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De camino a casa, marco el número del despacho y dejo que suene por el altavoz del coche. Hada responde al tercer tono.
—TG Confidential, dígame.
La «T» es de Toni, la «G» de Galán. El resto es una declaración de intenciones, una clara referencia a nuestro nicho de mercado. Además, L.A. Confidential es una de mis películas favoritas. Todo junto: TG Confidential. El nombre se me ocurrió sin ayuda de nadie.
Toni Galán, experto en marketing.
—¿Alguna llamada? —pregunto.
—No. Pero Eleanor Feldman te ha enviado flores. Un ramo enorme. Y una nota de agradecimiento con una foto de Sir Fluffington con pajarita.
Me llevo dos dedos al puente de la nariz y aprieto.
—¿Ofertas de trabajo?
—Nada. ¿Qué querían los Miller? Me tienes en ascuas.
—Pues cualquiera lo diría.
—¿Qué quieres decir con eso?
Lo que quiero decir es que resulta prácticamente imposible discernir el estado de ánimo de Hada por su tono de voz, que es imperturbable, y mucho menos por teléfono.
Ella es así, fría. Tengo mis teorías al respecto.
Sospecho que reserva todo el temperamento para la pista de baile. Obviamente, no le digo nada de esto.
—Olvídalo.
—Olvidado. ¿Y bien? ¿Vas a decirme por qué nos ha llamado Sarah Campbell esta mañana?
—Tiene que ver con su marido.
—¿Joshua? El otro día echaron una película suya. Estaba estupendo en los noventa. Casi tanto como Felipe. —Felipe es el actual novio de Hada. Lo conoció, cómo no, en la pista de baile. No durará—. Bueno, ¿y qué le pasa?
—¿Puedes venir a casa en un rato?
—Tenemos social de bachata, ¿recuerdas?
—Me temo que hoy no podrá ser, Hada.
Suspira.
—También estará Chase —añado—. Prefiero que lo hablemos los tres en persona, si no te importa.
Esta vez, el suspiro alcanza el nivel de un resoplido de irritación. Aun a través de los viejos altavoces de mi Escarabajo, me llega perfectamente nítido.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada. Os veo en un rato, a ti y a ese.
Cuelga ella primero. «Ese» es Chase. A Hada no le hace gracia.
Ella es demasiado íntegra, tanto que a veces me pregunto cómo puede sobrevivir en este mundo competitivo y codicioso —y no me estoy refiriendo solo al ámbito del espectáculo—.
Chase, por el contrario, es… juguetón. Despreocupado.
Para él, la vida es un cóctel sin receta en el que lo importante es que lleve suficiente ron.
A veces me divierte verlos como el gato y el ratón; si estuviésemos en el recreo, él estaría tirando de las coletas de ella y ella chivándose a la profe.
En el fondo, me preocupa. Solo tengo dos ayudantes aquí, Hada y Chase. Necesito que puedan estar en la misma habitación. Por eso he pedido a Hada que venga. Tal vez sea forzar la situación, pero algo tengo que hacer.
Aprovecho un semáforo en rojo para llamar a Chase.
—¿Estás en casa? —le pregunto.
—Sí. Ahora mismo estoy entrando por la puerta. ¿Tienes cámaras ocultas, o qué?
—Refréscame la memoria. ¿Cómo te ganas la vida?
—Trabajo para ti.
Teniendo en cuenta que ni yo tengo claro en qué trabajo, es una respuesta que da qué pensar.
—¿Y haciendo qué exactamente?
—Me encargo de la publicidad online y las redes sociales. Mi trabajo es asegurarme de que tu popularidad no acabe tan enterrada como las cintas de vídeo Beta. Ah, y me pagas por saber cuándo estás a punto de hacer algo estúpido y avisarte… aunque no siempre me hagas caso.
—Me lo temía.
—También soy tu asesor y tu Pepito Grillo con abdominales. Y no olvides que preparo las mejores tortitas al oeste del Mississippi. Por cierto, ¿querías algo o solo extrañas mi voz?
—Puede que por fin tenga trabajo para ti. Me refiero a trabajo de verdad.
—Aleluya, Batman. ¿Me pongo traje o desempolvo la pistola?
—Espérame allí. Llego en nada. Tenemos que hablar.