad?
Recuerdo las palabras de Chase: Es posible que Joshua se largara con su amante a Cancún y ahora esté bebiendo daiquiris con sombrero de paja.
—Sí.
Elisabeth se recoloca las gafas de sol sobre el pelo y juega con sus pendientes. Le cuesta quedarse quieta.
—En fin, yo ya te he avisado.
—¿Por qué tengo la sensación de que sabes dónde está tu padre?
Ella sonríe y sacude la cabeza.
—No he dicho eso.
—Tu padre hizo la maleta y vació su cuenta bancaria. Encontramos una prenda suya manchada de sangre en su oficina. Creo que puede tener problemas.
El vaso de café tiembla en su mano libre.
—Si tiene problemas —afirma—, quizá lo mejor sea que permanezca oculto.
Su voz suena cortante ahora.
—Dime dónde está, Elisabeth.
—Beth.
—¿Qué?
—Mis amigos me llaman Beth. —Hace chocar su vaso contra el mío.
Levanto la vista y la miro a los ojos. Ella sostiene mi mirada. Siento que se me dibuja una sonrisa estúpida en la cara.
—¿De verdad esto es cosa tuya? —pregunto—. ¿O tu madre te ha enviado para vigilarme?
Elisabeth suelta una risa sarcástica y señala con la cabeza hacia Bernard, que está dentro.
—Antes que aliarme con mi madre, me casaría con el cleptómano.
La referencia me hace sonreír. Bernard está aquí por su vitiligo, pero también tiene problemas con la propiedad ajena.
No cae muy bien. Las malas lenguas dicen que fue detenido en seis ocasiones por robar en supermercados y pequeñas tiendas de ultramarinos.
Ahora se está llenando los carrillos con los cruasanes de Laura, que no necesita robar porque son gratis.
—Mi madre es… peculiar y retorcida, diría que conspiranoica en ocasiones —dice Elisabeth—. Sí, por supuesto que quiero que esté bien, pero de ahí a que nos compinchemos para vigilarte, hay un trecho muy grande.
—Entiendo. —Apuro el último trago de café y lanzo el vaso vacío a la papelera.
Elisabeth da una calada profunda a su cigarro y su expresión se ensombrece.
—Mi padre no es el buen hombre que aparenta ser.
Me quedo mirando la hinchazón de su ceja.
—¿Eso te lo hizo él?
—No.
—Entonces, ¿quién?
Noto que se lo piensa un poco antes de hablar.
—Un hombre tocó a mi puerta el otro día. Quería saber dónde estaba mi padre. Le dije que no lo sabía.
Siento un calor en las entrañas.
—¿Te agredió?
Ella asiente mientras fuma, sin pestañear. Luego comienza a morderse la uña del pulgar que sostiene el cigarro.
—¿Qué aspecto tenía? —pregunto.
—Blanco, cabeza rapada, de mediana edad, tirando a mayor. No era gran cosa, pero llevaba una navaja, y sus ojos decían que era capaz de cualquier estupidez.
—¿Piercings o tatuajes?
—A la vista, solo un tatuaje en el cuello. —Se señala el punto exacto—. El rostro de un tigre.
—¿Por qué te pegó?
—Preguntaba por mi padre. Yo le dije que no sabía nada. Cuando estaba cerrando la puerta, él la bloqueó con el pie. Luego me empujó y entró en casa. —Se cruza de brazos, como si de repente tuviera frío—. Le repetí que no sabía dónde estaba mi padre, y entonces me pegó un puñetazo en el ojo.
Exhala humo en un suspiro y se queda mirando a la nada.
—Si él no te hizo eso, ¿por qué has dicho antes que no es la buena persona que aparenta ser?
Muerde su labio inferior y desvía la mirada. Parece evaluar si vale la pena decirme lo que está a punto de revelar.
—¿Recuerdas cómo era frente a la cámara?
—¿Te refieres a sus películas?
—Sí, cuando actuaba.
Asiento. Lo recuerdo perfectamente.
—Un héroe de acción —respondo—. Seductor, pura virilidad. Un tipo duro.
—Exacto, un tipo duro. El aliado que todos querrían, pero el enemigo que nadie desearía. El ídolo de los telespectadores, pero con quien nunca convivirías.
Frunzo el ceño.
—No estoy seguro de entenderte.
—Imagina enfadar a Joshua Miller.
Hago un ejercicio de imaginación.
—Supongo que sería problemático.
—Sería una pesadilla para ti, Toni —aclara—. ¿Conoces a Pat Cooper?
Niego con la cabeza.
—Un periodista. Ácido, de los de peor calaña.
—Entiendo.
—Hace años, mi madre asistía al estreno de una película que ella protagonizaba. Sin billete de vuelta . ¿La conoces?
—Claro.
—Pat Cooper se abrió paso entre los reporteros y le lanzó una pregunta comprometida y de muy mal gusto, de esas que se clavan como puñales.
Siempre hacía eso, era un impresentable.
Ella, por supuesto, no respondió y siguió caminando.
Algunos la tildaron de diva insoportable, pero es fácil opinar cuando no tienes a los medios respirándote en la nuca.
—Ya veo. ¿Y qué pasó?
—Mi padre estaba con ella. Fue directo hacia Cooper, le arrancó el micrófono y lo estrelló contra el suelo. Montaron un espectáculo.
—No puedo decir que lo culpe —comento.
—Eso es porque eres un hombre.
—¿Cómo? —me río, sorprendido.
—¿Por qué mi padre sintió la necesidad de enfrentarse a ese capullo? ¿Habría hecho lo mismo si mi madre hubiera tenido un pene entre las piernas?
Abro la boca y la cierro de nuevo.
—Supongo que no —admito finalmente.
Ella aparta la mirada y niega con la cabeza, como si ya no le importara la conversación.
—No debería haberte dicho eso —dice—. No es justo.
—No te preocupes. Nos habíamos quedado en que tu padre fue a por él —retomo el tema—. ¿Le hizo algo?
Ella vuelve a mirarme. Toma aire.
—Intervinieron los miembros de seguridad y se llevaron a Cooper. A mi padre le dieron un aviso y le permitieron quedarse.
—Sinceramente, no creo que esta historia demuestre que tu padre sea una mala persona. Cualquier marido habría defendido a su esposa en una situación así, en mi opinión.
—No he terminado.
Elisabeth respira hondo, reúne valor y continúa.