Pack Toni Galán (libros 1-3) 11
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Edward Finch y yo nos acomodamos en una de esas cafeterías de diseño moderno y alma prefabricada: paredes de ladrillo falso, iluminación cálida pero impersonal, y estanterías repletas de bolsas de café molido con etiquetas artesanales, como si aquí tostaran los granos a mano y no llegaran en sacos desde una planta industrial de las afueras.

Una melodía de piano suave suena de fondo, diseñada para que nadie preste atención a la música, intentando dotar al lugar de una exclusividad que claramente no posee.

Finch pide un americano. Yo, un capuchino descafeinado, que me sirven en un vaso extragrande.

Más que a capuchino, me sabe a batido industrial con una gran variedad de polvitos y crema de leche; está fuerte y caliente como la noche de bodas de un preso recién liberado.

Cuando Finch va a pagar —no deja que lo invite—, me fijo en la tarjeta de donante de órganos asomando en su cartera.

Nunca habría imaginado a alguien como él preocupado por la vida de los demás.

¿Un agente de artistas, donante de órganos? Ver para creer.

—Bien, usted dirá. —Su tono es directo, sin rodeos.

—Harold Prescott. ¿Le suena?

Finch frunce el ceño, rozando el borde de su taza con los dedos.

—No. ¿Quién es?

—Buena pregunta. Joshua le ha llamado nueve veces en la última semana. Prescott llegó a enviarle una carta pidiéndole que cesara. Mi ayudante lo está investigando, pero ¿no sabe usted a qué puede deberse tanta insistencia?

Finch niega con la cabeza, su expresión imperturbable.

—Vale. Siguiente nombre: Thomas Brown.

El café de Finch se detiene a medio camino de su boca. Lo posa lentamente en el plato.

—¿De Brown Studios?

—El mismo. ¿Lo conoce?

—Por supuesto. Cualquiera en este negocio sabe quién es. Pertenece a una de las familias de productores más prestigiosas del país. ¿Qué pasa con él?

—Joshua también le llamó. Esta vez, un único intento. La víspera de su desaparición.

Finch arruga el gesto aún más.

—Qué raro.

—Sí, sobre todo porque Sarah asegura que Joshua y él no pueden ni verse.

—¿Se lo ha dicho ella?

—Sí.

Finch sonríe entre dientes, como quien sabe algo que los demás ignoran y se muere por revelarlo.

—¿Cuál es la historia? —le incito a hablar.

Finch se remanga la camisa con parsimonia, ajustando la tela después de cada vuelta. Luego apoya los codos sobre la mesa y ladea la cabeza, sopesando cuánto revelar.

—¿De verdad ella no se lo ha contado?

—Ha divagado y cambiado de tema cada vez que ha salido el asunto. ¿Por qué? ¿Qué ocurre con Thomas Brown?

—Joshua trabajó para los Brown hace años. La cosa no acabó bien. Esa relación es un volcán que llevaba tiempo inactivo. Si ahora ha vuelto a escupir lava, sospecho por qué puede ser.

Como escritor, la metáfora me parece un tanto forzada, pero dejo que continúe.

—¿Está diciendo que cree saber por qué Joshua llamó a Thomas Brown?

—Me hago una idea.

—¿Y bien?

Finch entrecierra los ojos y resopla por la nariz, sopesando sus palabras. Luego sacude la cabeza.

—Oiga, no sé si debería estar hablando de esto con usted. Joshua es mi cliente…

—Bien. —Me levanto de la mesa—. Nos vemos, Edward. Suerte con la policía.

Apenas he dado dos pasos cuando su voz me detiene.

—Espere.

Me giro.

—¿Me ayudará a saber lo que está pasando?

Desde su asiento, Finch me mira con los ojos medio ocultos bajo sus cejas espesas.

—Siéntese.

Su tono ha perdido la arrogancia inicial.

Obedezco. Doy un sorbo a mi café, que sigue caliente. No puedo evitar una mueca de asco; demasiado amargo.

Lo dejo hablar.

—No soy el mejor representante del mundo.

Nunca lo he sido. —Se palpa los bolsillos y la camisa, buscando algo.

Su paquete de tabaco, seguramente. Al recordar que está en un establecimiento donde no se permite fumar, desiste con una mueca—.

Pero los actores y actrices siguen confiando en mí después de tantos años. ¿Sabe por qué?

—Ilústreme.

—Porque desde el primer día entendí quién manda en este negocio.

No los directores ni los productores, sino los actores.

Son ellos los que llevan a la gente a las salas de cine.

Ponga el nombre de DiCaprio en un cartel y la taquilla…

—Hace volar un cohete con la mano—. Pufff…

se dispara. Así funciona. Es un hecho probado. ¿Entiende lo que quiero decir?

—Sí.

—Su cliente, y esposa del mío, Sarah Campbell, ya no arrastra masas como antes, pero su nombre sigue teniendo peso —dice Finch, como si hablara de una marca en decadencia—. No me extraña que en Brown Studios estén interesados.

—¿Sarah ha firmado con ellos?

Finch ladea la cabeza y sonríe, casi divertido. Disfruta viéndome atar cabos.

—¿Tampoco se lo ha dicho?

—No.

Se inclina hacia adelante. Baja la voz, como si alguien pudiera espiarnos en este nido de falsedad moderna disfrazado de cafetería.

—Ella no es mi clienta. No tengo acceso a contratos ni reuniones. Pero el otro día la vi entrando en los estudios de los Brown.

Mis dedos tamborilean contra el vaso.

—¿Y eso cómo lo sabe?

—Porque la vi. Con estos ojos. El jueves pasado, en Los Ángeles. Yo salía del despacho de Randy después de cerrar un contrato…

Levanto una mano.

—Espere. ¿Quién es Randy?

—El hermano pequeño de Thomas —bufa—. Un niñato con tarjeta de acceso que no sabe hacer la «O» con un canuto.

Trabaja en la compañía solo porque papá Brown no sabía dónde meterlo.

Aunque lo de trabajar es un decir. Thomas tiene visión para los negocios, pero Randy no.

Randy tiene… —Chasquea los dedos, buscando la palabra adecuada—. El apellido.

—Vale, lo he interrumpido. Siga.

—Eso. Salía del despacho y me la crucé entrando al ascensor. Iba acompañada de Thomas Brown. Sarah con Thomas. No había dudas.

Un escalofrío me recorre la espalda.

—¿Está seguro?

Finch me lanza una mirada cargada de paciencia, como si acabara de preguntarle si el agua moja.

—¿De qué color es mi corbata?

—Azul marino.

—Exacto. Tan cierto como lo que vi. Fue como ver a Larry Bird jugando para los Lakers.

Asiento, incómodo. La imagen es tan clara como absurda.

—¿Le va el basket? —pregunta.

—Sí.

—Entonces se lo imagina.

Me echo hacia atrás en la silla, sintiendo que las piezas encajan de una forma que no me gusta nada. Cuando mencioné a Thomas Brown delante de Sarah, ella se mostró fría, esquiva. Ahora sé por qué. Me mintió. O al menos me ocultó algo.

Me pregunto por qué.

De pronto, se me ocurre algo.

—¿Y si la cosa con los Brown no cuaja? —pregunto.

Finch arquea una ceja y sonríe con picardía, encantado con la dirección de la conversación.

—Entonces la nueva película de los Brown se va al carajo. Sin Sarah, no hay taquilla, no hay patrocinios, no hay premios. Si alguien quiere hundir a Brown Studios, lo tiene fácil: solo tiene que desestabilizar a su estrella.

—¿Cree que alguien querría hacerlo?

—¿Que si lo creo? Galán, este negocio es el coliseo romano. Todos quieren ver sangre ajena. Y ahora hay un nuevo actor en escena.

—¿Un nuevo actor?

—¿No ha oído hablar del último movimiento?

Arrugo el gesto.

—No sé de qué me habla.

Finch sonríe, como si esperara esa respuesta.

—No, claro que no. Pero muy pronto, la gente no hablará de otra cosa.

—¿De qué?

—La nueva marca. Es un concepto, más bien. Un movimiento político disfrazado de tendencia artística. —Abre las manos, como si estuviera presentando un producto en un anuncio barato—. Cine de inclusión forzada, racial, sexual… toda esa patraña. Algunos lo llaman «Crowe quizás lo malinterpreté, le concedo eso.

Pero esto es distinto. Yo mismo estuve presente cuando Joshua firmó con el nuevo sello de Evelyn Crowe.

Y créame, no fue un paseo por el parque.

Me inclino hacia él, interesado.

—¿Por qué lo dice?

Finch suelta un resoplido, meneando la cabeza con una mueca de desagrado.

—Tengo caries más viejas que el chico que le lleva el papeleo y la sigue a todas partes.

Ese abogado paliducho y desgarbado. Tendría que verlo.

Se me acerca, me da un apretón de manos que parece un pez muerto y me suelta con una sonrisa fría: «Espero que no haya ningún inconveniente con el contrato de Joshua».

Como si me estuviera amenazando, ¿entiende?

Como si fuera de la mafia. Que no haya ningún inconveniente… Hay que joderse.

Un escalofrío me recorre la espalda.

—¿Llegó a amenazarlo directamente?

—¿Qué? No, nada tan obvio. Solo esa insinuación velada. Pero el mensaje quedó claro.

Aparto mi café, ya frío, y me concentro en procesar la información. Me asalta una teoría absurda: ¿sería capaz Evelyn Crowe de orquestar la desaparición de Joshua para desestabilizar a Sarah y, de paso, a Brown Studios? Suena descabellado, pero viniendo de ella, no lo descartaría.

La mafia moderna ya no lleva sombreros de fieltro ni fuma puros en clubes oscuros.

Ahora visten trajes de diseño y operan desde oficinas con vistas panorámicas.

Y Evelyn es la reina en ese tablero. Sabe que, si Brown Studios relanza a Sarah con su nueva película, su propia marca podría tambalearse.

Así que mueve ficha: presiona al marido, su propio actor, y luego a Sarah, con amenazas.

Pero hay piezas que no encajan. ¿Por qué Joshua se largó con todo el dinero sin decirle nada a Sarah? ¿Y por qué la nota amenazante le pedía a ella que lo encontrara, en lugar de exigirle directamente que rompiera con los Brown?

Por otra parte, Evelyn no es estúpida. Sabe que un perrito domesticado es más útil que un lobo salvaje.

Son detalles que me molestan como un grano de arena en la retina.

Miro el reloj: las ocho menos cinco.

—Mierda, llego tarde. —Me levanto y le tiendo la mano a Finch—. Gracias por la charla, Edward. Creo que ambos hemos sacado algo en claro. ¿Seguiremos en contacto?

Él estrecha mi mano con firmeza, sin levantarse.

—Si es tan listo como parece, Galán, estoy seguro de que sí.

Por primera vez, su sonrisa no me resulta tan desagradable. Incluso consideraría quedarme un rato más, pero tengo otros asuntos urgentes.

Mi sesión de terapia.

Dos horas semanales en las que puedo soltar toda mi mierda sin que nadie me juzgue. «Renacer», lo llaman. Yo prefiero «Incomprendidos Anónimos». No siempre tengo ganas de ir, pero hoy sí. Ha sido un día largo y complicado.

Necesito desconectar. Ver caras que no tengan nada que ver con Sarah Campbell, Joshua Miller o Evelyn Crowe.

Pero mi esperanza se desvanece en cuanto entro al aparcamiento del centro comunitario.

Hay pocas plazas ocupadas, así que lo veo de inmediato.

Un Nissan Sentra verde.

Matrícula A23BCD , Nueva York.

Y, de repente, sé que ni siquiera aquí encontraré un momento de paz.