10
Sarah no se permite perder los nervios hasta que cruzamos la puerta del edificio y salimos a la calle.
—Vale… ¿y ahora qué? —Se cubre el rostro con las manos, escondiéndose del mundo.
—No lo sé —respondo, todavía aturdido por lo que hemos encontrado en el despacho de Miller—. Podemos volver a mi edificio. Tengo el coche allí. Te llevo a casa.
—No. Prefiero un taxi.
Se seca los ojos con el nudillo, con el cuidado de quien teme estropear el maquillaje, aunque dudo que hoy se haya maquillado. Viejas costumbres, supongo. Luego me mira, desesperada.
—Está bien, ¿verdad? Por favor, Toni… dime que mi marido está bien.
—No podemos sacar conclusiones todavía, Sarah. No nos precipitemos.
—Pero esa sangre…
Se muerde el labio. Aguanta el llanto.
La sangre.
Si Joshua llevaba puesta la camiseta cuando se produjo la herida, la mancha estaría más dispersa.
Si le hubieran disparado, habría un agujero en la tela.
Pero no hay. Solo una gran mancha localizada.
Además, no veo a Joshua poniéndose esa camiseta fuera de una cancha de baloncesto. ¿Fue atacado mientras jugaba?
Eso me lleva a una hipótesis más optimista: ¿y si fue un accidente? ¿Un codazo, un balonazo? Algo tonto.
Lo descarto. No encaja. La mancha es demasiado limpia. Demasiado localizada. Además, parece difícil imaginar que Miller jugara un partido de baloncesto después de fugarse de casa con cuarenta mil dólares y un revólver. Y si la herida se produjo antes de su desaparición…
—¿Te suena que Joshua llegara a casa con alguna herida antes del miércoles? —le pregunto.
—¿Herida? ¿Como qué?
—La nariz inflamada, un corte, un labio partido.
—No… nada de eso. ¿Por qué?
—Creo que usó la camiseta para detener una hemorragia. Por eso la mancha está ahí, concentrada. Como si se presionara una herida.
No parece tranquilizarla. Al contrario.
—¿Qué vamos a hacer? —insiste, cada vez más nerviosa.
—Creo que alguien lo atacó y por eso se largó. Tenemos que encontrar a quien lo hizo. Eso nos llevará a Joshua.
—¿Pero quién querría hacerle daño?
—No lo sé, Sarah. Eso es lo que trato de descubrir.
Se lleva una mano al crucifijo que cuelga de su cuello. Inhala profundo, como si se le cerrara la garganta.
Al ver un taxi libre, levanta la mano.
—¿Eres bueno en esto, Toni? —me pregunta—. ¿En encontrar gente?
—Creo que sí.
El taxi se detiene junto al bordillo. Sarah apoya la mano en la puerta, lista para irse.
—¿Puedes encontrar a mi hija?
Me quedo helado por la nueva petición.
—Por favor… encuéntrala.
No espera respuesta. Sube al coche y desaparece entre el tráfico.
Yo me quedo unos segundos con la mirada puesta en la carretera, atento a la aparición de algún Nissan Sentra verde. Hay algún Nissan que se le parece, por supuesto, pero ninguno con la misma matrícula.
Vuelvo a marcar el número de Hada.
—Me vas a fundir la batería —saluda con su amabilidad habitual.
—Hada.
—Dime.
—Antes pedías algo más desafiante, ¿no?
—Ajá.
—Pues te tengo una petición a medida.
—A ver.
—Quiero que busques a la hija de Sarah Campbell.
Silencio. Puedo imaginarla frunciendo el ceño.
—¿Anne Miller? Toni… desapareció hace quince años.
—Lo sé.
—Podría estar muerta.
—También lo sé.
—Y si no lo está, será mayor de edad. Quizá cambió de nombre. Posiblemente está fuera del país.
—Muy cierto.
—La policía no encontró nada en su momento. ¿Y tú crees que yo voy a hacerlo ahora?
Sonrío.
—Querías un reto, ¿no?
—¿Por qué quieres encontrarla?
—Empiezo a pensar que esa niña está relacionada con la desaparición de Miller. Todo me lleva a ella. La nota de amenaza la menciona. Y ahora Joshua se lleva sus cosas. No puede ser casualidad.
Oigo cómo deja escapar todo el aire de golpe.
—Veré qué puedo hacer.
—Una búsqueda básica. Nada loco.
—Ya te he dicho que sí, pesado. Mañana hablamos.
—Gracias, Hada. Eres la mejor.
—Eso ponlo por escrito cuando hablemos de mi subida de sueldo.
Nada más colgar, veo salir a Edward Finch del edificio. Se mueve rápido, como un tipo al que se le está acabando el tiempo. La camisa mal metida, gesto crispado como el de un villano de cómic. Me digo que, pronto, su corazón le dará un susto.
Me sitúo a su lado. Ajusto mi paso al suyo, lo cual no es fácil con esta pierna.
—¿Qué quiere? —gruñe sin mirarme.
—Baje el ritmo, hombre, o lo confundirán con un congresista huyendo de un reportero. Y no sé quién de los dos saldría peor parado.
—No se haga el gracioso. No me conoce de nada.
—Tiene razón. Y tampoco soy amigo de Sarah Campbell —le susurro a la altura de su hombro.
Se detiene como si la acera se hubiera convertido en cemento fresco. Me observa, jadeando.
—¿Entonces quién coño es usted?
Aprovecho la pausa para explicarme.
—Toni Galán. Investigador privado. Sarah me ha contratado para encontrar a Joshua Miller. Usted es su agente, ¿verdad?
Se ríe. Un sonido seco, áspero.
—Lo era.
—Entonces tenemos intereses comunes. ¿Le apetece colaborar?
Debo admitirlo: en estos momentos no solo estoy pensando en Miller; también en la cartera de clientes de Finch. No estoy orgulloso, pero uno debe velar por su porvenir.
—No tengo nada que decirle. Ya le he dicho a Sarah que no sé dónde está. Y ahora, si me disculpa…
Da un paso para irse, pero lo detengo con una frase:
—Si yo fracaso, lo siguiente será una investigación policial. Y créame, su despacho será la primera parada. En ese caso, ¿a quién cree que interrogarán primero?
Se detiene de nuevo. Mi pregunta ha quedado flotando en el aire con una respuesta más que evidente: a su agente .
—¿Me está amenazando?
—Para nada. No tengo nada en su contra y de verdad pienso que usted no es responsable de la desaparición de Joshua.
Pero Sarah es mi cliente, me debo a lo que ella me ha pedido.
Solo digo que no le conviene que la policía comience a hacer preguntas…
como por ejemplo, cómo consiguió Joshua ese revólver.
El tipo palidece. Se desabrocha el primer botón de la camisa y se afloja la corbata.
Un velo de miedo cruza ahora su rostro, congelado como si hubiera sido noqueado por un boxeador invisible.
Me relamo viendo a un agente de estrellas encogido por el miedo.
¿Sabe algo? Tal vez no tenga ni idea de dónde está Joshua, pero no quiere que nadie bucee en sus asuntos.
—¿Tiene diez minutos? —pregunta al fin, resignado.
—Tengo todo el maldito día.
—Entonces… tomemos un café.