Pack Toni Galán (libros 1-3) 7 #3
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—Habla por ti, novelista —responde Chase—. Yo llevo años preparándome para algo así.

—Así que era eso. —Hada se recuesta en la silla—. Ya decía yo que lo de actor tenía que ser una tapadera.

Chase carraspea. Durante un segundo, una sombra le cruza la mirada. Casi parece… vulnerable.

—Okey, Hada. Gracias por el puñetazo emocional —masculla.

Ella suelta el aire.

—Lo siento, ¿vale? Me he pasado.

Él le saca la lengua. Ella le guiña un ojo.

—Puerco…

Como niños. Ni más, ni menos.

—Mira el lado positivo —dice ella, mirando hacia mí.

—¿El dinero? —salta Chase, mientras se lanza a por una galleta de coco.

—Yo estaba pensando en algo menos materialista —replica ella.

—¿Por ejemplo? —pregunto yo ahora.

—Si esto sale bien, nos beneficiará.

—¿En qué?

—Popularidad. Los Miller son conocidos en todo el mundo. Si resolvemos esto, todo el mundo sabrá quién es TG Confidential. Nos puede abrir puertas.

Asiento en silencio. Las ideas se amontonan en mi cabeza como paparazzis frente a una clínica de rehabilitación.

Hada tiene razón, claro. Pero algo dentro de mí —esa voz molesta que se activa en los peores momentos— me dice que no debería seguir con esto.

Debí haber rechazado la oferta allí mismo, en el salón de Sarah.

Reunir a Hada y Chase ha sido un error estratégico: contra todo pronóstico, se han confabulado en mi contra y yo estoy en clara minoría.

—Pero ¿cuál es la duda? —me presiona Chase, dando un nuevo trago a la lata.

Hada echa más leña al fuego:

—Eso mismo digo yo.

Los dos me miran inquisitivamente, esperando a que hable. Quieren que diga que sí. Me retrepo en la silla, entrelazo los dedos sobre la mesa y respiro hondo.

—Chicos, no estamos hablando de una simple desaparición —digo—. Los Miller no son una familia convencional.

—Vaya, gracias por la revelación —salta Hada, cargada de sarcasmo. A Chase, por supuesto, le hace gracia. Se le escapa una risita de fondo.

—Dejadme acabar… No es solo que sean dos celebridades. Su hija pequeña desapareció hace quince años sin dejar rastro. Ahora el padre hace lo mismo. La hija mayor ni siquiera les habla. Esto huele raro.

—O a drama de sobremesa —replica Chase, cruzándose de brazos—. Es posible que Joshua se largara con su amante a Cancún y ahora esté bebiendo daiquiris con sombrero de paja. No hace falta buscar fantasmas en cada esquina.

—Cree el ladrón que todos son de su condición —salta Hada, provocando a Chase.

—Lo tengo en cuenta —respondo, levantándome—. Pero hay algo más: la nota. Alguien amenazó a Sarah.

—Un teatrillo. Lo más seguro es que esa nota de amenaza signifique menos de lo que parece —apunta Chase—. Solo prueba que, además de su mujer, hay otros que buscan a Joshua.

—¿Por qué?

—Gente poderosa tiene enemigos. Punto. Quién sabe si tiene deudas por pagar o si está metido en un chanchullo.

Y si ese enemigo quiere algo de él, ¿qué mejor forma de presión que asustar a su mujer?

—explica Chase—. Nuestro trabajo no es desentrañar la psique de Hollywood, Toni. Es encontrar al tipo.

—Y encima alguien que probablemente no quiera ser encontrado —añade Hada.

Asiento en silencio. Mis dedos tamborilean en la mesa.

—Pero la amenaza menciona a Anne.

—Como lo haría cualquiera con acceso a Google —dice ella—. Si yo quisiera chantajear a los Miller, empezaría por ahí. Golpea donde más duele.

Chase se incorpora también y me mira fijo. Sus ojos tienen esa cualidad de los que han visto demasiado y aun así siguen jugando como si todo fuera una partida de póker.

—Tengo tiempo libre —anuncia, como si eso fuera una novedad—. Puedo pasarme por el club de golf.

—¿Al que Joshua dijo que iba el miércoles?

—No, hombre, Toni. Al Augusta National. Estoy a ver si me fichan para el Masters —responde con esa sequedad marca de la casa—. Claro que al de Joshua. A ver si alguien lo vio o dejó algún dato útil.

—Vale, está bien —accedo, sacando el móvil—. Pregunta por él. También necesitaremos los movimientos bancarios y de sus tarjetas. Tom, el abogado de la familia, se encargará.

Sin demorarlo más, marco el número de Sarah. Mientras espero, pesco una galleta y me la meto a la boca. Sarah contesta rápido, como si hubiera estado esperando al otro lado del teléfono.

—¿Tu marido tiene alguna oficina o despacho donde podamos echar un vistazo? —pregunto, con la boca todavía llena de miga de galleta.

—Sí, un pequeño espacio en Manhattan, cerca de Bryant Park. Tom tiene una copia de las llaves.

—¿Alguien ha ido?

—No —responde, con una pausa—. ¿Significa esto que aceptas el caso?

Contengo la respiración. El miedo me susurra que diga que no. Pero la curiosidad —y un jugoso cheque con demasiados ceros— me grita lo contrario. Siempre me han atraído los misterios más que las certezas. ¿Qué voy a hacer? Al final del día, sigo siendo escritor de suspense.

—Sí. —Suelto el aire—. Acepto.

Hada levanta los pulgares. Se le ha iluminado el rostro.

—Qué alegría oír eso —celebra Sarah—. Puedes venir a firmar el contrato cuando quieras.

—Lo dejaremos para después. Primero vamos a la oficina de Joshua. Cada minuto cuenta.