Pack Toni Galán (libros 1-3) 7 #2
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Termino de contarle todo: Evelyn, Kip, Molly, la mansión, Sarah Campbell y la tensión de la entrevista.

Pero dejo el nombre del desaparecido para el final.

Cuando lo suelto, el rostro de Chase no desvela ninguna emoción, lo cual no impide que yo sienta un frío repentino en el corazón.

Chase se queda unos segundos mirándome sin decir nada.

Ya no jadea y su pecho apenas sigue perlado de sudor. Por un instante, parece humano.

Se masajea el mentón, rasposo por dos días sin afeitar, y comenta:

—¿Así que Molly no llegó a casarse con ese tipo?

—De todo lo que te he contado, ¿te quedas con ese detalle?

Voy a la nevera, me sirvo un café frío y cojo una lata de cerveza para Chase. Se la lanzo de regreso al salón. La lata emite el chasquido gaseoso típico cuando Chase la abre con el pulgar. La espuma está a punto de derramarse, pero él lo evita y se gana un gracioso bigote blanco.

Tras un momento pensativo, añade:

—Invítala a salir.

—¿Estás loco? Esa mujer es odiosa.

—Mentiroso. —Sonríe.

—Cuidado con lo que dices, amigo. Ahora soy tu jefe. Acostúmbrate a hacerme reverencias a mi paso. Y no estaría de más que me llamaras Jefe, Boss, o, mejor aún, Alteza.

Dejo escapar una exclamación cuando Chase me lanza parte de la cerveza. Me alcanza en la frente con un golpe húmedo y me salpica la camisa.

—Tenéis cerveza en la cara, alteza —dice Chase.

Lo miro ojiplático por un segundo. Gotas de cerveza me resbalan por la nariz. Ambos estallamos en carcajadas.

—¿Así que no vas a intentarlo con Molly? —retoma Chase el tema.

—Ni de coña. Además, le propuse un café y me lo rechazó.

—¡Uf! —abre los ojos como platos y dramatiza con la mano—. ¿Un café? ¿En serio? ¡Cuidado, amigo, estás rozando el acoso sexual!

Nos interrumpe el timbre. Abro sin preguntar. Sé que es Hada. Entra como siempre: paso decidido y coleta alta como un estandarte. Lleva vaqueros ajustados y una camiseta negra sin mangas.

—Hola, Toni —dice sin detenerse, como si el loft fuese la pista de baile. Deja el bolso sobre la mesa—. ¿Por qué tienes cerveza en la cara?

Mientras me limpio con un trapo, Alfred sale disparado a saludarla, con las orejas levantadas y el rabo moviéndose como loco. Logan ni se inmuta: alza un ojo, comprueba que no hay invasores y vuelve a su siesta.

Hada se agacha, agarra a Alfred por los mofletes y le dedica unos segundos de mimos intensos. Él lame el aire como si pudiera saborear su afecto.

Pero cuando se incorpora y ve a Chase —sin camiseta, cerveza en mano y la sonrisa ladeada de quien acaba de ganar un duelo al sol—, toda la dulzura parece diluirse. Sus párpados caen sobre él como dos guadañas en lo que yo llamo «la mirada de la muerte».

—Vaya, vaya… —suelta Chase—. La princesa Vaiana se ha dignado a visitarnos. Qué inmenso honor.

—No puedo decir lo mismo —replica ella sin mirarlo—. Aunque me habían advertido de tu presencia.

Se cruzan. Ella pasa de largo. Él la escanea de arriba abajo.

—Vamos… ¿No soy tu tipo? —pregunta Chase, apoyándose en el marco con una descarada lentitud.

—Mi tipo no tiene nombre de dibujo animado ni va por ahí medio en pelotas —contesta Hada, sin girarse del todo.

—Ajá. Eres de las que necesitan tiempo. Me encantan los retos.

—Y a mí los insecticidas. ¿Puedes ponerte algo, por favor?

Chase se pasa una mano por el flequillo, como si no fuera ya perfecto de por sí.

—Tranquila. Ya me visto. No vaya a darte un vahído de la emoción.

—Vaya, machote, ¿tienes camisetas con esa frase bordada?

—Siempre es un placer tenerte por aquí, traes luz. —Chase toma una camiseta gris que estaba colgada en una silla. Se la pone despacio—. ¿Así mejor, princesa?

—Mucho mejor. Ahora ya pareces un adulto —dice ella, y me lanza una mirada: «¿Por qué lo aguantas?».

Desde la cocina, revuelvo un café ya frío y me froto la frente. Decido no intervenir. Ella suelta un bufido de desaprobación.

—Más te vale que lo que tengas que contarme merezca la pena de haber venido hasta aquí, con este exhibicionista —me dice, señalando a Chase como quien señala un mueble estropeado.

—Madura, princesa —replica él, echando aire por la nariz.

—Madura tú.

Chase le lanza un beso. Antes de que se lancen algo más pesado que palabras, corto en seco:

—Basta. Los dos. —Por fin se callan. Aprovecho para atacar—. Tenemos que hablar.

—Pues hablemos —dice ella, colgando la chaqueta sobre la silla—. ¿Nos sentamos?

Nos sentamos. Hada saca una caja de pastas del bolso y la abre sobre la mesa.

—Joshua Miller ha desaparecido —digo—. Su mujer quiere que lo encontremos.

Pongo a Hada al corriente. Paso por alto mi encuentro con Molly Dickinson.

No es el momento. Ni el estado emocional adecuado.

Hada tiene una brújula moral que apunta siempre al norte…

aunque a veces ese norte atraviese la yugular de alguien.

Y no siempre es agradable de ver. No tengo claro si se pondría de parte de Molly o de la mía, y solo pensar en cualquiera de las dos posibilidades me pone los pelos de punta. Mejor no tentar a la suerte.

Cuando termino de hablar, suelta un suspiro.

—¿La hija desaparece hace quince años y ahora lo hace él? Pobre mujer. Está siendo víctima de un bucle siniestro de desapariciones. Parece sacada de una serie sueca. Cualquiera diría que la han maldecido.

No puedo evitar pensar en que eso mismo, casi palabra por palabra, me lo dijo Sarah esa mañana.

—¿Qué opinas? —le pregunto.

—Opino que, por fin, tenemos trabajo.

Mira a Chase. Le hace un gesto orgulloso. Él responde como si le hubiesen encendido el interruptor.

—Vale. ¿Empezamos?

—¿Empezamos a qué? —pregunto.

—A investigar, jefe. ¿O no era eso? ¿No es esta una reunión de trabajo? —Da un trago a la lata de cerveza, convirtiendo la pregunta en una ironía.

—En realidad, os he reunido para pediros consejo. Aún no he decidido si acepto el caso.

Se miran entre ellos y luego me miran en silencio como si acabara de confesar que colecciono figuritas de Hello Kitty. Resulta violento.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Pasa que no sé cuál es el problema —responde Hada, pasando discretamente una pasta por debajo de la mesa. Alfred agita feliz la cola al pescar el inesperado premio.

—El problema, Hada, es que no sé si estamos preparados —digo.