Pack Toni Galán (libros 1-3) 8 #2
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Manhattan y sus rascacielos… ¿cuál no lo es?

Junto a la entrada, pegado al muro, hay un póster enmarcado con una fotografía del propio edificio.

Pienso que, si hicieras zoom, verías la misma imagen en el mismo marco, una y otra vez, como un bucle de espejos.

Como esas ilustraciones que se contienen a sí mismas en un túnel infinito de repeticiones: esa foto que contiene la misma foto, que a su vez contiene la misma foto, y así infinitas veces.

Lo apunto mentalmente: quizás para una futura novela. O tal vez es solo un desvarío más.

—¿Cómo es que un actor de Hollywood tiene una oficina en el centro de Manhattan? —pregunto.

—Mi marido decidió probar suerte en el mundo de la producción. Es algo muy común, especialmente entre los artistas que comprenden que sus mejores años ya han pasado. —Alza la vista hacia el edificio de cristal—. Alquiló aquí un pequeño despacho. Pequeño. Tal vez demasiado para él y su ego.

Me sorprende el ataque gratuito, pero no digo nada.

Entramos.

Recorro con la vista el vestíbulo: lámparas geométricas doradas, bancos de madera oscura con cojines verde botella, un ficus que se yergue como un centinela vegetal.

Nos cruzamos con un hombre de traje que masacra su móvil con los pulgares y con una mujer elegante, de moño perfecto y tacón impaciente, que tamborilea el suelo como si quisiera acelerar el tiempo.

Subimos al piso doce. El ascensor apenas emite un zumbido.

Salimos a un pasillo con moqueta gris, tan mullida que amortigua el sonido de nuestros pasos.

Las paredes están pintadas de un blanco frío, salpicadas aquí y allá por pequeñas placas metálicas que indican el nombre de los despachos y las salas de reuniones.

Detrás de los cristales tintados se adivinan escenas fragmentadas: un hombre grita al teléfono, dos mujeres ríen con falsa complicidad —estoy seguro de que es falsa— sobre vasos de cartón con el logo de la máquina de café.

Todo suena lejano, como si el edificio fuera una cápsula sellada.

Al fondo, Sarah abre una puerta con una llave plateada. El cristal se desliza con un susurro neumático.

El despacho es pequeño e impoluto. Una mesa de cristal refleja las luces del techo. Encima, un iMac de última generación, una bandeja para papeles vacía y nada más. Ni una foto, ni un recuerdo, ni siquiera un bolígrafo que rompa la perfección aséptica del espacio. Solo orden. Silencio. Frialdad.

Desde el ventanal se ve Bryant Park. Desde esta altura, los jóvenes universitarios no se diferencian de los de mi época, y, en general, todos los problemas se perciben menos importantes desde esta perspectiva.

Mi mirada recorre las paredes, esperando encontrar premios, certificados o recuerdos que hablen de una carrera exitosa, pero solo hay un gran cartel enmarcado de la primera película de Joshua.

Su rostro juvenil, congelado en el tiempo, me devuelve una mirada intensa. Un latin lover congelado en celuloide.

Sarah avanza hacia una puerta lateral y la cruza rápidamente, como si supiera exactamente dónde buscar. La estancia adyacente es aún más funcional: un escritorio blanco, un armario empotrado y un cuadro abstracto que recuerda a un Pollock rabioso.

—¿Echas algo en falta? —pregunto.

Sarah observa.

—Imposible saberlo.

—Me refiero a algo que destaque. El ordenador parece intacto, las mesas están ordenadas… Quiero saber si crees que alguien ha entrado aquí, además de tu marido.

No responde de inmediato. Sus ojos se fijan en la cajonera, donde la llave está puesta, algo que claramente llama su atención.

Se arrodilla, abre el primer cajón y comienza a revolver.

Papeles, cuadernos, objetos sueltos. Finalmente, saca una hoja de papel.

Comprueba el sello del encabezado: «American Heritage». La examina.

—¿Qué es? —pregunto.

—Una carta dirigida a Joshua —responde.

Me agacho a su lado. Leemos juntos:

Estimado señor Miller:

Acusamos recibo de sus recientes cartas y tomamos nota de sus reiteradas comunicaciones con este despacho. Como ya se le explicó en persona, el asunto que usted menciona es de carácter estrictamente confidencial, y no podemos proporcionarle más información al respecto.

Le instamos cordialmente a que se abstenga de seguir contactándonos, ya que su insistencia ha superado los límites razonables y comienza a resultar inapropiada. De continuar con esta conducta, nos veremos en la necesidad de tomar las medidas que consideremos oportunas.

Esperamos su comprensión y el cese inmediato de estas comunicaciones.

Atentamente,

Harold Prescott

Nos miramos.

—¿Sabes de qué va esto? —pregunto. El papel tiembla en las manos de Sarah como si pesara diez kilos.

—No —titubea, sin dejar de mirar la carta.

—Harold Prescott… —repito en voz alta—. ¿Lo conoces?

—No me suena de nada.

—¿Un abogado? Quizá Joshua requirió sus servicios hace algún tiempo.

Sarah niega con la cabeza, rápida y decidida.

—No lo creo. Tom es nuestro abogado desde hace más de una década. No tendría sentido que Joshua consultara a otro sin decírmelo.

Se vuelve al cajón con una ansiedad apenas contenida, revolviendo entre papeles y objetos como quien busca una verdad enterrada. Entonces se detiene de golpe, rígida.

—¿Sarah? —digo, al ver que está conteniendo la respiración.

Sin responder, se incorpora bruscamente y desaparece por la puerta que conecta con el despacho principal. Me quedo solo en esa pequeña oficina silenciosa. La moqueta amortigua incluso mis propios pensamientos.

Mi mirada se posa en una papelera junto a la mesa. Solo hay un papel arrugado dentro. Lo rescato. Es una hoja de periódico. En el encabezado, en letras escandalosas: ¿EL NUEVO JOSHUA MILLER?

Debajo, una foto de un actor joven en el photocall del Festival de Cannes.

Flequillo perfecto, mandíbula afilada y ojos ridículamente fruncidos, como un carcelero de película mala.

Demasiadas películas de Pierce Brosnan. Es como Chase, si Chase se maquillara para salir en la portada de Vogue .

Solo que más niño y vestido casi como una mujer.

Noto una punzada. Me lo imagino ocupando portadas, quitando papeles de casting, apoderándose del espacio mediático que antes perteneció a Joshua. Entiendo por qué este recorte terminó aquí, en la basura. Si yo fuera Joshua, también lo habría hecho trizas.

Dejo el papel donde estaba justo cuando Sarah regresa. Su rostro ha cambiado: está tenso, pálido.

—No están —susurra, como si le costara procesarlo.

—¿Qué?

—Las fotos. Los recuerdos que Joshua guardaba de Anne. Su oso de peluche. Anne no dormía sin su Bunny. Joshua lo trajo aquí después de… después de que desapareciera. Lo tenía en su cajón, envuelto en papel de seda. Y ahora… alguien se lo ha llevado todo.

Su voz se quiebra. Doy un paso hacia ella, pero no llego a decir nada.

Clac.

Un leve chasquido interrumpe el momento. Es seco, neumático. El mismo que hace la puerta de cristal del despacho cuando se abre desde fuera. Solo que esta vez, nosotros no la hemos tocado.

Sarah gira el rostro hacia la entrada, alarmada.

Yo tenso la espalda. Mi mano va instintivamente hacia la muleta, como si con ella pudiera defenderme de algo más que una acera empinada.

Pasos. Lentos. Determinados.

Una voz grave retumba desde el despacho principal:

—¿Quién anda ahí?