Pack Toni Galán (libros 1-3) 12
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—Lo peor no es el temblor. Ni siquiera la rigidez. Es la incertidumbre.

Alan habla con voz áspera y entrecortada. Es su primer día en el grupo. Viene con su esposa, quien le aprieta la mano como si él fuera a salir corriendo.

—Un día te levantas y apenas puedes abotonarte la camisa.

Al siguiente, no logras sostener un vaso de agua sin que termine en el suelo.

Y lo que más me jode… —Se anima al ver que todos lo escuchamos—.

¡Lo que más me jode es que la gente cree que exagero!

Que me va la queja. Que si me esfuerzo, puedo controlarlo. No entienden que esto no funciona así.

Su esposa le aprieta la mano aún más.

El círculo de sillas cruje cuando alguien se mueve incómodo.

Asiento levemente mientras Alan habla. Lo entiendo demasiado bien.

A pesar de los testimonios duros, me gusta venir aquí.

Es el único lugar donde realmente comprenden cómo me siento y puedo ayudar a otros con mi experiencia.

Alan tiene Parkinson, pero aquí todos cargamos con algo.

La mayoría, incluyéndome, lidia con enfermedades crónicas.

¿Has visto esas películas de invasiones alienígenas donde la gente pasea a sus perros o come helado con su pareja, y de repente caen meteoritos partiendo rascacielos por la mitad? Así era mi vida antes del diagnóstico. La enfermedad cayó sobre mí como un asteroide impactando el edificio Chrysler.

Sin avisar. ¡Boom!

Esclerosis múltiple. Un nombre retorcido que suena a sentencia de por vida, silenciosa y definitiva.

Recuerdo haber parpadeado al entrar en la máquina.

Recuerdo las luces dignas de una película futurista.

Recuerdo las arrugas en la frente del doctor De la Fuente mientras leía el informe.

Aparté la mirada; no podía soportarlo. Tuve que secar las lágrimas de Patricia mientras yo luchaba por mantenerme firme.

La vida cambió para siempre.

Un día podía correr sin problemas; al siguiente, mis piernas eran de plomo.

Hay días en que la fatiga me deja clavado en la cama, como si me hubieran drenado las fuerzas con una jeringuilla.

Otros, el hormigueo y la debilidad en las manos me hacen dudar si seré capaz de sostener un bolígrafo dentro de un año.

O seis meses. O mañana. La visión en túnel ya es parte del paquete; me voy acostumbrando, si es que uno llega a acostumbrarse a ver el mundo como por un periscopio de cartón.

Lo peor es que no hay patrón. Ni reglas.

Solo un enemigo que avanza a su propio ritmo, cuando le da la gana.

A mi lado, alguien se mueve. Alan sigue hablando, pero su voz se disuelve en un murmullo de fondo.

Bajo la vista y dejo que mi mente divague.

Vuelve una y otra vez al Nissan verde. No es paranoia; lo vi siguiéndonos cuando Sarah y yo nos acercamos al despacho de Joshua. Incluso redujo la velocidad al detenernos en un semáforo. Y ahora está ahí afuera, aparcado. La matrícula coincide. ¿Casualidad? Tal vez. O tal vez no.

Miro alrededor, repasando cada rostro en el grupo. Una enfermera jubilada con lupus. Un hombre oriental, de unos cincuenta y tantos, con manos temblorosas. Un veinteañero en silla de ruedas que apenas habla. Nadie con pinta de matón, de tipo peligroso, de alguien que podría estar siguiéndome.

Pienso en Joshua Miller y siento que algo aletea en mi pecho.

Encontrar en su despacho una camiseta manchada de sangre transformó mis temores líquidos en acero sólido, como una bola de demolición.

Esto es real.

Joshua no se fugó con una amante. Se esfumó, y todo lo que rodea su desaparición —la sangre, la pistola, el dinero— no presagia nada bueno.

Sacudo la cabeza y trato de ordenar las ideas. Alan sigue hablando, al borde del llanto, pero yo no lo escucho.

Joshua firmó para la próxima serie de Evelyn Crowe, que está lanzando una nueva productora dirigida a colectivos minoritarios.

Sarah, por otro lado, negocia con los Brown, competencia directa de Evelyn y con quienes Joshua tiene enemistad desde hace años.

Parpadeo ante la ocurrencia.

Antes había imaginado que Evelyn podría estar detrás de todo esto.

Que había mandado borrar a Joshua del mapa para sabotear el acuerdo entre Sarah y Brown Studios.

Lo pensé basándome en la nota amenazante, en los movimientos de Sarah…

y en mi aversión personal hacia Crowe. Qué le vamos a hacer, hasta los investigadores privados tienen sesgos.

Pero ¿y si le doy la vuelta a la tortilla?

¿Y si los Brown movieron ficha primero? ¿Y si alguien de esa adorable familia de productores decidió sacar a Joshua de la ecuación para cargarse el nuevo proyecto de Evelyn antes de que despegara?

Joshua y Thomas Brown no se saludaban ni con el dedo corazón. Así que, ¿por qué no?

Pensar en dónde está Joshua ahora mismo me revuelve el estómago.

Desde que vi esa camiseta manchada de sangre, mi cabeza se ha convertido en un reproductor de películas de terror: secuestros, golpes en la nuca, cuerpos flotando, zanjas, ojos abiertos sin parpadear.

El catálogo completo. En alguna parte de ese caos mental, también hay un pensamiento más luminoso: alguien lo encontrará. Tal vez yo.

Un cruce de miradas me saca de la espiral.

Levanto los ojos y la veo.

Una chica de veintipico, sentada tres sillas a mi derecha, me observa con algo en los ojos que no sé interpretar.

¿Curiosidad? ¿Sospecha? ¿Un fanatismo mal disimulado?

Mientras Alan sigue su monólogo, ella no aparta los ojos de mí.

Una extraña sensación de culpabilidad, como si estuviera haciendo algo malo, me lleva a esquivarla.

Bajo la vista y le doy el último trago al café de vaso de cartón, que ya son solo posos fríos.

Por el rabillo del ojo, noto que me sigue mirando.

Quizá ha reconocido mi cara de alguna entrevista.

O de la portada de un libro. En un momento dado, nuestras miradas vuelven a cruzarse.

Esta vez es ella quien la aparta primero.

Está sentada con una pierna doblada bajo el cuerpo, inclinada hacia delante.

Incluso así sentada se ve que es alta y delgada.

Lleva chaqueta vaquera, lo que llaman tejanos «lavados a la piedra» y unas Vans blancas.

Nada llamativo. Su cabello rizado cae con cierto desorden estudiado.

El único toque de color son unos pendientes amarillos que parecen hechos a mano.

No es guapa en el sentido clásico. Pero hay algo en ella.

La sesión se interrumpe. Laura, la moderadora, anuncia un descanso para ir al baño o por más café.

Es una exadicta que estuvo a una sobredosis de dejar el mundo.

Alguien ahí arriba quiso que encontrara apoyo en un grupo que la ayudó a salir del pozo.

Ahora es psicóloga comunitaria. Busca devolver el favor.

Aprovecho el receso para acercarme a la mesa común, donde Laura ha puesto a nuestra disposición bollos, galletas, infusiones y termos de café caliente.

Me sirvo el segundo café de la tarde —el capuchino de antes no cuenta como café, era una broma líquida— en mi vaso de cartón desechable.

En la pared hay un tablón con anuncios de yoga, cursos de mindfulness y cartas de agradecimiento que probablemente nunca se leyeron en voz alta.

Me quedo frente a ellas, fingiendo interés.

Y entonces, lo siento.

Alguien se sitúa a mi lado, lo bastante cerca para que vuelva la cabeza. La chica de antes. La del pelo rizado. Intento disimular la mirada mientras se sirve un café con leche, pero resulta difícil no darle un repaso.

Ahora sin chaqueta, su silueta cobra definición. La blusa se ajusta a una cintura estrecha, el pantalón marca suavemente sus caderas. El cuello, delicado. Y una melena que cae sobre un hombro, dejando el otro expuesto.

Me sorprende mirándola.

Disimulo torpemente. Carraspeo. Ella sonríe, divertida.

Me extiende una mano.

—Eres Toni, ¿verdad?

No me da tiempo a construir una respuesta digna.

—Sí… —balbuceo.

Y entonces lo suelta, con la naturalidad de quien dice la hora:

—Encantada de conocerte. Soy Elisabeth Miller.

El café está a punto de caérseme de las manos.