Pack Toni Galán (libros 1-3) 7
33%

7

Menos de media hora más tarde, aparco el coche junto a mi portal.

No me bajo enseguida. Releo por tercera vez la nota amenazante, bloqueo el móvil y respiro hondo antes de salir.

La brisa vespertina del Hudson me templa los nervios mientras mi mente surfea, como una tabla a la deriva, los detalles de la oferta de Sarah Campbell.

Analizo los pros y los contras.

Para empezar, es un trabajo desafiante. Por fin.

Nada que ver con Eleanor Feldman y su perro instagramer.

Este caso tiene todos los ingredientes necesarios para una buena novela negra: una actriz mundialmente famosa, un marido desaparecido, una hija mayor con la que no hay trato y otra que se evaporó sin dejar rastro.

Añádele una amenaza anónima y… Voilà. Solo falta un cadáver y ya tendríamos el tráiler.

Es un punto de partida más que digno. Mimbres con los que cualquier escritor estaría encantado. Solo que esta vez no lo voy a escribir. Voy a vivirlo.

¿Me estoy metiendo en la boca del lobo? Puedo engañar a Hada, tal vez a Chase, incluso puedo hacerme el gallito con Evelyn y Kip. Pero en el fondo sé que no soy un detective de verdad. Diga lo que diga la placa de mi oficina.

Y entre tanta duda, la nota en tono de amenaza sigue parpadeando tras mis retinas.

No habrá advertencias después de esta.

Alguien más está buscando a Joshua. Alguien que no juega limpio, usando el chantaje emocional con Sarah. ¿Quién? ¿Por qué?

Pongo a trabajar mis neuronas. Sarah Campbell ofreció mucho dinero. Del bueno. Del que hace que las amenazas te suenen a ofertas de empleo.

La alternativa: seguir a merced de Evelyn Crowe y su circo legal desde Los Ángeles, desde donde esa tiburona sigue coaccionándome.

Vuelvo a Brooklyn. Mi hábitat. Que no confunda el hecho de que trabaje en una oficina a cinco minutos de Central Park y de la Quinta Avenida. Allí solo está la agencia que me paga. Yo vivo aquí, en Brooklyn, el distrito favorito de todos los que quieren aparentar que no quieren aparentar.

Si no has estado, lo conocerás por su puente, por los Nets o por los turistas que se creen que Dumbo es solo un elefante. Yo tampoco lo sabía hasta que llegué.

Me encanta vivir aquí. Cuando llegué, me sentí como el protagonista de una de esas películas indie donde todo el mundo tiene bicicletas vintage , gafas enormes sin cristales y esa especie de atmósfera irónica que solo entienden quienes pagan quince dólares por un bol de granola. Vivo en un loft …

Vaya, son demasiadas cursivas… Creo que me estoy americanizando, o agilipollando, si me permites la redundancia.

Decía que vivo en lo que el contrato llama un loft . Traducción real: una nave vieja, probablemente ex-matadero, que alguien redescubrió, dejó los ladrillos a la vista, le puso nombre francés y lo alquila como si tuviera jacuzzi. Bienvenidos a Nueva York.

Mi barrio es un museo de contradicciones.

Cafeterías con café de avena a ocho dólares al lado de tiendas donde venden papel higiénico por kilos.

Lo mejor es la gente. Hipsters con camisas de leñador, italianos de tercera generación, artistas bohemios, ratas del tamaño de un Yorkshire y ferris cruzando el Hudson como si estuviésemos en un musical de Broadway.

Con lo bueno y lo malo, no lo cambiaría por nada. Bueno… tal vez por un ático con vistas a la Quinta. Tal vez.

Aquí me ha traído la vida. Comparto piso con un actor fracasado, con quien llevo una extraña vida, llamado…

—¿Chase?

Nada. Cierro la puerta y repito su nombre. Alfred, mi labrador de alma noble, me recibe dando saltos y agitando el rabo como un fan de los Backstreet Boys en 1997. Nada igual para animar un día complicado. Le rasco la oreja.

—¿Hola? ¿Hay alguien?

Desde el fondo del piso, me llegan gemidos rítmicos y graves. Masculinos. El dormitorio de Chase.

Lo encuentro haciendo dominadas en ropa interior.

No te imagines ese look de calcetines blancos y calzoncillos sobaqueros.

No. Chase parece sacado de un anuncio de perfume francés: bóxers inmaculados, piel bronceada, torso de catálogo, sudor brillante en pectorales que parecen tallados a cincel.

El cabrón se balancea con tanta elegancia que casi puedo oír de fondo el Nessun Dorma .

Su pitbull, Logan —rescatado de un chantajista con más delitos que gusto para la moda—, ronca hecho un ovillo junto a los palos de golf. Logan y Alfred son como una comedia romántica canina: polos opuestos que han aprendido a convivir juntos de la misma manera en que lo hemos hecho Chase y yo.

—Cuarenta y ocho… cuarenta y nueve… y cincuenta —culmina Chase.

Baja de la barra con la respiración entrecortada y el pecho brillante por el sudor.

Tengo que apartar la mirada o acabaré dudando de mi condición sexual—.

Ah, ya estás aquí. — Señala mi muleta y chasquea la lengua—. ¿Sigues dejándote ver con eso?

—Sí, Chase.

—No lo necesitas. Y lo sabes.

—Me ayuda.

—No. Te degrada. Es un cartel que dice: «personaje secundario con drama médico». Deberías dejarte de chorradas y hablar con mi entrenador. Es un hijo de puta adorable. Aprieta las tuercas hasta que grites el nombre de tu primer amor, pero te deja nuevo. Y fuerte, que es lo que tú necesitas ahora.

Su comentario me trae a la mente a Peter Montgomery, mi antiguo fisioterapeuta.

El que se convirtió en el asesino de novias.

Ese cabrón calculador también apretaba las tuercas.

Se ganó mi confianza y usó mis guiones para matar a tres mujeres en Los Ángeles.

Si no fuera por Alfred, yo sería otra nota de prensa.

Ahora está entre rejas. Dicen que tiene novia.

En fin, tiene que haber de todo, supongo.

—No todos son como Peter —dice Chase, como si me leyera la mente. A veces creo que puede.

Señalo su boca y cambio de tema.

—¿Eso es carmín?

Se lleva un dedo a la zona y se lo mira. Se le ha teñido de rojo. Sonríe.

—Culpa de Rosalie. O Emily, ya no recuerdo. ¿Domingo? Debe de ser Emily.

Sonríe con esa mezcla de chulería y encanto con la que podría venderle hielo a un pingüino.

Y solo es la una de la tarde. Este tío juega en otra liga.

Chase Donovan es mi compañero de piso, mi ayudante, mi consejero y el autor de unas tortitas con caramelo capaces de redimir a un alma perdida. Diría que también es mi amigo, pero Chase no tiene amigos. Puedes acercarte a él, pero nunca conocerlo del todo.

Nos conocimos en Los Ángeles, en plena caza del asesino de novias.

Chase era un actor joven encasillado en papeles de ligón o hermano molesto.

Había trabajado con Evelyn Crowe, como casi todo el mundo.

Todo iba relativamente bien para él hasta que lo pillaron en un camerino, en plena coreografía horizontal con la esposa de un director famoso.

Resultado: puerta giratoria de salida en Hollywood.

Encandilar a la gente se le da mejor que actuar, y él lo sabe.

Así que, cuando decidí dejar el cine y mudarme a Nueva York para montar TG Confidential, le ofrecí que se viniera conmigo.

No por generosidad, sino por instinto de supervivencia.

Chase es ese tipo que, si cae de un quinto piso, aterriza con un mojito en la mano.

Además, sospecho que vive de una herencia oculta o de algún fondo de inversión que solo él entiende.

Pero lo que más le atrajo fue la posibilidad de usar una pistola en el trabajo.

Un sueño hecho realidad para alguien que combina a James Bond con Danny Ocean.

Ni un solo pelo de su flequillo negro está fuera de sitio.

No es objetivamente guapo, pero nadie, tal vez solo los envidiosos, se atrevería a decir en voz alta que no lo es.

Su cara parece esculpida a martillazos, su bronceado podría hacer llorar de envidia a cualquier adicto al sol, y cualquier trapo que se ponga —sea un Armani o una camiseta vieja de los Lakers— le queda como un guante.

Es un cabrón con estrella. Para alguien con caderas de escritor y problemas de espalda como yo, es irritante. Y fascinante.

Mirar a Chase es odiarlo o admirarlo. No hay término medio.

Él es consciente, claro, y no le importa.

De hecho, a veces da la impresión de que los humanos le aburrimos.

La primera impresión que deja es la de un arrogante niño rico, superficial, elitista…

en dos palabras: un completo idiota. No fue diferente conmigo; me cayó mal en cuanto lo vi.

En la segunda toma de contacto, me arrancó una carcajada.

Al tercer día ya estás preguntándote si darías la vida por él…

o si querrías enterrarlo en cal viva. Hada elegiría la segunda opción.

Se pone unos pantalones vaqueros, pero decide que el torso puede quedarse al aire un rato más. Mientras se estira, dice:

—Venga, cuéntame. ¿Drama, misterio o chisme de alcoba?

—He estado en casa de Joshua Miller y Sarah Campbell. ¿Y sabes qué…?

—Las personas que dicen «sabes qué», esperando a que el otro les conteste, deberían estar penadas con trabajos comunitarios.

—Eres de conversación fácil, ¿lo sabías?

—Soy de conversación eficiente. Ahora, desembucha.

—Se trata de una desaparición —digo.

Él arquea una ceja.

—Te escucho.

Nos vamos al salón, seguidos de nuestros perros.

Conforme empiezo a hablar, ya no paro. Mientras le cuento la historia, Chase hace de todo menos escucharme.

Se lima las uñas, lanza un cojín a la papelera con puntería de base titular, rebusca en la nevera y pica algo de comer.

Ojea la calle entre las cortinas buscando bellezas de Brooklyn, y la bahía a estas horas de la tarde está llena de ellas.

Cuando localiza a una, silba. Lo peor no es que silbe.

Es que, muchas veces, le contestan con una sonrisa. Y, a veces, hasta con un guiño.