Pack Toni Galán (libros 1-3) 8
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Sarah me espera en el punto acordado, a la salida del edificio donde se encuentran las oficinas de TG Confidential.

Está sola; si Tom la ha traído, ya se ha ido.

Luce un vestido azul oscuro que le llega hasta los tobillos y lleva el cabello recogido en una coleta.

Un pequeño bolso color crudo cuelga de su hombro, y unas enormes gafas de sol completan su atuendo.

Solo un fan acérrimo reconocería a Sarah Campbell en la mujer que me sonríe nerviosa mientras me acerco, sofocado y apoyado en mi penosa muleta.

Su sonrisa es insegura, como la de un amante en la mañana siguiente.

Me disculpo por los —miro el reloj— ¡siete minutos de retraso! Me siento avergonzado, pero, en mi defensa, aún no domino el tráfico de esta ciudad. Y eso que vengo de Madrid, un auténtico caos vial, pero esto es nivel experto.

Sarah le resta importancia y sugiere que nos pongamos en marcha. Me digo que sigue siendo hermosa; ninguna prenda barata, peinado improvisado o ausencia de maquillaje puede ocultarlo.

Antes de mudarme aquí, había visitado Nueva York en varias ocasiones.

La primera, con Patricia, unos dos años después de nuestra boda y algunos meses antes de nuestro divorcio.

Recuerdo que me abrumó la amplitud del cielo azul contrastando con la sensación de claustrofobia que provocaban los monumentales edificios.

Los constantes pitidos y ruidos del tráfico iban y venían en mi mente, mientras mi atención se centraba en los reflejos de los cristales a mi alrededor, en el olor a rocío de Central Park después de un día de lluvia, o en las coquetas casas adosadas de ladrillo visto, con sus escaleras de acceso y pequeños jardines frontales llenos de coloridas flores.

Y también en las decenas de personas con las que me cruzaba.

Como escritor, siempre he sentido curiosidad por saber qué pasa por la cabeza de aquellos hombres y mujeres que caminan a mi lado.

Quizás están repasando una reunión importante, soñando con un viaje de verano con sus parejas o simplemente tienen la mente en blanco.

Me evocan la imagen de ratas girando sin cesar en una rueda de plástico.

Invierten su tiempo en trabajos que no les gustan, rodeados de personas que no soportan, para pagar casas o coches que no les pertenecen.

Recuerdo haber pensado que, si existiera una versión de Luminol —ese líquido con el que los agentes de criminalística encuentran sangre en las escenas de un crimen— para detectar el vacío existencial o la ausencia de propósito, la mitad de la gente con la que nos cruzamos a diario se iluminaría como Times Square en Nochevieja.

En mi caso, ahora que vivo aquí, camino con la seguridad de un neoyorquino que ha perdido el miedo a los taxistas kamikazes y que no se sorprende por los indigentes que parecen habitar mundos alternativos.

Pero hoy me encuentro en un limbo de miedo, emoción y ansiedad.

Nos dirigimos al sur por la Sexta Avenida, hacia la oficina de Joshua Miller. Siento que todos nos observan al pasar, aunque la realidad es que están perdidos en sus propios asuntos. No vaya a detenerse la rueda.

Pasamos junto a Bryant Park. Rostros jóvenes nos miran con curiosidad: «Eh, ¿no es esa aquella actriz?

», parecen pensar; o «¡Mirad, el tío de la serie del asesino de las novias!

», pero inmediatamente desvían la mirada hacia otros asuntos.

Tardes soleadas como esta hacen que grupos de universitarios se tumben en la hierba, tomen el sol y jueguen a las cartas después de un día de clases.

«Disfrutad mientras podáis, chicos —les animo telepáticamente—.

Antes de que os convirtáis en ratas y os metan en jaulas».

Las zapatillas Converse de mis tiempos vuelven a estar de moda, pero los pantalones desgastados y las camisetas con publicidad de Coca-Cola han sido reemplazados por prendas de marca que apenas pueden pagar.

Siento una punzada de nostalgia. Ya nadie lleva bermudas.

Todos los chicos visten tejanos grandes que casi ni se sostienen en la cadera, como payasos de circo buscando otra carcajada.

La cintura baja deja ver calzoncillos de colores estridentes y, en el caso de ellas, no sé qué opinarán sus padres sobre que exhiban la goma de la ropa interior.

No quiero parecer un viejo quejándose de los gustos de las nuevas generaciones, pero todo esto hace que los pantalones acampanados y las americanas con hombreras parezcan elegantes y prácticos.

¿Cómo pueden salir así a la calle sin morirse de vergüenza?

Como si leyera mi pensamiento, Sarah dice:

—Esto ha cambiado mucho.

Finjo sorpresa.

—¿Pero es que ha cambiado?

Ambos forzamos una sonrisa. Me gusta cómo la luz del sol vespertino incide en su rostro pálido.

—¿No sueles venir por aquí?

—La verdad es que salgo poco de casa últimamente —contesto—. Oye, tenemos que formalizar el contrato.

—Eso puede esperar.

—De todas formas, debería pagarte —dice, con la confianza de quien está acostumbrada a manejar dinero—. Ahora mismo estás trabajando gratis para mí.

Asiento. No veo la necesidad de responder. Ella continúa.

—Tom me ha dicho que te enseñó la amenaza.

Ahora sí me sorprendo.

—¿Te lo ha dicho?

—En realidad, lo vi haciéndolo. Es pésimo disimulando. Detuvo el coche nada más pasar la verja… —Exhala un suspiro que suena a mitad risa, mitad reproche—. Parece nuevo en esto. O cree que soy idiota.

—Háblame de esa nota.

Sarah desvía la mirada hacia los escaparates.

Pasamos frente a una boutique de Rolex y, justo al lado, una tienda Steinberg con un piano de cola blanco y resplandeciente.

Su mirada se queda enganchada ahí. No puedo evitar pensar en el otro piano, la bestia que reposa en el salón de los Miller.

¿Lo toca Joshua? ¿O es Sarah quien hace hablar a esas teclas?

—La encontré el viernes pasado en el buzón —empieza—.

No es la primera vez que recibimos cartas anónimas.

Algunas son bastante inquietantes. —Se encoge de hombros y hace un gesto vago con la mano—.

Ya sabes cómo funciona esto: te adoran hasta que deciden que eres basura.

Y entonces te escupen. Lo mismo da que sean fans, periodistas, críticos o quienes mueven los hilos.

Pero nunca… —Su voz se quiebra un instante—. Nunca habían mencionado a Anne.

Se interrumpe. Reanuda el paso. Yo la sigo.

—¿Tienes idea de quién pudo enviarla?

—No. —Señala un paso de peatones—. Crucemos. Mejor por la derecha.

Obedezco. Pero antes de girar la esquina, me fijo en un Nissan Sentra verde botella que circula en paralelo.

El coche más genérico de la historia. Pero su velocidad —más lenta de lo normal— me pone en alerta.

Me detengo e intento ver al conductor. En cuanto lo hago, acelera y desaparece calle abajo.

A23BCD, matrícula del estado de Nueva York. La memorizo. Probablemente no sea nada… Un buen perseguidor nunca cometería la torpeza de ir a paso de tortuga.

No le comento nada a Sarah y seguimos andando.

Entramos en una calle estrecha, flanqueada por edificios tan altos que la luz apenas roza el suelo.

Ninguna planta sobreviviría aquí. Junto a un cúmulo de bolsas de basura, un hombre de piel oscura y barba cana discute con el pavimento.

Lleva un chaleco de cuero falso, unas deportivas con agujeros y nada más.

Ni camisa ni pantalones. Solo el chaleco, los gritos y la dignidad perdida.

Pasamos de largo. Su tos detrás de nosotros suena como si estuviera expulsando el alma por la boca.

Acelero el paso.

—Si vuelven a escribirte, o te llaman, o sientes que te están siguiendo, avísame enseguida.

—Por supuesto.

—Quiero preguntarte algo personal.

—Adelante.

—¿Joshua juega?

Ella niega con la cabeza.

—Ya te lo dije esta mañana. Nunca. No tenía deudas. Ni negocios raros. Al menos, que yo supiera.

Asiento.

—Háblame de tu relación con él.

—¿Por qué?

—Es importante para la investigación.

—Es irrelevante, Toni. Nos llevemos como nos llevemos, tú tienes que encontrarlo igual.

No estoy de acuerdo, pero no insisto y sigo intentando obtener información:

—Entonces háblame de tu hija mayor. Elisabeth.

Silencio. Luego:

—¿Qué quieres saber? Ya te dije que dejó de hablarnos hace tiempo.

—¿Por qué?

—Las relaciones entre padres e hijos son complicadas. Ya lo verás. ¿Tienes hijos, Toni?

Veo el intento desesperado de cambiar de tema. Lo dejo pasar.

—No. No tengo. ¿Sabe ella que su padre ha desaparecido?

—Lo dudo mucho.

Una bicitaxi pasa a nuestro lado al ritmo de un rap atronador. El conductor pedalea con furia mientras los bajos sacuden el suelo como si estuviéramos en un club al aire libre. No entiendo una sola palabra de la letra, pero el cantante parece enfadado.

—¿Y no vas a decírselo?

Sarah guarda silencio. Veo que los músculos de su mandíbula se tensan. Intento presionarla un poco más.

—¿Podría haber sido ella quien escribió la nota?

Se detiene y me mira. Tras los cristales oscuros de las gafas, casi puedo sentir sus ojos vidriosos escupiendo fuego.

—¿Beth? No digas tonterías. Ella nunca haría algo así. Quería a Anne con locura. No la utilizaría para dañar a nadie.

El tono es definitivo. Asiento y doy por concluida la conversación. No quiero perder a mi mejor clienta hasta la fecha el primer día, así que opto por el silencio, una opción que probablemente debería elegir más a menudo.

Sarah se detiene ante un edificio de cristal con una puerta giratoria.

—Es aquí —dice.

No ha pasado ni un cuarto de hora desde que salimos.