9
Varias posibilidades cruzan mi mente en un instante sobre la identidad del autor del «¿Quién anda ahí?». Podría ser Tom, el remitente de la nota amenazante, el secuestrador de Joshua, Harold Prescott… o, por qué no, el propio Miller.
La respuesta llega antes de que pueda decidirme.
Una cabeza asoma por la puerta lateral del despacho.
Su expresión hosca se relaja al ver a Sarah.
A mí, en cambio, me observa con la misma desconfianza que se le dedicaría a un chihuahua a punto de orinarse en la moqueta.
No deja de alisarse la corbata con ambas manos, un claro tic de inseguridad.
—¿Sarah? ¿Qué haces aquí?
Ella parece aliviada al reconocerlo y se vuelve hacia mí.
—Toni, este es Edward Finch. Trabaja aquí.
Intercambiamos una mirada de cortesía. Él sostiene el contacto visual un segundo más de la cuenta.
—Déjame hablar con él a solas —me pide Sarah.
Dudo un instante, pero luego cedo.
—Me encanta que me den órdenes —digo, con una inclinación teatral—. Estaré en el pasillo.
Aprovecho la espera para llamar a Hada. Sus primeras palabras vienen cargadas de ácida ironía. No me sorprende.
—¿Ya has terminado tu paseo con la bella dama?
Dejo escapar el aire, cansado.
—No está siendo fácil. Se empeña en no soltar prenda sobre su familia.
—¿Y te extraña? Llevan décadas esquivando la indiscreción de la prensa. Y tienen su parte de culpa, claro.
—¿Qué quieres decir?
—Que no han parado de alimentar rumores todos estos años. Y no solo por lo de Anne. Es sabido que la relación con su otra hija es inexistente, y entre ellos tampoco es que se lleven de fábula. La pareja idílica de los noventa hace tiempo que dejó de serlo… En fin, ¿dónde estáis ahora?
—Seguimos en el despacho de Miller. ¿Te ha dado tiempo a encontrar algo sobre él?
—¿Acaso lo dudas? La próxima vez, dame algo difícil. Resolver esto me ha llevado menos tiempo que secarme el pelo.
—¿Eso es un sí? Eres la mejor.
—No hace falta que me adules; hace tiempo que te di el «sí quiero» de ayudante barra secretaria .
—Eres más que eso, y lo sabes.
—Oh, por favor. Que no estoy para mimos. ¿Quieres la info o no?
—Dispara.
—El miércoles, Miller acudió a distintos cajeros de la ciudad. Sacó cuarenta mil dólares en efectivo de su cuenta en Pinnacle Capital. La dejó a cero.
—El día de su desaparición —murmuro.
—Exacto, Sherlock. Blanco y en botella.
Silbo, caminando en círculos sobre la moqueta.
—No es poca cosa. Podría ser parte del plan para esfumarse. Encaja con lo que hemos visto aquí.
—¿Qué habéis visto?
Lanzo una mirada hacia la puerta del despacho. A través del cristal, Sarah gesticula nerviosa; Finch se apoya con los brazos en jarra. No parece una discusión, pero tampoco una charla amistosa.
—Sarah dice que han desaparecido fotos y recuerdos de su hija Anne. Cosas personales. Y encontramos una carta un tanto inquietante.
—¿De Harold Prescott?
Me freno en seco.
—¿Tú cómo lo sabes?
—Porque tengo la lista de llamadas de Miller. Margaret ya hizo su magia.
Antes de salir de casa para reunirme con Sarah en Manhattan, le encargué a Hada que contactara con Margaret.
Margaret es una señora que trabaja en una de las grandes compañías telefónicas del país.
La jubilación llama a su puerta y teme que sus ahorros no le alcancen para vivir.
Por siniestro que resulte, conseguir la lista de llamadas de alguien es pan comido si tienes en el equipo a alguien como Margaret, quien lleva haciendo favores a esta agencia privada más de una década.
Lo único que hace falta es algo de dinero.
Por suerte, es un dinero que sale, al menos por ahora, del fondo de la agencia y no del nuestro.
—Joder… Qué eficiencia. ¿Prescott aparece en la lista?
—Nueve llamadas. En tres días.
—¿Nueve? ¿Puedes averiguar quién demonios es?
—Contaba con tu petición. Dalo por hecho.
—Gracias. ¿Alguna llamada más que destaque?
—Todavía estoy cruzando datos, pero hay un número que me ha obligado a comprobarlo varias veces.
—¿Cuál?
—El martes pasado, justo antes de desaparecer, Joshua llamó a Brown Studios.
—Brown Studios… —repito. Productora importante. Joshua es un actor de renombre. No parece raro—. ¿Está trabajando con ellos?
—No que yo sepa. Pregúntale a la Cenicienta.
Frunzo el ceño.
—No empieces, Hada.
La puya no es casual. Hace unos años, cuando Sarah Campbell aún era joven y deseada, interpretó a Cenicienta en la adaptación del clásico de Disney. Fue un rotundo fracaso en taquilla. Una de esas películas que no sobrevivieron ni al primer fin de semana en cartelera.
—Lo siento, no me pude resistir. —Ríe traviesamente—. Te quiero, idiota.
—Y yo a ti.
Cuelgo.
El sudoroso Finch sale del despacho. Me lanza una mirada como si dudara entre saludarme o arrestarme. Amaga con darme la mano, pero se arrepiente en el último momento. Es un alivio; no quiero comprobar cuán escurridizas tiene las palmas.
Entro de nuevo y cierro la puerta.
—¿Quién era? —pregunto.
Sarah está de espaldas, mirando el paisaje con los brazos cruzados. Se vuelve despacio.
—Edward Finch. El representante de Joshua.
Sonrío por dentro. Así que estamos en la misma jungla, él y yo. Tal vez algún día montemos un partido benéfico: investigadores contra representantes. Sería divertido. Jugamos con reglas sucias, pero ellos tienen mejores trajes.
Sarah observa el entorno con una mezcla de resignación y pavor. Parece abrumada.
—Esta agencia lleva a medio Hollywood. Se especializan en artistas.
Miro a mi alrededor con renovado interés. Estoy en un edificio donde se maneja más información y dinero del que puedo imaginar. Posiblemente, la mayor fuente de clientes que podría encontrar. Me esfuerzo por no babear. Eh, soy tan humano como cualquiera.
—¿Le has preguntado por Joshua?
—Claro. Dice que no sabe nada. Que no lo ve desde el miércoles.
—Miércoles. Ese día empieza a sonar más que un hit de verano.
—Desde entonces le ha llamado tres veces, pero siempre salta el buzón.
—Genial. Sabe lo mismo que nosotros. ¿Y algo más?
Esta vez duda un instante antes de hablar.
—Me ha preguntado por ti. Quiere saber quién eres.
—¿Y le has dicho que soy detective?
—Le he dicho que eres amigo. Y, para evitar confusiones, que no nos acostamos.
Si estuviera bebiendo kombucha, ahora estaría saliendo líquido de colores por mi nariz.
—¿Y qué ha contestado a eso?
—Que lleva veintidós años siendo representante. Y que el secreto de su éxito es, entre otras cosas, no meterse en lo que no le incumbe. Luego hizo el gesto de cerrarse la boca con cremallera.
Ahora entiendo su reacción en el pasillo. Asiento y espero a que se me baje el rubor.
—Tenemos que hablar —digo.
Sarah se sienta en la silla. Sobre el cristal, sus manos juegan nerviosas, como ya hacían en su casa esta mañana.
Yo me quedo de pie al otro lado de la mesa.
—He hablado con mi ayudante —le informo—. Tu marido vació su cuenta bancaria antes de desaparecer.
Las arrugas de preocupación afean su rostro y su mirada se desvía. Abre y cierra la boca varias veces, como si quisiera decir algo, pero finalmente sacude la cabeza.
—Eso es muy extraño. ¿Por qué haría algo así?
—Creo que estaba huyendo de algo. —Me pregunto si debo compartir lo que pasa por mi mente y, al final, lo suelto—: O tal vez no tiene pensado volver.
Ella mantiene los ojos fijos en los míos. Su rostro es tan inocente y frágil que siento que algo se derrumba en mi interior. Cuando acepté ser investigador privado, no pensé que tendría que lidiar con los sentimientos de los clientes.
—¿Cuánto dinero retiró? —pregunta.
—Cuarenta mil dólares.
—Puede que sean más.
—¿Más?
—Ven —dice, levantándose.
Me guía hasta la sala contigua. En la pared, el cuadro abstracto está abierto como una compuerta de emergencia. Dentro, hay una caja fuerte. Abierta. Y vacía.
—¿Tenías idea de esto? —le pregunto.
—Sabía que tenía una caja fuerte, pero no la contraseña. Edward sí. Él la ha abierto.
—Entiendo. ¿Y qué había dentro?
—Dinero, supongo.
Me rasco la mejilla. Mi imaginación desbordante toma el mando de nuevo y habla por mí:
—¿Armas?
Sarah me clava la mirada, como si no pudiera más.
—Joshua tenía un revólver. Para protección. Tras lo de Anne, lo pasó muy mal. Se encerró en sí mismo y empezó a ver fantasmas. Así que se hizo con una pistola. Edward le ayudó. Yo no quería armas en casa, así que le puse una condición: si quería un revólver, tendría que guardarlo en otro sitio.
Cierro los ojos un instante. Un actor famoso, con mucho dinero en efectivo, una pistola… y nadie sabe dónde está. Genial. El cóctel perfecto para una tragedia.
—¿Joshua tenía algún amigo cercano? Alguien que pudiera haberle ayudado a desaparecer.
Niega con la cabeza.
—Ya no. Solo confía en Edward.
—¿Y estás segura de que no oculta nada?
—No lo creo. Conozco a Edward desde hace años. Es de fiar.
—¿Y Thomas Brown?
El nombre flota en el aire como un disparo. Sarah se queda inmóvil. Su mirada se oscurece.
—De Brown Studios —aclaro.
Como si despertara, Sarah responde:
—¿Qué ocurre con él?
—¿Qué relación tiene tu marido con Thomas Brown?
—¿Lo preguntas por algo?
—Joshua llamó a sus oficinas antes de desaparecer.
—¿Estás seguro?
—Bastante. ¿Pudo Thomas Brown ayudar a Joshua a desaparecer?
—Lo dudo mucho.
—Ni siquiera te lo has pensado.
Las facciones de Sarah se tornan duras ahora. Me mira en silencio, como si un pensamiento la atravesara.
—No tienen relación —explica al fin—. Joshua y los Brown se odian desde hace años.
—Pero ayer dijiste que no tenía enemigos.
—Y no los tiene. Lo que tuvo con los Brown fue hace mucho tiempo y no guarda relación con esto. Es una larga historia.
Sus ojos dicen «no insistas». Y los míos, que no me creo una palabra.
De pronto, algo en ella cambia. Su cuello se alarga y sus ojos se abren como si hubiera visto un espectro.
—¿Qué pasa?
—El armario. No lo hemos abierto.
Corremos hacia el armario. Un olor a cerrado nos da la bienvenida. Dentro, un pequeño santuario: una gorra de los Knicks, un balón casi nuevo, unas zapatillas gastadas.
—Es un fanático de los Knicks —comenta Sarah.
—¿También juega?
—De vez en cuando. Cada vez menos. Antes tenía una liguilla con los vecinos.
Me invade una nostalgia súbita. Conozco esa sensación.
Una bonita afición que se va apagando con el tiempo.
Yo también solía jugar. Fui federado de joven.
Entrenamientos de lunes a viernes, partido el sábado.
Y luego, pasar el rato con los compañeros hasta que caía la noche.
Eso fue antes de casarme. Antes del divorcio.
Y mucho antes de las agujas, del diagnóstico, de convertirme en el hombre que observa en lugar de correr.
A veces echo de menos aquellos días. Cuando todo era más simple. Cuando mi estado de ánimo dependía de una pelota entrando en un aro.
Sigo examinando el armario. Además del balón, la gorra y las zapatillas, veo un mural enmarcado con entradas para el Madison Square Garden.
Colgada de una percha, la camiseta local de los Knicks.
Número veinte, Allan Houston. Un tiro limpio y elegante desde la larga distancia.
¿Su jugador favorito en la juventud? Quizá.
No sé por qué pienso en eso. Pero sé algo: de repente, Joshua Miller me cae un poco mejor.
Descuelgo la camiseta y la extiendo.
—Oh, mierda.
—¿Qué? —exclama Sarah. Al darse cuenta de lo mismo que yo, gira la cabeza para ocultar la primera lágrima.
No lloró cuando hablamos de la desaparición de su marido por primera vez, pero ahora es diferente; el dolor por el impacto es palpable e imposible de ignorar.
Finalmente, se tambalea y se deja caer de rodillas sobre la moqueta.
Yo sigo de pie, mirando estupefacto.
En la parte delantera de la camiseta, el nombre NEW YORK brilla en letras naranjas sobre blanco. Justo debajo, el número veinte.
Y un poco más arriba, desviándose hacia el tirante derecho…
Una gran mancha roja.
Sangre seca.